La resaca fluorescente de la Generación Z: crítica de la primera temporada de ‘Euphoria’
Con la tercera temporada recién arrancada esta misma semana, volver a la primera ‘Euphoria’ no es solo una maniobra de calentamiento: es la forma más precisa de recordar por qué la serie de Sam Levinson se convirtió en un fenómeno y, al mismo tiempo, en una de las ficciones más discutidas de la historia de HBO.
Estrenada originalmente en 2019, su primera tanda de ocho episodios dejó fijados todos sus vicios y virtudes: una Zendaya monumental, una puesta en escena de videoclip de lujo y una tendencia incurable a confundir intensidad con profundidad. Lo primero que conviene dejar claro es que Euphoria nunca quiso ser realista. Su instituto no se parece a ningún instituto real y, sin embargo, se parece emocionalmente a todos. Levinson no filma la adolescencia como experiencia cotidiana, sino como una alucinación sostenida por neones, maquillaje corrido y una ansiedad que nunca encuentra reposo.

Zendaya: El ancla en mitad del caos
Esa estrategia estética podría haberse quedado en pura pose, pero la primera temporada se salva gracias a Rue. Zendaya hace aquí algo mucho más difícil de lo que parece: interpreta a una adicta adolescente sin pedir compasión automática y sin perder nunca el filo irónico. Rue es autodestructiva, brillante, cruel y tristísima.
Es, además, el mejor punto de entrada posible a este universo porque ocupa una posición privilegiada: está lo bastante rota como para entender a todos, pero lo bastante colocada o emocionalmente dislocada como para narrarlo todo con una distancia casi omnisciente. Sin ella, Euphoria habría sido una provocación muy vistosa; con ella, se convirtió en algo serio que redefinió el estándar del drama juvenil.

Un coro femenino bajo vigilancia continua
A su alrededor, Levinson construye un catálogo de personajes que funciona mejor cuanto más se acerca al dolor. Jules sigue siendo, vista hoy, una de las grandes creaciones de la serie: Hunter Schafer consigue que su hambre de experiencia no se convierta nunca en un emblema vacío.
Cassie, Maddy, Kat y Lexi forman un coro femenino eficaz para retratar una adolescencia atravesada por la vigilancia constante y la violencia emocional normalizada. La serie es especialmente fuerte cuando observa cómo estas chicas han aprendido a negociar con el deseo masculino antes incluso de entender el suyo propio. Es en esa «performatividad» del deseo donde la serie encuentra su discurso más afilado y veraz.

El síntoma del hombre-monstruo
El gran problema llega con los hombres. No tanto porque estén retratados como monstruos, sino porque Levinson los piensa casi siempre mejor como síntomas que como personas. Nate funciona porque Jacob Elordi sabe convertir su físico de golden boy en una amenaza de slasher, pero la serie lo trata a menudo como una cápsula de masculinidad tóxica y brutalidad heredada antes que como un personaje complejo.
Esto nos lleva al principal reproche de esta etapa: Euphoria sabe construir atmósferas mejor que estructuras. Los prólogos dedicados a la biografía emocional de cada personaje son recursos brillantes, pero el conjunto deja la sensación de que el guion es más hábil diseñando estados de ánimo que desarrollando tramas con músculo. El chantaje de Nate o las derivas de Kat están mejor planteados que rematados, evidenciando que la serie tiene una intuición extraordinaria para detectar dónde duele una generación, pero no siempre sabe cómo convertir ese dolor en un relato cohesionado.

La soledad en la era de la hiperconexión
Y, sin embargo, resulta difícil apartar la mirada. La razón es que Euphoria comprendió muy pronto que crecer en la era del móvil, las nudes y la pornificación de la autoestima no produce adolescentes más «liberados», sino más expuestos y más solos. La serie no siempre es sutil, pero pocas veces es cobarde.
Hay quien ve en ella una explotación cool de la miseria adolescente, y algo de eso hay. Levinson disfruta del espectáculo de la ruina y de convertir cualquier breakdown en una pieza de museo pop. Pero reducirla a eso sería injusto. La primera tanda de capítulos tiene una tristeza de fondo muy real sobre cómo la adicción y la autoimagen funcionan como monedas de cambio en una generación criada entre la ansiedad farmacológica y la exhibición continua.

El vacío después de la fiesta
Lo mejor de la temporada no está en sus escenas más extremas, sino en sus momentos de resaca. En cómo filma el vacío posterior a una fiesta. En cómo Jules y Rue convierten su vínculo en una promesa de salvación que ya nace herida. En cómo la serie entiende que, a esa edad, el amor puede parecer medicina y amenaza al mismo tiempo.
Vista hoy, con el salto temporal de la tercera temporada ya en marcha, la primera Euphoria sigue siendo lo que fue: una obra tan hipnótica como irregular, tan lúcida como afectada. No es la radiografía definitiva de la adolescencia, pero sí es una serie capaz de filmar la angustia juvenil como si fuese una mezcla de descenso a los infiernos y confesión a las cuatro de la mañana. No siempre sabe lo que quiere decir, pero siempre sabe cómo hacerte sentir que decirlo es urgente.






