Si amas tanto al teatro que te quedarías atrapado en él, éste es tu musical: Schmigadoon!

En junio de este año, la 79ª edición de los Premios Tony —los Oscar del teatro estadounidense— entregó su galardón más importante, el de Mejor Musical, a una obra sobre un pueblo mágico donde todos cantan. No a una historia sobre la Guerra Fría, ni a un biopic de alguien que sufrió mucho, ni a un drama sobre la identidad nacional de un país convulso. A un pueblo donde todos cantan. El detalle importa porque el Broadway de los últimos años ha apostado de forma consistente por el peso específico —la oscuridad como señal de seriedad, el trauma como sinónimo de sustancia— y Schmigadoon!, que abrió en el Nederlander Theatre el 20 de abril de 2026 con la ligereza calculada de quien sabe exactamente lo que está haciendo, ganó los Tony de Mejor Musical, Mejor Partitura Original y Mejor Libro de Musical llevando la risa como argumento central y sin pedir perdón por ello ni un segundo. Que lo hiciera con decorados pintados a mano en una era en que Broadway ha convertido las pantallas LED en arquitectura visible dice, por sí solo, la mayor parte de lo que hay que decir sobre esta producción.

Un pueblo donde no puedes salir hasta que seas honesto contigo mismo

Schmigadoon! empieza como una comedia de situación con ropa de cuento: Josh y Melissa, dos médicos de Nueva York cuya relación lleva tiempo funcionando como una sociedad de conveniencia más que como un amor verdadero, se pierden en las montañas Catskill durante un retiro de pareja y acaban en Schmigadoon, un pueblo encantado donde los vecinos irrumpen en canciones y números de baile con la naturalidad de los musicales de los años cuarenta y cincuenta —Oklahoma!, The Music Man, The Sound of Music, Brigadoon, el canon completo del teatro musical en su versión más soleada y sincopada—. Están atrapados allí hasta que encuentren el amor verdadero, lo cual supone que el pueblo va a tener que hacer el trabajo que ellos solos no han sabido hacer. El título referencia directamente a Brigadoon —el musical de 1947 sobre un pueblo escocés que desaparece del tiempo cada cien años—, y el libro de Cinco Paul, que también escribió la letra y compuso la música, juega desde el principio con la conciencia de estar dentro de un género: los personajes saben que están en un musical antes de que el musical les explique las reglas. Antes de escribir Schmigadoon!, Cinco Paul era conocido sobre todo por algo aparentemente muy distinto: es el cocreador de la franquicia Despicable Me, lo que explica mejor que cualquier análisis por qué la comedia que funciona aquí nunca es la del cinismo sino la del afecto —el mismo que construyó al Gru sin que nadie pudiera evitar quererlo—. Los decorados pintados a mano de Scott Pask —bidimensionales, planos, deliberadamente artificiales— convierten el escenario en una postal de época que sería cursi si no fuera exactamente lo que se necesita: la trampa del pueblo de Schmigadoon tiene que verse como una trampa bonita para que el espectador entienda por qué alguien podría querer quedarse.

El chiste que esconde una carta de amor y los hombres del siglo XX que no podían firmarla

Hay dos maneras de hacer una parodia musical y solo una de ellas funciona a largo plazo. La primera es el señalamiento: mirar desde fuera el objeto que se satiriza y reírse de sus convenciones como si tú no tuvieras ninguna. La segunda es la que practica Schmigadoon!: entrar completamente dentro del objeto amado, conocer sus reglas tan bien que puedas romperlas desde dentro, y dejar que la burla coexista con el abrazo. La coreografía de Christopher Gattelli —descrita unánimemente por la crítica como lo mejor que ha habido en Broadway en varias temporadas— no imita los números de los años cincuenta para que parezcan torpes: los replica con una maestría técnica que pone de manifiesto que la dificultad del estilo está ahí aunque nadie lo vea. El número de baile que parece sencillo porque todo el mundo sonríe es a menudo el más difícil de ejecutar, y el elenco, encabezado por una Sara Chase que alterna virtuosismo vocal con timing cómico sin aparente esfuerzo y una Ana Gasteyer —veterana de Saturday Night Live y conocida de todos los que han visto sus musicales fuera de Broadway— que se lleva cada escena en la que aparece con la autoridad tranquila de quien no necesita que le expliquen lo que es un número de comedia, ejecuta esa dificultad como si fuera agua. Alex Brightman, uno de los actores más dotados del elenco, sale algo malparado por un libro que no termina de aprovechar su capacidad vocal —la única reserva consistente de la crítica—, pero Isabelle McCalla, Ann Harada y Brad Oscar completan un ensemble que nunca baja de nivel. Y luego está el subtexto, que en Schmigadoon! no es tan sub: los grandes musicales del periodo que la obra homenajea fueron escritos en una abrumadora proporción por hombres gays —Cole Porter, Stephen Sondheim en sus inicios, Leonard Bernstein, el Lorenz Hart de Rogers and Hart— que pusieron en canciones sobre el amor heterosexual todo lo que no podían decir de otra manera. El pueblo donde todo el mundo canta y nadie puede salir hasta ser honesto con su amor tiene una doble lectura que el musical no esconde y que su público —queer en una proporción históricamente alta, como lo ha sido el del teatro musical desde siempre— no necesita que le expliquen.

Por qué un pueblo encantado de los años cuarenta ganó el Tony en 2026

Los premios, cuando aciertan, dicen algo sobre el momento en el que se entregan. El Tony a Schmigadoon! llega en un Broadway que lleva años discutiendo si el espectáculo de masas ha desplazado al teatro de autor, si el musical de Hollywood ha colonizado el musical de Broadway, si la pantalla LED ha sustituido al decorado artesanal. Schmigadoon! existe como respuesta implícita a todas esas preguntas: sin pantallas, sin biopic, sin IP de superhéroes, con libro y partitura originales escritos por la misma persona, con referencias tan internas al canon del teatro musical que funcionan igualmente para quien no las pilla porque la emoción es suficiente sin la cita. El resultado es lo que los angloparlantes llaman un crowd-pleaser sin que esa etiqueta implique renuncia intelectual: la obra divierte, conmueve y deja al espectador con la sensación de haber estado en manos de gente que ama lo que hace y quiere que tú también lo ames. En un contexto cultural donde la alegría sin ironía se ha vuelto un gesto casi subversivo, eso no es poco. Para el espectador que llega sin conocer la serie de Apple TV+ de la que procede —dos temporadas emitidas entre 2021 y 2023 que son también muy recomendables—, Schmigadoon! funciona como entrada perfecta al mundo de los musicales de la Edad Dorada sin necesidad de haber visto Oklahoma! previamente. Para quien sí conoce la serie, hay capas adicionales. Para quien conoce la serie Y los musicales que la inspiran, hay algo que está muy cerca de la felicidad. El pueblo de Schmigadoon sigue abierto en el Nederlander Theatre, y el Tony en la vitrina confirma lo que el público venía diciendo desde abril: que quedarse atrapado ahí no suena tan mal.