‘La empresa de sillas‘’ (HBO): Tim Robinson y el thriller de la vergüenza ajena

Hay directores que filman el miedo a la muerte y otros que filman el miedo a la soledad. Tim Robinson, en cambio, ha perfeccionado el arte de filmar algo mucho más terrorífico para el hombre moderno: el miedo a quedar como un idiota delante de desconocidos. En The Chair Company (HBO), Robinson y su socio habitual Zach Kanin cogen la energía volcánica de I Think You Should Leave y la inyectan en las venas de un thriller conspiranoico que parece una colaboración febril entre el humor de oficina de The Office y la pesadilla surrealista de Mulholland Drive.

El incidente: una grieta en la realidad

La premisa es puro ADN Robinson: William Ronald Trosper (un Robinson más contenido de lo habitual, pero igual de inflamable) es un gerente gris cuya dignidad se rompe al mismo tiempo que las patas de su silla en una reunión de trabajo. Lo que para cualquier persona funcional sería una anécdota bochornosa, para Ron es el inicio de un descenso a los infiernos. Su cruzada por una disculpa corporativa escala hasta una investigación obsesiva que convierte el mobiliario de oficina en el centro de una conspiración global.

Lo brillante de la serie es cómo utiliza el humor de la vergüenza (cringe) como motor de suspense. Aquí, un e-mail sin respuesta o una mirada extraña del jefe no son solo gags; son pistas de una realidad que parece estar burlándose del protagonista. Robinson interpreta a Ron no como un loco, sino como un hombre atrapado en la era de la desinformación, ese sujeto que hace su propia «investigación online» y acaba convencido de que el mundo entero es una broma privada a su costa.

Lynchismo de oficina y un reparto de oro

Visualmente, la serie se aleja de la estética plana de la comedia televisiva. Gracias a la dirección de Andrew DeYoung, la serie vibra con un temor silencioso. Hay algo profundamente inquietante en cómo se filman los pasillos de la empresa constructora o las interacciones familiares con una Lake Bell y una Sophia Lillis que sirven de anclas emocionales en medio del caos.

Mención aparte merece Joseph Tudisco como Mike Santini. Si Robinson es el estallido, Tudisco es el corazón roto de la serie; una presencia que aporta un patetismo desgarrador y que se convierte, sin duda, en la gran revelación del reparto.

¿La serie más divertida o la más dolorosa?

The Chair Company es, probablemente, la farsa más agresiva y extraña que ha parido HBO en un lustro. Sin embargo, su mayor riesgo es también su mayor obstáculo: no es para todo el mundo. El estilo de Robinson —esos gritos repentinos, esa incapacidad de soltar una injusticia menor, esa repetición maníaca— puede resultar agotador para quien busque una narrativa convencional. A veces, la serie parece una sucesión de sketches estirados donde el misterio de fondo se diluye en favor del gag incómodo.

Pero para quienes ya somos conversos a su religión del absurdo, la serie es una obra maestra de la ansiedad contemporánea. Logra capturar esa furia difusa que todos sentimos cuando «el sistema» nos ignora, personificada en un tipo que solo quiere que alguien, en algún lugar, le pida perdón por una silla defectuosa.

Veredicto

Es un «perro peludo» narrativo que te lleva por callejones sórdidos y divertidísimos. The Chair Company triunfa al demostrar que la paranoia no siempre nace de grandes secretos de estado, sino de las pequeñas humillaciones diarias que nos hacen sospechar que la realidad, efectivamente, está rota. Una experiencia incómoda, hilarante y, por encima de todo, profundamente original.

Nota: 8,5/10