‘Scream 7’: La llamada que debimos dejar en buzón de voz

Y van siete. Siete veces que alguien coge el teléfono, siete veces que alguien no sabe cerrar una puerta con llave y siete veces que nos intentan convencer de que el metacine justifica cualquier desastre de guion. Pero seamos sinceros: con Scream 7, la franquicia no ha roto las reglas, se ha tropezado con ellas en el pasillo y se ha clavado su propio cuchillo.

El regreso de la «Sra. de la que usted me habla»

Tras el culebrón de despachos que dejó fuera a Melissa Barrera y Jenna Ortega —las que supuestamente venían a jubilar a la vieja guardia—, la producción entró en pánico. ¿La solución? Sacar la chequera, llamar a Neve Campbell y rezarle a la nostalgia. El regreso de Sidney Prescott no se siente como un arco narrativo necesario, sino como una medida de emergencia de Paramount para que el barco no terminara de hundirse.

Sidney está de vuelta, ahora como madre coraje en Pine Grove, enfrentándose a un Ghostface que tiene en el punto de mira a su hija Tatum (Isabel May). Y aunque Campbell tiene una presencia que llena la pantalla por pura inercia, el guion de Kevin Williamson y Guy Busick la trata más como un objeto de museo que como un personaje vivo. Es la «final girl» eterna, atrapada en un bucle donde el trauma es el único motor y la sorpresa brilla por su ausencia.

Kevin Williamson: El padre que vuelve a casa (y la encuentra desordenada)

Había cierta esperanza en ver a Williamson dirigiendo. Al fin y al cabo, él inventó este juguete. Sin embargo, lo que prometía ser una disección ácida del terror en la era de la IA y el true crime tóxico, se queda en un «grandes éxitos» tocado por una banda de versiones algo cansada.

La película tiene momentos de brillantez técnica —la secuencia del bar es, probablemente, de lo más salvaje y creativo de la saga—, pero el conjunto luce extrañamente barato. Esa iluminación plana y oscura que parece plagar el cine actual también ha infectado a Ghostface, quitándole esa textura vibrante que Wes Craven dominaba.

Un reparto de relleno y una ausencia imperdonable

El nuevo grupo de jóvenes es, para ser generosos, olvidable. Ni siquiera el talento de Mckenna Grace consigue salvar unos diálogos que suenan a lo que un señor de 60 años cree que dice un adolescente de 16. Pero lo que más duele no es quién está, sino quién no está.

Resulta casi cómico —y muy cínico— que la película mencione constantemente los eventos de Nueva York (Scream VI) pero evite nombrar a las hermanas Carpenter. Es el elefante en la habitación más grande de la historia del cine reciente. Intentar construir el futuro de una saga ignorando sus dos entregas anteriores es un ejercicio de amnesia selectiva que el espectador no compra.

¿Final de trayecto?

Scream 7 no es una película terrible, es algo peor: es una película funcional. Es un trámite. Un puente hacia ninguna parte que sobrevive gracias a:

  • La brutalidad física de un Ghostface más expeditivo que nunca.
  • El carisma incombustible de Courteney Cox (aunque la ninguneen en el tramo final).
  • Ese morbo de ver si Matthew Lillard asoma la cabeza para terminar de dinamitar la lógica interna de la serie.

Al final, nos queda un slasher que se mira tanto el ombligo que se olvida de mirar al espectador. Si la premisa de Scream era reírse de los clichés mientras te asustaba, esta séptima entrega se ha convertido en el cliché del que solía burlarse.

Lo mejor: La dirección de Williamson en las escenas de muerte y volver a ver a Sidney repartiendo justicia.

Lo peor: Un guion que hace aguas, la falta de química del reparto joven y el vacío legal y narrativo dejado por las hermanas Carpenter.