Thomas Pynchon nos arrastra al abismo: ‘A oscuras’, una profecía eléctrica sobre el fascismo que viene

Hoy, la editorial Tusquets publica en España ‘A oscuras’ (Shadow Ticket), la esperadísima novena novela de Thomas Pynchon. Tras doce años de un silencio sepulcral que solo alimentó la leyenda del eterno candidato al Nobel, el genio de Long Island regresa a sus 88 años con una obra que, bajo el disfraz de un noir de serie B, esconde una autopsia despiadada sobre el ascenso del autoritarismo. Haber podido devorar sus páginas antes de su desembarco oficial en librerías nos confirma lo que sospechábamos: Pynchon no solo ha vuelto; ha vuelto para decirnos que el pasado nazi y el presente de los algoritmos son, en realidad, el mismo perro con distinto collar.

Detectives, queso y esvásticas: El laberinto de Milwaukee

La trama nos sitúa en el Milwaukee de 1932, en plena Ley Seca y Gran Depresión. Nuestro guía por este submundo es Hicks McTaggart, un detective privado con pasado de rompehuelgas y pies de bailarín de lindy-hop. Lo que empieza como un encargo rutinario —encontrar a Daphne Airmont, la heredera del «Al Capone del Queso»— se convierte rápidamente en una red de conspiraciones que conecta a agentes federales con ligas pro-nazis que conspiran en boleras de mala muerte. Pynchon maneja el género negro con la soltura de un veterano, pero lo habita como un cangrejo ermitaño: asoma la cabeza para recordarnos que, en su mundo, nada es lo que parece y todo está conectado por hilos invisibles de paranoia.

Una sinfonía de caos entre dos mundos

A medida que Hicks avanza en su investigación, la novela rompe sus costuras y se expande desde los bosques de Wisconsin hasta las fronteras calientes de Europa Central. ‘A oscuras’ es un Pynchon «accesible», más cercano a la frescura de Vicio Propio que a la densidad impenetrable de Contraluz. Aquí hay humor —discusiones delirantes sobre si el queso tiene conciencia o canciones de jazz inventadas—, pero también una sombra alargada. El autor utiliza el año 1932 como un espejo de nuestro 2026: una sociedad al borde del colapso, fascinada por líderes histriónicos y asediada por una violencia que se gesta en los márgenes antes de estallar en el centro.

El veredicto: ¿Es este el gran final de Pynchon?

Si esta termina siendo la última voluntad literaria de Pynchon, es un cierre magistral. Aunque algunos lectores puedan sentirse abrumados por su falta de etiquetas en los diálogos o sus saltos geográficos —del Milwaukee industrial a los bosques de Transilvania en un parpadeo—, la recompensa es una lucidez aterradora. Pynchon nos advierte que el fascismo no es un accidente histórico, sino una corriente eléctrica que siempre está ahí, esperando el momento de volver a encenderse. Es una novela que salta, bromea y canta, pero que termina dejándote a solas en una noche fría, dándote cuenta de que el monstruo del que huía Hicks McTaggart ya ha llegado a nuestro salón.

LO MEJOR: La capacidad de Pynchon para convertir un chiste sobre quesos en una advertencia geopolítica de primer nivel. Su prosa sigue siendo la más viva de la literatura actual.

LO PEOR: La densa avalancha de nombres y subtramas en el tramo final (los «Vladboys», los espías húngaros) puede hacer que el lector menos entrenado pierda el rastro de la «Cheese Princess».