Gorillaz vuelve a mirar al abismo sin perder el pulso pop: crítica de ‘The Mountain’
Han pasado ya unos cuantos discos desde que Gorillaz dejó de tener que demostrar nada a nadie, y quizá por eso ‘The Mountain’ suena menos como un golpe de efecto que como una obra de madurez. El noveno álbum del proyecto de Damon Albarn y Jamie Hewlett, publicado este febrero de 2026, llega con la fuerza de quien ya no busca el éxito masivo, sino la trascendencia. Es el trabajo de una banda virtual que, a estas alturas, ha decidido que es más interesante explorar sus grietas que seguir viviendo de la iconografía de sus años de gloria.
Un disco sobre la muerte que se niega a sonar fúnebre
Lo primero que sorprende de The Mountain es que, estando atravesado por el duelo, casi nunca cae en el tono funerario obvio. El punto de partida es doloroso: Albarn y Hewlett perdieron a sus padres con pocos días de diferencia, y esa experiencia empapa un álbum obsesionado con la continuidad y la posibilidad de que algo siga vibrando tras la desaparición física. Pero, en lugar de responder con solemnidad plomiza, Gorillaz opta por lo contrario: canciones luminosas, estructuras juguetonas y una sensación constante de movimiento. El gran hallazgo reside ahí: en cómo el álbum convierte el luto en una celebración de la reinvención.
Es una conversación entre vivos y muertos. En un proyecto que siempre ha funcionado mejor como cosmología de voces ajenas, esta idea encuentra un terreno fértil. Las apariciones póstumas de colaboradores históricos como Dennis Hopper, Bobby Womack o Tony Allen no se sienten como un truco sentimental, sino como el argumento central del disco: la música como el espacio donde los ausentes siguen teniendo cuerpo. Es esta densidad emocional la que le otorga una gravedad que trabajos anteriores nunca llegaron a rozar.
India como impulso, no siempre como solución
La gran novedad sonora es su diálogo con la música clásica india y un imaginario espiritual que Albarn lleva décadas orbitando. La presencia de Anoushka Shankar o Ajay Prasanna aporta color y una identidad clara al conjunto. Cuando la fusión funciona, es magnífica; no porque «exotice» el sonido Gorillaz, sino porque lo descentra y lo obliga a encontrar nuevas formas de respirar. En esos momentos, The Mountain recupera esa sensación de ecosistema propio, de álbum concebido como viaje y no como una simple colección de colaboraciones premium.
Sin embargo, no conviene comprar el discurso sin matices. Existe una tensión incómoda pero legítima: esa vieja pulsión de Albarn por la apropiación bienintencionada. Es el impulso de absorber tradiciones ajenas dentro del laboratorio Gorillaz confiando en que su sensibilidad lo excuse todo. Hay momentos en los que los músicos indios son el motor central del álbum, pero en otros dan la sensación de ser meros decorados maleables para la imaginación de Albarn. El disco es superior cuando esas influencias transforman el corazón de la canción y no solo su superficie cromática.
Cuando el exceso es la mejor virtud
Más allá del aparato conceptual, el álbum funciona porque vuelve a situar a Gorillaz en ese territorio híbrido que mejor domina: el del proyecto capaz de ser accesible, triste y expansivo a la vez. Hay cortes que operan como cápsulas pop perfectas y otros que se sienten como piezas de teatro espectral, compartiendo una cualidad que el grupo parecía haber extraviado: la sensación de que detrás de cada tema hay una necesidad real y no solo una ocurrencia de estudio.
¿Es perfecto? No. El disco sufre de cierta sobrecarga, un mal habitual cuando Albarn se convence de que está construyendo una «obra total». Hay momentos en la segunda mitad donde la mezcla de invitados y ambiciones amenaza con aplastar la arquitectura de los temas. Pero incluso ahí, el error es preferible al conformismo. The Mountain fracasa, cuando lo hace, por exceso de visión, lo cual en este 2026 ya lo distingue de cualquier producto diseñado para no molestar a nadie.
Veredicto: Una obra tardía, humana y vulnerable
La tentación inmediata es colocarlo junto a los clásicos de la banda. Posee una nobleza extraña y una vulnerabilidad que lo vuelve más humano que sus trabajos previos. Es un disco menos perfecto, pero más expuesto; menos «momento cultural» y más el testimonio de un artista que sigue buscando cómo cantar al miedo al vacío y al desgaste del tiempo.
Es el álbum que mejor recuerda que Damon Albarn rinde al máximo cuando persigue una idea grande hasta el borde del ridículo. A veces se acerca demasiado a ese precipicio, pero casi siempre merece la pena acompañarlo en la caída.





