La prima de Superman se baja de la épica: crítica de Supergirl Vol. 1: Misadventures in Midvale

A punto de estrenarse la nueva encarnación cinematográfica, nos toca darnos una vuelta por el cómic para saber en qué momento se encuentra el personaje. Y es que, encontrar una brújula de estabilidad para Kara Zor-El se había convertido en uno de los quebraderos de cabeza más persistentes para la cúpula de DC Comics. En los últimos años, la editorial ha dado bandazos con el personaje, ensayando desde la ciencia ficción cósmica de alta densidad hasta la épica guerrera de tintes mitológicos, sin dar con una identidad perenne. Frente a este panorama, el desembarco de Sophie Campbell como autora completa en la cabecera planteaba una pregunta tan crucial como incómoda: ¿qué territorio le queda por explorar a la prima de Superman? La respuesta de Campbell, recogida en el volumen Supergirl Vol. 1: Misadventures in Midvale (que recopila los números 1 al 6 de la serie original), es de una lucidez desarmante: despojar a la heroína de su armadura celestial para averiguar quién es cuando se le prohíbe salvar el universo.

El desarraigo de la inmigrante y el decorado de la normalidad

La premisa arranca renunciando a los fuegos de artificio interplanetarios. Tras encadenar odiseas a lo largo del cosmos, Kara regresa a Midvale, el entorno suburbano que opera como su particular Smallville. Lejos de toparse con invasiones alienígenas, la kryptoniana se estrella contra un antagonista mucho más prosaico y demoledor: la inercia de una cotidianidad que ha aprendido a funcionar a sus espaldas. Relaciones que se han enfriado, amigos que han madurado y conflictos humanos que no se solucionan con visión térmica. Campbell explota con maestría la condición primigenia de Supergirl como una inmigrante espiritual; una joven atrapada entre dos mundos que no termina de echar raíces en ninguno. El tomo se aleja así del manual del encapuchado tradicional para abrazar las dinámicas de una novela de aprendizaje (coming-of-age) contemporánea, regalando la versión más cálida, orgánica y desgarradoramente humana del personaje desde la recordada etapa de Sterling Gates.

Sophie Campbell y la subversión estética de la viñeta de acción

El valor diferencial de Misadventures in Midvale radica en la condición de Campbell como autora total, controlando el guion y el dibujo de forma simultánea. Su trazo rompe con el hiperrealismo musculado y la anatomía encorsetada que saturan los estantes de las librerías especializadas. Con una sensibilidad que dialoga abiertamente con el manga independiente y el cómic juvenil de autor, Campbell prioriza la expresividad elástica de los rostros, la fluidez corporal y la elocuencia de los silencios por encima de la coreografía del mamporro. Esta fisonomía visual, si bien polarizó a los sectores más academicistas del fandom habituados a la espectacularidad clásica, dota a la colección de una atmósfera íntima e iconoclasta que se vuelve indispensable para sostener el pulso emocional de un libreto donde las conversaciones en los porches importan el doble que los villanos de turno.

El peaje de la escala humana frente a la conquista de nuevos lectores

Esta renuncia deliberada a la trascendencia cósmica es, al mismo tiempo, la mayor virtud y el talón de Aquiles del tomo. Los lectores que acudan buscando conspiraciones gubernamentales o colisiones titánicas saldrán inevitablemente frustrados ante una trama que avanza sin prisa y que flirtea en ocasiones con la dispersión narrativa de una serie televisiva de instituto. Sin embargo, el objetivo último de Campbell no es complacer al completista dogmático, sino seducir a una nueva hornada de lectores mediante una caracterización libre de la asfixiante continuidad de DC. Misadventures in Midvale no pretende reescribir la historia de la editorial ni postularse como el enésimo evento del verano. Su triunfo es mucho más humilde y, por ende, más perdurable: recordarnos que antes de aprender a volar sobre las cabezas de los mortales, incluso los dioses necesitan aprender a caminar en la tierra.