Un año después del fenómeno de taquilla: Crítica de Lilo & Stitch (2025)

A casi un año de su llegada a los cines, y con la perspectiva que da el tiempo tras su arrollador paso por taquilla, toca revisitar ‘Lilo & Stitch’ (2025). La película, que se convirtió en el primer híbrido de imagen real y animación en superar los 1.000 millones de dólares, sigue siendo hoy un título divisorio. Si bien es cierto que el factor nostalgia fue el motor de su éxito, tras varios visionados queda claro que estamos ante una de las adaptaciones más dignas de Disney, aunque no por ello exenta de las costuras propias de estos remakes.

Una apuesta por la humanidad sobre el CGI

Lo que más sorprende de la visión de Dean Fleischer Camp es cómo decidió poner el foco en la relación entre las hermanas. Sydney Elizebeth Agudong (Nani) realiza un trabajo excepcional al dotar a su personaje de una carga pragmática y adulta que en la cinta de 2002 pasaba más desapercibida. Aquí, el drama de la orfandad y la presión de los servicios sociales se siente real, alejándose de la caricatura para darnos una historia de supervivencia familiar en un Hawái que, a pesar de los alienígenas, se percibe tangible y cercano.

La pequeña Maia Kealoha es, sin duda, el alma de la función. Su Lilo mantiene esa excentricidad encantadora que nos hizo quererla hace dos décadas, logrando una química con el Stitch digital que, aunque por momentos sufre de esa frialdad técnica propia del CGI, termina funcionando gracias a la voz de un Chris Sanders que conoce al personaje mejor que nadie.

Las sombras del fotorrealismo

Sin embargo, no todo es «aloha» en esta producción. El gran pecado de la película reside en la traslación de los elementos más abstractos de la animación al live-action. La decisión de que Jumba (Zach Galifianakis) y Pleakley (Billy Magnussen) adopten formas humanas es comprensible desde un punto de vista presupuestario y de tono, pero le arrebata a la cinta esos momentos de humor absurdo y visualmente caótico que definían a la original.

Además, el diseño fotorrealista de Stitch sigue resultando inquietante en ciertos planos. Hay una «monstruosidad» inherente en ver a una criatura de estas características interactuando con actores reales que el fetiche por el realismo de Disney no ha terminado de pulir. Aunque los niños parecen haber abrazado el diseño sin problemas, para el espectador veterano el valle inquietante sigue estando ahí.

Un tributo con sabor agridulce

A nivel de producción, se nota el mimo en los detalles: desde el uso de la banda sonora original de Elvis hasta la inclusión de Tia Carrere y Jason Scott Lee en papeles secundarios, lo cual se siente como un traspaso de antorcha muy dulce. Pero al final del día, la película no logra responder a la pregunta de por qué era necesaria más allá del rédito económico.

Es una película agradable, con momentos de una ternura genuina y un mensaje sobre la ohana que sigue calando hondo, pero que palidece ante la imaginación desbordante y los fondos de acuarela de la obra de 2002. Cumple como entretenimiento familiar y como expansión de la marca, pero se queda un escalón por debajo de la magia pura que Sanders y DeBlois crearon originalmente.