‘Muy lejos’ es la sublimación de Mario Casas. El error de la película es poner todo el peso sobre sus hombros

Muy lejos (Molt lluny) es una película que entiende algo incómodo: a veces el exilio no empieza por la economía, ni por la política, ni por una épica de supervivencia, sino por un fallo del cuerpo. Un ataque de pánico en un aeropuerto y, de pronto, la vida se parte en dos. Antes: Barcelona, la cuadrilla, el Espanyol como identidad de quita y pon. Después: Utrecht, el idioma como muro, el frío como estado mental, y la certeza de que nadie te está esperando al otro lado de tu propia decisión.

Gerard Oms debuta con una puesta en escena de una sobriedad casi documental, pero sin esa coartada de “cine social” que a veces se usa como permiso para la fealdad. Aquí hay una idea visual clara: Sergio (Mario Casas) es un cuerpo desubicado en un espacio que no lo acoge. La película lo filma a ras, pegada a su nuca, a su respiración, a sus manos. Utrecht no es postal: es luz mortecina, techos bajos, interiores que parecen diseñados para encogerlo, bicicletas que pasan como si fueran parte del mobiliario urbano y él, en cambio, siguiera siendo un error del plano.

El punto de partida es limpio y cruel. Sergio viaja a ver un partido del RCD Espanyol con su hermano y amigos, y justo cuando toca volver decide no subirse al avión. No hay plan B. No hay documentos. No hay idioma. Lo que hay es orgullo, impulsividad y una herida que todavía no sabemos nombrar. A partir de ahí, Muy lejos se vuelve un relato de supervivencia cotidiana: trabajos precarios, habitaciones de paso, humillaciones pequeñas que suman como deuda. Y, sobre todo, esa sensación de ser “el español” antes incluso de ser Sergio: una etiqueta que simplifica, reduce y te convierte en personaje secundario de la vida de los demás.

Mario Casas sostiene la película con una contención que le sienta bien. Su Sergio es un macho ibérico de manual en la superficie —fútbol, cerveza, chulería defensiva—, pero con una fragilidad que se filtra por grietas: miradas que duran un segundo de más, silencios que se pudren por dentro, estallidos que no son tanto violencia como vergüenza acumulada. Lo interesante es que Oms no lo juzga con subrayador. No hay lección moral, ni “deconstrucción” con checklist. Hay un tipo que quiere ser mejor, pero no sabe cómo sin romperse.

David Verdaguer aparece como una fuerza centrífuga: roba escenas porque su personaje tiene esa mezcla de encanto y toxicidad que hace reír y, a la vez, te recuerda por qué ciertas compañías son anestesia. Funciona como espejo deformado: lo que Sergio podría ser si decide instalarse en la huida permanente y convertirla en estilo de vida. Y alrededor, la película siembra presencias —compañeros migrantes, caseros, amistades de emergencia— que dibujan una comunidad posible, aunque siempre frágil, siempre provisional.

El gran acierto de Muy lejos es su revelación central: Sergio no solo está lejos de su país; está lejos de sí mismo. La película lo dosifica con paciencia, sin “gran giro” ni melodrama. Se entiende antes de verbalizarse, como se entienden las cosas de verdad: por cómo alguien evita una conversación, por dónde se le va la mirada, por el modo en que se protege cuando nadie le está atacando. Ese misterio íntimo da sentido al gesto inicial —no subir al avión— y reordena el primer acto cuando lo piensas en retrospectiva.

Ahora bien: esa misma decisión —convertir el desarraigo en una deriva personal muy concreta— es también su límite. Oms roza de forma inteligente el tema del “exilio económico” y las lecturas de clase y raza, pero cuando podría ampliar la herida colectiva, prefiere quedarse en el drama íntimo. No es un defecto moral, es una elección narrativa. El resultado es una película sólida, sensible, bien interpretada y con momentos visuales muy certeros… pero que a veces parece conformarse con describir el gris en lugar de atravesarlo. Te convence, incluso te acompaña, pero no siempre te remueve tanto como apunta.

El final, abrupto y sin fuegos artificiales, es coherente con lo que cuenta: la vida no se ordena porque hayas tenido una epifanía. El desarraigo no se “cura”. Se aprende a vivir dentro. Y en esa modestia, Muy lejos encuentra su verdad: no es la historia de una victoria, sino la de una respiración recuperada a medias. El tipo de película que no grita “mírame”, pero que te deja una sensación rara: la de haber visto a alguien intentar existir, sin garantías.