La farsa optimista de la era Kennedy: ‘Atrápame si puedes’ es la obra más melancólica de Spielberg

Con El día de la revelación todavía frescos en la retina del público y ocupando titulares que lo ratifican como uno de los pocos cineastas capaces de transformar cada estreno en un evento cultural indiscutible, resulta sumamente tentador volver la vista atrás. Conviene desviar los ojos de sus tótems más evidentes —los escualos, los reptiles clonados, los arqueólogos del látigo o las carnicerías bélicas del siglo XX— para reivindicar aquellas piezas de su filmografía que el canon perezoso suele catalogar como «obras menores». Encajunada de forma casi milagrosa entre la distopía asfixiante de Minority Report y el minimalismo humanista de La terminal, Atrápame si puedes (2002) emergió en las carteleras navideñas de principios de siglo disfrazada de mero divertimento ligero. Lo que el tiempo ha terminado por desvelar es que bajo su impoluta fachada de comedia de enredo se camuflaba un desgarrador ensayo sobre la orfandad, el síndrome del impostor y la soledad posmoderna.

La reconciliación del ‘Rey Midas’ y el niño asustado de DiCaprio

Durante la transición hacia el nuevo milenio, la psique creativa de Steven Spielberg parecía fracturada en una dualidad irreconciliable: el cronista solemne e institucional de La lista de Schindler frente al demiurgo escapista y lúdico que había moldeado los sueños de Hollywood en los ochenta. La grandeza de las andanzas del estafador real Frank Abagnale Jr. radica en que opera como el puente definitivo entre ambas sensibilidades, inyectando una profunda melancolía existencial en las venas de una road movie vertiginosa. Leonardo DiCaprio, en pleno proceso de demolición de su estatus de ídolo de carpeta tras el tsunami de Titanic, se corona aquí al descodificar que su personaje no es un genio de la delincuencia, sino un chiquillo aterrorizado. Cada identidad impostada —el piloto de Pan Am, el cirujano residente, el abogado de Harvard— no es un despliegue de soberbia intelectual, sino un intento desesperado, casi patológico, de recrear el núcleo familiar roto que dinamitó su infancia.

Tom Hanks como el reverso de la moneda y la tiranía de la fachada americana

Si DiCaprio ejecuta los arabescos más vistosos del metraje, Tom Hanks asume el anclaje dramático más complejo de la producción. Su Carl Hanratty rehúsa de forma brillante convertirse en el arquetípico sabueso implacable a lo Javert; el libreto de Jeff Nathanson lo moldea como la otra cara de la moneda de la alienación estadounidense. Frank y Carl no operan como enemigos mortales, sino como dos almas radicalmente aisladas que establecen un cordón umbilical de compañía mutua a través de un juego transatlántico del gato y el ratón. Visualmente, el filme es una exquisitez coreografiada por la cámara de Janusz Kaminski, que retrata los años sesenta como un edén tecnicolor de aeropuertos futuristas y optimismo corporativo. No obstante, Spielberg subvierte la nostalgia vacía al evidenciar que esa sociedad obsesionada con el progreso era un ecosistema idóneo para el timo: un mundo dócil que ansiaba ser engañado por la autoridad de un uniforme impecable y una sonrisa blindada.

El veredicto del tiempo: el dolor envuelto en celofán de seda

El triunfo inapelable de Atrápame si puedes frente a otros dramas pretenciosos de su misma hornada estriba en su rotunda negativa a entregarse al tremendismo o a la tragedia sórdida de la delincuencia juvenil. Spielberg esquiva la gravedad académica para facturar una cinta enérgica, sofisticada y rítmicamente perfecta que entiende que la existencia humana no se experimenta bajo una única tonalidad emocional. Las secuencias de audacia criminal coexisten con viñetas de una tristeza sepulcral, componiendo la gran película norteamericana sobre la necesidad de aceptación y el pavor a no ser suficiente. Puede que en su metraje no haya alienígenas, distopías cibernéticas ni desembarcos históricos, pero alberga la peripecia de un funambulista que pasó media vida simulando ser un extraño para descubrir, en el último acto, que el único traje que le apretaba era el suyo propio. Una obra maestra absoluta que merece subir al Olimpo de la filmografía del director.