¿Zapatos de Prada o pies de barro? El musical de ‘The Devil Wears Prada’ a examen
Con la secuela cinematográfica asomando en el horizonte, el universo de Lauren Weisberger parece más vivo que nunca. Pero antes de que Anne Hathaway y Meryl Streep vuelvan a cruzar miradas gélidas en la gran pantalla, el fenómeno ha hecho una parada obligatoria en las tablas. El musical de The Devil Wears Prada, con música del mismísimo Elton John, intenta capturar ese rayo en una botella que fue la película de 2006, aunque el resultado final tiene tantas luces como sombras de maquillaje mal aplicado.

El reto de cantar entre costuras
La premisa la conocemos todos: Andy Sachs, la aspirante a periodista que desprecia la moda, acaba encadenada al escritorio de Miranda Priestly, la editora jefe de la revista Runway. Lo que en el cine era un duelo de voluntades seco y cortante, aquí se transforma en un despliegue de energía disco y baladas pop-rock.
La historia sigue los pasos del material original con una fidelidad casi milimétrica: desde el trauma de las fotocopias y el café hirviendo hasta la transformación de Andy bajo el ala de Nigel. Sin embargo, al pasar del celuloide al escenario, algo de ese «corazón de hielo» que hacía tan atractiva a la película parece haberse derretido bajo los focos del teatro.

Vanessa Williams: una Miranda con voz de mando
Si hay una razón para pagar la entrada, esa es Vanessa Williams. La actriz no intenta imitar el susurro letal de Meryl Streep; en su lugar, construye una Miranda Priestly imponente que llena el escenario a base de presencia y potencia vocal. Sus números musicales, como el clubby House of Miranda, son los momentos donde el show realmente encuentra su identidad. Williams canaliza esa elegancia despiadada que ya perfeccionó en Ugly Betty, pero dándole un matiz de «diva de Broadway» que le sienta como un guante.
A su lado, Georgie Buckland cumple como Andy, enfrentándose al difícil reto de cantar la evolución de un personaje que pasa de las botas de montaña a los tacones de aguja. La química está ahí, pero el libreto a veces se conforma con resumir la película escena por escena en lugar de aprovechar las posibilidades del teatro para profundizar en la psique de estos depredadores de la moda.

Un vestuario que no siempre es ‘Haute Couture’
Resulta irónico que en una obra que gira en torno a la excelencia estética, el vestuario sea uno de los puntos más irregulares. Hay momentos de puro brillo —especialmente durante la recreación de la Semana de la Moda de París— donde las luces y las modelos logran esa atmósfera de lujo aspiracional. Pero en otros pasajes, los conjuntos se sienten extrañamente genéricos, más cercanos a una colección de grandes almacenes que a la vanguardia que se le presupone a la Biblia de la moda.
En un mundo que ha evolucionado tanto desde 2003, se echa en falta una mirada un poco más contemporánea. La obra se siente como una cápsula del tiempo: celebra la estética de los 90 y principios de los 2000, pero ignora las revoluciones que han sacudido la industria desde entonces. Es un ejercicio de nostalgia impecablemente producido, pero quizás demasiado conservador.

Elton John y la música del éxito (y del exceso)
La partitura de Elton John es exuberante. Hay ecos de su mejor época en las baladas de piano y un ritmo contagioso en los números grupales. Sin embargo, a veces el sonido es tan masivo que devora la sutil ironía de la historia. El musical brilla más cuando se permite ser gamberro y cínico que cuando intenta ponerse sentimental con los problemas personales de Andy o su novio Nate, quien sigue siendo el personaje más desdibujado y difícil de defender de toda la trama.

¿Merece la pena el viaje a la Dominion?
El musical de The Devil Wears Prada es, por encima de todo, un espectáculo de «prosecco»: burbujeante, divertido para una noche de estreno y diseñado para impresionar visualmente. Logra hitos difíciles, como la icónica escena del discurso sobre el «azul cerúleo», pero a veces se siente como un simulacro de la película más que como una entidad propia con algo nuevo que decir.
Para los fans acérrimos de la marca, ver a Miranda Priestly emerger desde el foso del escenario es una experiencia religiosa. Pero para quienes busquen la mordacidad y el colmillo afilado de la novela original, el musical puede resultar un poco más «pret-a-porter» de lo esperado. Es un show técnicamente impecable y vocalmente poderoso, pero que a veces olvida que la verdadera elegancia no está solo en lo que se lleva puesto, sino en lo que se deja a la imaginación.





