‘Los Inmortales (Highlander, 1986)’, cuarenta años sin que nadie pueda matarla
Christopher Lambert está hoy en la Comic Con de Málaga, cuarenta años después de que Los Inmortales (Highlander, Russell Mulcahy, 1986) recaudara doce millones de dólares contra un presupuesto de diecinueve, fuera aplastada en taquilla por Pretty in Pink y recibiera reseñas que la describían como un desastre de montaje con pretensiones de épica. En algún punto de esas cuatro décadas, algo salió mal con el obituario: la película no murió. Hay en desarrollo un remake con Henry Cavill en el papel de Connor MacLeod y Chad Stahelski en la dirección, con un reparto que incluye a Russell Crowe, Dave Bautista y Karen Gillan, cuya producción ha acumulado más retrasos que la saga original tuvo éxito en cines. Antes de que llegue, vale la pena entender por qué sigue importando el original.

El guión de prácticas que financió una mitología
Gregory Widen era estudiante de cine en UCLA cuando escribió la primera versión de Los Inmortales como ejercicio de clase, bajo el título Shadow Clan. La idea era elemental y por eso funcionaba: hay seres humanos que son inmortales, llevan siglos matándose entre ellos para quedarse con el último, y solo puede quedar uno. El premio no estaba del todo definido incluso en el guión definitivo, que pasó por varias manos y varias reescrituras antes de llegar a producción. Lo que sobrevivió al proceso es lo que tenía que sobrevivir: la imagen de un hombre que ha visto morir a todos los que ha amado y que lleva ese peso de la manera más poco dramática posible, como quien ha aprendido que el drama es un lujo de los que saben que van a acabar.

Mulcahy llegó al proyecto con una carrera construida en videoclips —había dirigido a Duran Duran, a Elton John, a Rod Stewart— y trasladó ese lenguaje al largometraje con la convicción de quien no distingue entre registros. Los cortes rápidos, los encadenados estilizados, las transiciones entre el siglo XVI escocés y el Nueva York de 1985: todo aquello por lo que Variety llamó a la película un caos visual era exactamente lo que la diferenciaba de cualquier otra fantasía de acción de su época. El tiempo ha tratado bien esa estética. Lo que en 1986 parecía exceso hoy parece coherencia: Mulcahy estaba haciendo una película sobre personas que viven en múltiples tiempos simultáneamente, y la filmó como si el montaje también lo hiciera.

Los acentos equivocados y la espada correcta
El casting de Los Inmortales es un compendio de decisiones que no deberían funcionar y funcionan. Christopher Lambert era un actor francés que no hablaba inglés cuando Mulcahy lo eligió de una fotografía de la película Greystoke. Le gustaron los ojos y la frente. Lambert pasó cuatro horas diarias durante la producción aprendiendo a pronunciar el inglés con acento escocés y otras cuatro horas entrenando esgrima con el maestro de armas olímpico Bob Anderson. El resultado es un Connor MacLeod que suena vagamente a alguien que aprendió escocés leyendo fonética francesa, lo cual, paradójicamente, es exactamente el tipo de extrañeza que un inmortal de quinientos años trasplantado al siglo XX debería llevar encima. La incomodidad del acento es el personaje.

Sean Connery, disponible solo siete días para el rodaje, interpreta a Juan Sánchez-Villalobos Ramírez, un inmortal de origen egipcio criado en España que en la película habla con acento escocés porque es Sean Connery y Sean Connery habla con acento escocés en todas las películas. Nadie en la historia del cine ha convertido su propia imposibilidad de disfrazarse en tanta autoridad. Ramírez es el personaje más inverosímil de Los Inmortales y el que le da el único tipo de gravedad que la historia necesita: alguien que ha vivido tanto que ya no le hace falta ser coherente.

Del lado opuesto está Clancy Brown como el Kurgan, que es el villano de acción de los ochenta llevado a su punto de mayor saturación con plena consciencia de lo que está haciendo. El Kurgan no tiene matices porque los inmortales que han decidido ser malvados llevan suficiente tiempo siéndolo para haberlos perdido todos. Brown lo juega como una acumulación de siglos de maldad sin los gestos que la maldad suele usar para hacerse soportable, y el efecto es uno de los antagonistas más genuinamente inquietantes de la fantasía de acción del período.

La música que explica lo que el guión no termina de decir
El detalle de producción que mejor resume por qué Los Inmortales sobrevivió a su propio fracaso es la participación de Queen. Mulcahy les mostró veinte minutos de montaje. Brian May compuso Who Wants to Live Forever esa misma noche, después de ver las escenas románticas entre Connor y Heather, su esposa mortal que envejece mientras él permanece igual. La canción hace por la película lo que la película no siempre sabe hacer por sí misma: articula el peso real de la inmortalidad, que no es el poder sino la pérdida acumulada, la certeza de que cualquier cosa que construyas con otra persona va a terminar antes que tú.

Princes of the Universe, la otra aportación central de Queen, opera en el registro opuesto: es la épica del concepto en estado puro, la declaración de que esto va en serio aunque el decorado sea de cartón. Las dos juntas definen el tono de la película mejor que cualquier escena: Los Inmortales es simultáneamente una historia de pérdida sin remedio y un espectáculo que no se toma demasiado en serio, y esa convivencia es lo que resulta difícil de imitar.

La película murió en los cines y resucitó en el VHS, que es el formato correcto para una historia sobre seres que regresan después de que los declaran muertos. La serie de televisión que llegó en 1992, con Adrian Paul como Duncan MacLeod, mantuvo encendida la mitología durante seis temporadas. Lo que tenía el original y que ninguna de sus continuaciones ha logrado replicar es la combinación de extravagancia formal y melancolía genuina: la disposición a ser ridícula en la superficie y verdadera en el fondo. El remake de Stahelski tendrá mejores efectos, mejor presupuesto, probablemente mejor guión. Lo que nadie puede garantizar es que tenga la misma disposición a no disculparse por lo que es.





