Illumination y Nintendo nos sirven una secuela que es el equivalente cinematográfico a un menú infantil: mucho color, juguete de plástico incluido y un valor nutricional cercano a cero. ¿Es una película o un salvapantallas de mil millones de dólares?
La victoria de la Thermomix creativa
Hay compañías que han alcanzado ese estado de gracia capitalista en el que no necesitan hacer bien su trabajo para triunfar. Illumination Entertainment es el ejemplo perfecto. Llevan quince años perfeccionando el arte de la nada ruidosa, y con ‘Super Mario Galaxy’ han pulsado el botón de «repetir» con una eficacia que asusta. Si la primera entrega era un festival de nostalgia, esta secuela es una Thermomix llena de píxeles: echas tres tazas de cameos, una pizca de música de los ochenta (esta vez más barata), dos cucharadas de acción frenética y le das al botón de «renderizar».
El resultado no es cine; es un Happy Meal proyectado en pantalla gigante. Una sucesión de estímulos diseñados para que los padres millennials puedan mirar el móvil durante noventa minutos mientras sus hijos sufren un ataque de epilepsia cromática.

Un agujero negro de sustancia
La trama, por llamarla de alguna manera, nos lleva más allá del Reino Champiñón para rescatar a una Estela (Rosalina) inexplicablemente desdibujada. Mario y Luigi flotan por una galaxia visualmente impecable —las cosas como son, el diseño de mundos de Miyamoto es imbatible—, pero narrativamente vacía. Es una secuela inerte, un cóctel insípido que confunde el movimiento constante con la emoción genuina.
Duele especialmente ver cómo se desaprovechan los ingredientes. ¿Dónde está el carisma desbordante del Bowser de Jack Black? Aquí queda reducido a un villano funcional, sin un «Peaches» que lo rescate del tedio. ¿Y Fox McCloud? La incorporación de Glen Powell se siente como un cebo para el próximo spin-off, un movimiento de marketing tan descarado que casi puedes oír el sonido de las cajas registradoras de Nintendo por encima de la banda sonora.

El triunfo del algoritmo
‘Super Mario Galaxy’ es el triunfo del fan conformista. Ese espectador que no va al cine a ver una historia, sino a que le den palmaditas en la espalda por reconocer una referencia al nivel de la Wii de 2007. Es una película que parece escrita por una IA programada por un grupo de enfoque: 5% de sustancia, 5% de impuestos y 90% de valor de marca.
Es entretenida, sí. Es ágil, faltaría más. Pero es una agilidad de hámster en una rueda: mucho esfuerzo visual para no llegar a ninguna parte. Al salir del cine, la sensación es de un vacío absoluto, como si acabaras de comerte una bolsa gigante de nubes de azúcar: un subidón de glucosa visual seguido de una bajada ética inmediata.
En resumen: Una (in)oportuna casualidad comercial que confirma que, en el cine de franquicias actual, basta con no cagarse encima para reventar la taquilla.





