‘WandaVision’, la miniserie de Marvel que convirtió el duelo en gramática televisiva

Paul Bettany estuvo ayer en la Comic Con de Málaga presentando Vision Quest, su nueva serie sobre lo que hace el personaje después de los eventos que terminaron en 2021. Es el momento de hacer fondo de armario: revisitar WandaVision, la miniserie de Disney+ que entre enero y marzo de ese año convirtió a dos actores que llevaban una década siendo magníficos en un segundo plano en los protagonistas que siempre habían podido ser, y que lo hizo con una apuesta formal sin precedentes en la ficción de superhéroes. Nueve episodios que empiezan en blanco y negro, en los años cincuenta, con risas enlatadas, y que terminan con el personaje más poderoso del universo Marvel llorando sola en una casa que no existe en un mundo que tampoco.

La sitcom como idioma del trauma

La premisa es extraña incluso para los estándares del Universo Marvel. Wanda Maximoff ha construido alrededor de una ciudad de Nueva Jersey una burbuja de realidad alternativa, la Hex, dentro de la cual vive con una versión reconstruida de Vision —muerto por Thanos en Infinity War— en una sucesión de situaciones que replican las sitcoms americanas de cada décda. Los primeros episodios son paródias de los años cincuenta y sesenta: blanco y negro, vestuario de época, dinámicas de pareja de Embrujada y I Love Lucy, gag visual, risas de estudio. Desconcertantes, divertidos, formalmente pulcros. La pregunta que el espectador lleva en el cuerpo desde el primer minuto —¿qué es esto?— es exactamente la que la serie quiere generar.

Lo que la miniserie hace con ese desconcierto es su hallazgo más sofisticado. Cada era de sitcom corresponde a una etapa del duelo de Wanda: la negación en los episodios en blanco y negro donde todo funciona como debe; la rabia cuando el color llega y la realidad empieza a crujir; el regateo y la depresión en los capítulos de los ochenta y los noventa, cuando la Hex se expande porque Wanda añade capas de ilusión cada vez que algo amenaza con romperse. El octavo episodio revela el origen de todo: Wanda creció en Sokovia viendo televisión americana bajo los bombardeos, y las sitcoms eran el único lugar donde las familias sobrevivían intactas y los problemas se resolvían en veintidós minutos. La Hex no fue un plan. Fue un trauma que se desbordó en el único lenguaje que Wanda conocía para hablar de un hogar que nunca tuvo.

Los actores y el espacio que por fin se les da

Paul Bettany lleva desde 2015 interpretando a Vision en las películas de los Vengadores, siempre como pieza de conjunto, siempre como el más inteligente de la habitación y el que tiene menos tiempo de pantalla para demostrarlo. WandaVision es la primera vez que el personaje ocupa el centro de la historia y Bettany tiene material a la altura de lo que lleva años insinuando que puede hacer. Su Vision es una pregunta filosófica con piernas: ¿qué es un ser construido a partir de la mente de otro y de una piedra del infinito? ¿Qué ocurre cuando dos versiones del mismo ser se encuentran y tienen que decidir cuál de las dos es real? La escena en que Vision blanco —el cuerpo reanimado por SWORD sin memorias ni emociones— y Vision Wanda se sientan a hablar del paradoja del Barco de Teseo es el momento más inteligente que la franquicia ha producido fuera de los combates, y Bettany lo juega en los dos registros simultáneamente.

Elizabeth Olsen entrega aquí la actuación más exigente de su carrera dentro del MCU. El trabajo de los primeros episodios es una comedia física y verbal que requiere dominar un registro que la franquicia raramente le había pedido; el de los últimos es la desintegración progresiva de una persona que sabe lo que está haciendo y no puede parar. La secuencia del episodio 8 en que Agatha obliga a Wanda a revivir todos sus duelos —los padres, Pietro, Vision— comprimidos en veinte minutos es la que hace visible por qué Elizabeth Olsen lleva años siendo la mejor actriz que la saga no aprovechaba. Kathryn Hahn completa el trío con una Agatha Harkness que es el placer culpable de la serie: villana con canción propia —compuesta por Robert Lopez y Kristen Anderson-Lopez, los mismos de Frozen— y la disposición de quien entiende que el exceso, en el contexto adecuado, no es un defecto sino una elección.

El problema del final y lo que dejó abierto

WandaVision tiene un problema que es, en buena parte, una consecuencia de su propio éxito. Los primeros seis episodios construyen algo que el cine de superhéroes no había hecho antes: un artefacto formal que usa el lenguaje de la televisión como material narrativo, que mete a dos actores en un espacio donde por fin pueden respirar, y que plantea una pregunta sobre el duelo que ninguna película del MCU se había atrevido a formular con esa honestidad. Los tres últimos episodios necesitan resolver la trama —la Bruja Escarlata, los poderes de Agatha, el destino de los habitantes de Westview— y para hacerlo recurren al lenguaje que la serie había estado evitando: efectos especiales, combate aéreo, conclusión limpia.

El contraste es visible y, para una parte del público, decepcionante. Hay algo que las últimas batallas no pueden resolver con la misma elegancia con que los episodios de sitcom habían planteado sus preguntas. WandaVision termina con Wanda aceptando que tiene que soltar —libera a Westview, dice adiós a Vision y a sus hijos que nunca existieron— y marchándose a estudiar magia en soledad, convertida en la Bruja Escarlata. El Vision blanco sobrevive con sus memorias restauradas pero sin saber quién es, y desaparece. Es exactamente la clase de final abierto que hace que una miniserie de nueve episodios se convierta en el punto de partida de algo más grande. Vision Quest, que Bettany presentó ayer en Málaga, es lo que viene después de esa pregunta sin responder: un personaje que lleva más de un año de existencia ficticia construyendo identidad sobre los recuerdos de otro descubriendo qué es cuando nadie le dice quién tiene que ser. La serie de 2021 se tomó el tiempo de plantear la pregunta bien. Que haya tardado este tiempo en responderla no hace la pregunta menos buena.