Tras décadas dominando la gran pantalla, Pixar desembarca por fin en el formato serie con En la victoria o en la derrota (Win or Lose) y lo hace recuperando ese sabor de siempre —empatía, emoción cotidiana y comedia quirúrgica— que en los últimos años parecía diluirse entre secuelas, universos compartidos y encargos por catálogo.
La premisa juega una carta tan sencilla como tramposa: contar la misma semana previa al “partido grande” desde ocho perspectivas distintas, obligando al espectador a recalibrar constantemente lo que creía saber cada vez que cambia el punto de vista. Sí, es inevitable pensar en Rashōmon, de Akira Kurosawa… pero pasado por el filtro The Mighty Ducks (Somos los mejores), con ansiedad adolescente, padres desbordados y adultos que tampoco tienen ni idea de lo que están haciendo.
Y aunque el cóctel pueda resultar extraño en un primer momento, acaba conquistando por puro desgaste emocional. Algo que, de paso, terminó salvando la imagen del estudio en 2025, ya que su gran apuesta cinematográfica original de ese año, Elio, pasó sin pena ni gloria por la taquilla. Win or Lose tampoco fue la Stranger Things de la casa del ratón, pero justifica mucho mejor su existencia dentro del catálogo de Disney+, especialmente si tenemos en cuenta que Elio, pese a su nominación al Óscar a Mejor Película de Animación, dejó un agujero de casi 200 millones de dólares que nunca regresaron a las arcas del estudio.
El gran hallazgo de la serie está en cómo materializa la psicología de sus personajes a través de “dispositivos” visuales que no solo decoran, sino que narran. Desde una bola de sudor parlante que encarna la ansiedad paralizante, hasta una armadura medieval que protege al árbitro Frank de su propia vulnerabilidad emocional, estas metáforas —que podrían parecer ideas nacidas en una pizarra de guionistas con exceso de cafeína— funcionan porque están ancladas en algo profundamente reconocible: la presión por estar a la altura, la soledad adulta, el miedo al rechazo o el postureo como flotador emocional.
Sin embargo, su mayor virtud es también su principal límite. La extrema condensación de sus episodios (apenas 18–20 minutos reales) provoca que, mientras los mejores capítulos golpean fuerte y se marchan sin pedir permiso, otros parezcan esprintar demasiado rápido hacia la resolución. Aun así, el mecanismo de puzzle es adictivo: En la victoria o en la derrota no va realmente de sóftbol, sino de lo que te pasa por dentro cuando sientes que todo el mundo te mira, y de esa verdad incómoda que Pixar lleva décadas repitiendo con distintas formas: nadie sabe la batalla que libra la persona que tiene al lado.
Es inevitable mencionar el elefante en la sala: la decisión de Disney de eliminar referencias explícitas a la identidad trans de uno de sus personajes. Una polémica que ensombrece el relato público de la serie y vuelve a recordarnos que la tan cacareada libertad creativa del streaming suele venir acompañada de un asterisco. Pese a ello, la serie se sostiene por talento puro. Es una obra notable y, por momentos, brillante, que demuestra que Pixar, cuando se atreve con el formato largo, todavía sabe jugar con ventaja.
Ojalá no sea una excepción.




