‘Gigantic’, Remender tenía más grande el concepto que las páginas que ahora recopila Image Comics

La reedición que Image Comics publica en 2026 es, en realidad, la tercera vez que Gigantic encuentra distribución en papel encuadernado: la miniserie original de Dark Horse (2008) ya tuvo una edición biblioteca en 2018, y ahora regresa en un TPB más accesible y barato como apuesta de que una nueva generación de lectores merece conocer el concepto. Y el concepto lo merece: un alienígena blindado de cientos de metros aparece en San Francisco sin que nadie sepa por qué, arrasa varios bloques sin que nadie consiga detenerlo, y la verdad que el guion de Rick Remender revela es la más oscura y más contemporánea posible: el gigante no sabe que es la estrella involuntaria de un programa de realidad intergaláctico transmitido en directo a una audiencia que paga por ver la destrucción. El problema no es que la idea no funcione. El problema es que la idea es considerablemente más grande que el cómic que la ejecuta.

La mejor sinopsis de los últimos años y el cómic que viene después

Hay premisas que se sostienen solas, y «Godzilla meets The Truman Show» es de esas: no necesita más desarrollo conceptual porque el choque entre las dos referencias ya genera todo lo que una historia podría necesitar. Un ser de poder sobrehumano cuya violencia es producto manufacturado para el entretenimiento masivo; una audiencia que consume destrucción desde la comodidad de sus sofás intergalácticos; una Tierra que no es el escenario accidental de una invasión sino el decorado de un espectáculo diseñado desde fuera. La metáfora es perfecta, tiene aristas en todas direcciones —la cultura del entretenimiento, la complicidad del espectador, la fabricación de identidades para el consumo— y llega en 2008 antes de que las plataformas de streaming y los influencers de destrucción digital terminaran de afilar su filo.

Remender entiende lo que tiene en las manos. Las primeras páginas de la miniserie establecen la premisa con la eficiencia de alguien que sabe que la situación habla por sí sola: el gigante aparece, la ciudad cae, y la cámara que lo observa no está en ningún helicóptero de noticias sino en órbita, transmitiendo el espectáculo a quienes pagaron su suscripción mensual. Esa imagen —el monstruo como contenido, la catástrofe como entretenimiento premium— es el mejor momento del cómic, y llega en las primeras páginas. El resto de los cinco números intenta estar a la altura de ese arranque con resultados desiguales.

El arte del gigante y los límites del gigantismo

Eric Nguyen tiene exactamente el trazo que este material exige cuando el material es lo que promete ser: un kaiju blindado arrasando con todo, escombros volando, cuerpos pequeñísimos frente a la masa del invasor. Las secuencias de acción de Gigantic son viscerales y físicas, con un sentido del peso y la escala que el género no siempre consigue. Nguyen dibuja la destrucción con una energía que se nota genuina, y en los momentos en que la historia solo pide que el gigante aplaste cosas, la página responde.

El problema es que una historia sobre un alienígena amnésico atrapado en la trampa de su propio espectáculo no puede ser solo destrucción. Necesita también momentos de contención, de intimidad, de claridad narrativa en la secuencia. Y ahí el estilo de Nguyen pierde pie: los paneles se saturan, la jerarquía visual se vuelve borrosa, y el ojo del lector no siempre sabe adónde tiene que ir para seguir el hilo de lo que está pasando. No es un problema de calidad técnica sino de idoneidad estilística: Nguyen tiene el lenguaje perfecto para mostrar el caos y un lenguaje menos seguro para mostrar lo que ocurre dentro del caos. En una miniserie de cinco números donde cada página vale el doble, esa irregularidad tiene un coste.

Cinco números para una idea de diez

La objeción central de Gigantic no es el concepto ni el arte: es la desproporción entre la ambición del material y el espacio que los creadores se conceden para desarrollarlo. Cinco números son ciento diez páginas aproximadamente. Ciento diez páginas para establecer el mundo, presentar al protagonista, explorar las implicaciones filosóficas de lo que le han hecho, construir a los antagonistas que lo persiguen, y cerrar algo que parezca un arco narrativo completo. No es suficiente, y el guion lo acusa: los personajes secundarios no tienen tiempo de convertirse en personas, la sátira sobre el entretenimiento y el espectáculo se explicita más de lo que debería, y el desenlace llega con la precipitación de algo que ha entendido que le quedan pocas páginas.

La ironía es que el Truman Show original —la película de 1998, la referencia que el propio título del pitch reivindica— funciona precisamente porque Weir y Niccol se toman el tiempo de construir la trampa antes de revelarla. Gigantic revela la trampa en el primer número y luego tiene que inventar cómo mantener el interés durante cuatro números más. La respuesta que Remender encuentra —persecución, acción, un antagonista que quiere recuperar el producto, una revelación de identidad— es funcional pero no sorprendente. El material merecía un Remender más paciente, o más espacio, o ambas cosas a la vez.

Lo que esta reedición de Image permite, de todos modos, es leer la miniserie completa de una vez y en el orden que se diseñó para ser leída, lo que ayuda al ritmo más de lo que podría esperarse de un encuadernado de cómic de acción. Gigantic en ese formato resulta más satisfactoria que número a número, y hay algo en ver el arco completo —aunque comprimido— que hace que la promesa del concepto sea más fácil de apreciar. El problema no desaparece: sigue siendo una historia que prometió más de lo que entregó. Pero la promesa era tan buena que vale la pena saber qué hicieron con ella.