‘Ted Lasso’ (T3): el mejor elenco… pero demasiadas historias para que ninguna fuera suficiente

Cuando Ted Lasso llegó en agosto de 2020 con su primer episodio —un entrenador de fútbol americano universitario contratado para dirigir un club inglés de fútbol por una propietaria que quería que el equipo descendiera como forma de venganza contra su ex marido— tenía todo en contra como propuesta: duración de media hora, plataforma de streaming menor, personaje principal definido por su optimismo sin fisuras en un momento cultural que recibía el optimismo sin fisuras con suspicacia. Las dos primeras temporadas demostraron que la fórmula funcionaba porque el optimismo no era ingenuo sino elegido, porque el elenco era de una generosidad actoral que la televisión de pago raramente alcanza, y porque la serie sabía cuándo apretar y cuándo respirar. La tercera temporada —doce episodios, entre marzo y mayo de 2023, escritos por el mismo equipo creativo liderado por Sudeikis, Bill Lawrence, Brendan Hunt y Joe Kelly— llegó con la presión de ser la conclusión de un arco narrativo que sus creadores habían descrito como una trilogía. Tiene la estructura del cierre. Tiene la intención del cierre. Y tiene también el problema del cierre que ha necesitado demasiado espacio para llegar.

El paso de los episodios de treinta minutos originales a entregas de entre cuarenta y cinco y setenta y cinco minutos es el primer síntoma de algo que la tercera temporada no termina de resolver: que el elenco, que entre temporadas anteriores y nuevas incorporaciones supera con comodidad la docena de personajes principales, ya no cabe en la misma historia contada al mismo tiempo. Lo que convirtió a Ted Lasso en algo diferente —que sus personajes se hablaban, se cambiaban entre sí, que la calidez era un producto de la fricción colectiva— se fragmenta en una temporada donde cada personaje tiene su propio arco paralelo y donde esos arcos raramente se cruzan hasta el episodio final. El resultado es una temporada que, vista de conjunto, contiene material suficiente para ocho episodios ajustados y doce que no siempre saben justificar su duración.

Los episodios demasiado largos, Zava y la vidente de Ámsterdam: los problemas estructurales de una temporada que crece en todas las direcciones a la vez y pierde el centro

El diagnóstico más preciso de lo que falla en la tercera temporada no es que sus historias sean malas sino que no tienen entre ellas la misma relación que tenían en las temporadas anteriores. El arco de Keeley con su agencia de relaciones públicas —saboteada por una inversora y por la contratación de una amiga poco competente para una cuenta importante— la desplaza del grupo durante la mayor parte de la temporada y convierte a uno de los personajes más queridos en una figura periférica que funciona en sus escenas pero que ya no alimenta la dinámica del equipo. El restaurante de Sam tiene un desarrollo similar: aparece como contexto de un arco más amplio con Rebecca y luego se convierte en una nota a pie de página del protagonismo de Sam, que en una serie de doce episodios de hora de duración no debería ser nunca una nota a pie de página.

Las dos decisiones de escritura que generan más fricción en la temporada son también las más desiguales entre sí. La historia de Zava —el delantero legendario de excentricidades operísticas que llega al AFC Richmond, lo transforma en una máquina de ganar y lo abandona de repente para retirarse a cultivar naranjas en Italia— tiene la energía de la idea buena a la que no se le ha dado suficiente tiempo de desarrollo: el personaje sirve a varios propósitos (fuerza a Jamie a reexaminarse, da a Rebecca la oportunidad de ejercer autoridad real sobre el vestuario, cuestiona el liderazgo de Ted), pero sale de escena sin haber ganado del todo el espacio que ocupó. La historia de la vidente de Ámsterdam es un problema distinto: la serie tratando las profecías sobre maternidad de una adivina como información narrativa real no es inconsistente con el tono amable de Ted Lasso, pero sí con la inteligencia que ese tono siempre había demostrado tener sobre sus propios límites. El camino hacia el deseo de Rebecca de tener un hijo —uno de los arcos más genuinamente importantes de la temporada— no necesitaba ese artefacto para funcionar, y haberlo incluido es la concesión más llamativa que la temporada hace a la comodidad sobre la precisión.

Jamie Tartt, Nate Shelley y Colin Hughes: lo que la tercera temporada consigue cuando encuentra a sus personajes en el lugar exacto en que deben estar

En la misma temporada que tiene esos problemas existe, con toda su plenitud, el mejor arco de Jamie Tartt en las tres temporadas de la serie. El vanidoso delantero que llegó en la primera temporada como antagonista útil y que la segunda transformó en algo más complejo termina la tercera como el personaje que más ha viajado en la serie: generoso con los compañeros, capaz de ceder el penalti decisivo a Isaac en el partido final, en paz con una relación con Keeley y con Roy que ha aprendido a ser amistad sin ser posesión. Phil Dunster lleva ese arco con la precisión del actor que no necesita subrayar los cambios porque los ha construido gesto a gesto desde el principio. Es el trabajo actoral más sostenido de la temporada y probablemente de toda la serie.

El arco de Nate Shelley —el asistente técnico que traicionó a Ted al final de la segunda temporada y que pasa la tercera como entrenador jefe del West Ham bajo la influencia de Rupert— funciona con la misma honestidad en su tramo final aunque con menos tiempo del que necesitaba en su desarrollo. Nick Mohammed consigue que el regreso de Nate no parezca fácil incluso cuando el guion lo resuelve con mayor rapidez de la que la magnitud de su traición habría requerido: la escena de disculpa en el vestuario es contenida y verdadera, y el hecho de que la serie no convierta el perdón en un momento de catarsis sino en algo más parecido a un gesto cotidiano está en línea con la filosofía que Ted practica desde el principio. La historia de Colin Hughes saliendo del armario, tratada sin aspavientos y con una discreción que el personaje merecía después de dos temporadas de subtexto gestionado con cuidado, es uno de los aciertos silenciosos de la temporada: el episodio no lo convierte en su único rasgo definitorio y la serie le da un final de partido a la altura.

El equipo queda segundo, Ted se va a Kansas y Rebecca vende la mitad del club: el final honesto de una serie que nunca confundió la felicidad con el triunfo

El último episodio de la tercera temporada —«So Long, Farewell», setenta minutos, mayo de 2023— toma la decisión que resume mejor qué tipo de serie es Ted Lasso y qué tipo de final estaba en condiciones de dar. El AFC Richmond necesita ganar al West Ham y esperar que el Manchester City pierda. Gana al West Ham, con un gol de Sam en el último minuto, con Rupert siendo expulsado del estadio en desgracia y con Nate de nuevo en el banquillo local. Pero el Manchester City también gana. El equipo queda segundo. No hay liga. No hay espectacularidad narrativa que dé a tres temporadas de esfuerzo un trofeo que las valide. Lo que hay es un equipo que acabó mejor de lo que nadie esperaba, un vestuario que se despide de su entrenador con una actuación musical en el entrenamiento, y Ted Lasso regresando a Kansas para ver crecer a su hijo.

La marcha de Ted es el punto más divisivo del final y también el más coherente con lo que la serie decía desde el primer episodio: que la presencia de una persona puede transformar un lugar y que la medida de esa transformación no es cuánto tiempo permanece sino qué queda cuando se va. Lo que queda es Roy Kent como entrenador, Nate rehabilitado, Colin visible, Jamie maduro, Rebecca con la mitad del club en manos de los aficionados y con la posibilidad de una vida que todavía no ha escrito. La tercera temporada de Ted Lasso no es tan buena como las dos que la preceden, y es probable que en algún momento se recuerde como la temporada que cedió al tamaño cuando su mayor virtud era siempre la precisión. Pero tiene el final que le corresponde: uno en el que todo el mundo es mejor que al principio y nadie tiene exactamente lo que quería, que es la única forma de final honesto para una serie que siempre supo que el optimismo no promete la victoria sino la posibilidad de intentarlo de nuevo.