Correr para no llegar a ninguna parte — ‘Absolute Flash, TPB 2: Still Point’

Si el primer volumen de la línea Absolute nos presentó a un Wally West que era poco más que un fugitivo hambriento con un metabolismo fuera de control, este segundo arco (que abarca los números 7 al 12) intenta asentar las bases de su mitología. Sin embargo, lo que debería ser una carrera hacia la gloria se siente, por momentos, como un maratón con demasiados obstáculos narrativos.

Jeff Lemire y Nick Robles (junto al siempre cumplidor Travis Moore en los interludios) cierran su primer año al frente del velocista más crudo de DC con un tomo que es, a partes iguales, visualmente arrebatador y argumentalmente desconcertante.

El enigma de Barry Allen y el «Punto Estático»

Uno de los puntos más polémicos de este volumen es la gestión del legado. En el Universo Absolute, las reglas han cambiado: el concepto de la Speed Force se retuerce para dar paso al Still Point (Punto Estático), una especie de páramo surrealista que funciona como el reverso tenebroso de lo que conocemos.

El regreso de un Barry Allen «ni vivo ni muerto» sirve para explicar el origen de los poderes de Wally, pero a un coste alto para el ritmo de la serie. Lemire se detiene tanto en la exposición científica y en los flashbacks que, por momentos, parece olvidar que tiene a un protagonista en el presente intentando rescatar a su padre de las garras de los Thawne. Es un «parón» necesario para construir el mundo, sí, pero que lastra la urgencia que un cómic de Flash debería tener por definición.

Los Thawne: De la conspiración al horror biológico

Si esperabas al Eobard Thawne de traje amarillo y sonrisa psicópata, prepárate para algo muy distinto. El enfoque de este volumen hacia los villanos es puramente ciencia ficción de horror. Eleanor Thawne se revela como una estratega fría, mientras que la versión física de su amenaza se manifiesta como una monstruosidad que recuerda más al body horror de un videojuego de supervivencia que a un villano de mallas tradicional.

Lo más interesante aquí es la alianza de Wally con los Rogues. En este universo, la línea entre héroe y villano es tan delgada que ver a la Gata Negra o al Capitán Frío colaborando con un Wally desesperado se siente orgánico. No son amigos; son supervivientes en una Gotham (y una Central City) diseñada para aplastarlos.

Un espectáculo visual que compensa el caos

Donde Still Point no tiene fisuras es en su apartado artístico. Nick Robles es, sencillamente, uno de los mejores dibujantes de la industria actual para captar la velocidad. Sus páginas no se leen, se sienten. El uso de las dobles páginas para los enfrentamientos finales es espectacular, aunque a veces peque de acelerar demasiado el final de la historia.

Mención especial merece el color de Adriano Lucas. El contraste entre los tonos apagados y sucios del mundo real de Wally con los neones eléctricos y los rojos apocalípticos del clímax final elevan el tebeo a otra categoría. Es un festín para los ojos que, a menudo, camufla que la trama se siente un poco perdida sobre qué dirección tomar.

Conclusión: Un primer año de claroscuros

Absolute Flash termina su primer año dejando una sensación agridulce. Por un lado, tenemos una reinvención visual poderosa y una atmósfera de ciencia ficción muy atractiva. Por otro, tras doce números, seguimos sin tener claro qué define a este Wally West más allá de su soledad y su angustia. El tomo se cierra con una tragedia personal que promete marcar el futuro del personaje, pero queda la duda de si este Flash llegará a integrarse de forma coherente en el resto del Universo Absolute o si seguirá corriendo en su propio circuito aislado.

VEREDICTO: RECOMENDABLE (PARA COMPLETISTAS)

Es una lectura obligatoria si te gusta el riesgo creativo de la línea Absolute, pero prepárate para un ritmo errático. Quédate por el arte de Robles, que es de otro planeta, aunque la historia de Lemire todavía necesite encontrar su verdadera meta.