‘Sacrifice’: la sátira climática que sabe cómo empezar y no sabe cómo terminar
Hay una pregunta razonable que hacerse ante Sacrifice antes de ver el primer fotograma: ¿qué hace Romain Gavras al frente de una película con Chris Evans, Anya Taylor-Joy, Vincent Cassel, Salma Hayek, John Malkovich y Charli XCX? La respuesta corta es que el director de Athena —el hijo de Costa-Gavras, el realizador que construyó su reputación sobre videoclips de MIA y Jay-Z antes de convertirlos en un método cinematográfico reconocible— quería hacer una sátira del activismo climático de élite con el presupuesto y el reparto que ese tipo de sátira raramente se permite, y que Netflix, tras adquirir los derechos en el Marché du Film de Cannes de 2026, encontró en ese proyecto el tipo de apuesta de autor con nombre estelar que lleva un año intentando posicionar como alternativa al cine de géneros. La película se estrenó en septiembre de 2025 en Toronto —donde la recepción fue dividida— y llegó a la plataforma en octubre de 2026 con cien minutos de duración, un guion coescrito por Gavras y el dramaturgo Will Arbery, y la fotografía de Matias Boucard. El resultado es lo que pasa cuando una sátira tiene más personalidad que tesis: una primera mitad que convence y una segunda que no sabe adónde va porque el guion tampoco lo sabía del todo cuando lo escribió.

La premisa tiene la concisión del chiste bien planteado: Mike Tyler, un actor de Hollywood en crisis de reputación, viaja a una gala de recaudación de fondos climática organizada por el hombre más rico del mundo en una isla griega. La corporación del anfitrión afirma extraer energía limpia del fondo del océano. Los asistentes son la intersección de la élite económica global y el activismo performativo. En ese escenario llega Joan —la líder de un movimiento juvenil radical con un plan para salvar el planeta que implica sacrificar a tres personas en un volcán— y secuestra a Mike junto a otras dos víctimas. El film de Gavras y Arbery entiende que esa premisa es una caricatura y la filma como tal durante la primera mitad, con la convicción del que sabe que el material tiene filo y con la cadencia visual de alguien que lleva décadas sabiendo cómo construir una secuencia con la música apropiada y el encuadre exacto. El problema aparece cuando la caricatura ya no basta y el guion tiene que decir algo más que lo que la imagen ya estaba diciendo sola.

Gavras, la cueva de mármol, el volcán islandés y la primera mitad como sátira del greenwashing de élite: cuándo Sacrifice sabe adónde va antes de extraviarse en el tramo que más necesitaba una tesis
La película funciona como sátira mientras se queda en el territorio que la sátira del tipo eat-the-rich ha cartografiado bien: la gala en la que los más ricos del planeta celebran su compromiso con el planeta sin que nadie cuestione el coste de carbono de haber llegado hasta allí, el lenguaje del activismo convertido en identidad de marca, la hipocresía de los compromisos voluntarios de quienes más contribuyen al problema que dicen combatir. En ese terreno, el guion de Arbery tiene momentos de precisión —el mantra «Make Earth Cool Again» que recorre la primera mitad funciona como síntesis verbal del objeto de la sátira— y Gavras tiene el sentido visual suficiente para filmar el lujo como un espacio de amenaza sin necesitar subrayarlo. La fotografía de Boucard construye los espacios interiores —la cueva de mármol, el auditorio de la gala— con una frialdad que convierte la ostentación en algo genuinamente inquietante, y el trabajo de dirección artística sobre ese entorno es de lo más consistente de la película.

El problema no es que la sátira sea demasiado obvia: el problema es que, cuando Joan y sus seguidores toman el control del evento y la película gira hacia el thriller de secuestro y hacia algo más oscuro y extraño, el guion no ha construido el suelo bajo los pies de ese giro. Hay en Sacrifice una ambición de hacer lo que Ruben Östlund hizo con The Square o con Triangle of Sadness —una sátira de clase que se convierte en algo más perturbador que sus propios chistes— pero sin la precisión clínica que esos films tenían para saber exactamente cuánto apretar antes de ceder. El segundo acto de Sacrifice gana en escala lo que pierde en claridad: la persecución, las secuencias en el volcán, el tramo onírico que intenta ser el momento en que el film da el salto de la caricatura al comentario real sobre por qué nadie en este planeta hace nada ante la catástrofe climática. Ese momento existe en la película. El problema es que no se queda el tiempo suficiente como para que su peso se acumule, y el guion lo abandona antes de que el espectador haya terminado de entender qué quería decir con él.

Chris Evans como la diva más interesante de su carrera reciente, Anya Taylor-Joy con todo el carisma que el guion le niega y un reparto estelar al que la película no termina de saber qué pedirle
La mejor decisión de casting de Sacrifice es también la que produce el resultado más desaprovechado: reunir a este número de actores de primer nivel en el mismo film sin que el guion sepa qué hacer con todos ellos al mismo tiempo. Chris Evans como Mike Tyler —el exastro de Hollywood que usa la causa climática como estrategia de rehabilitación de imagen y que es elegido por Joan como el héroe del sacrificio— es, en los tramos en los que la película lo deja ser lo que tiene que ser, el actor más entregado y más sorprendente de Sacrifice. Su Mike es egocéntrico con una consistencia que Evans no había llevado tan lejos en ninguna interpretación anterior: un hombre que incluso en situación de rehén mide cómo va a quedar en la historia, que procesa el peligro como un problema de relaciones públicas antes de procesarlo como miedo. Hay en ese registro la autoconsciencia de un actor que ha pasado años siendo la imagen de la virtud en el cine de superhéroes y que aquí se permite ser algo mucho más incómodo. El guion no siempre está a la altura de lo que Evans hace con él, pero lo que él hace con él es, en los mejores momentos, la razón más sólida para ver la película.

Anya Taylor-Joy como Joan tiene el mismo problema en dirección contraria: una actriz de una presencia y una inventiva pocas veces desperdiciada en proyectos de este presupuesto, en un personaje al que el guion define por su convicción sin construir la lógica interna de esa convicción con suficiente profundidad. Joan cree en lo que hace. El problema es que la película necesita que el espectador entienda cómo alguien llega a creer eso, y el guion de Arbery y Gavras da por sentado que la excentricidad del plan es suficiente para construir al personaje. Taylor-Joy pone todo su arsenal —la forma en que ocupa el espacio, la intensidad de mirar a la cámara como si la cámara fuera el destinatario real de su argumento— en un personaje que está escrito para ser el eje moral de la película sin haber sido escrito con la profundidad que ese eje requiere. John Malkovich como Gunnar, el padre de Joan, tiene el tono del film en miniatura: extravagante y preciso en el registro que el film necesita, y con menos espacio del que ese tono merecería. Vincent Cassel y Salma Hayek, en los roles del billonario y su esposa cantante, son la demostración más clara del problema de escala del reparto: dos actores con quince minutos de pantalla combinados y sin el material para hacer más que marcar el tipo de sus personajes.

El viraje al thriller oscuro, la tesis que no termina de formarse y el problema de la sátira que señala a todo el mundo sin decirle nada a nadie en particular
Sacrifice acaba siendo la demostración más clara de un problema que el cine político de los últimos años ha reproducido con suficiente frecuencia como para que tenga nombre: la película que tiene la diagnosis pero no el análisis. Gavras sabe quiénes son los culpables —los hipócritas de la gala climática, el billonario del proyecto de energía limpia que es una operación de imagen, la celebridad que convierte la causa en capital de reputación— pero no tiene una propuesta sobre qué hacer con esa información más allá de presentarla. El movimiento radical de Joan podría ser la alternativa, pero la película lo trata como una extravagancia demasiado absurda como para ser una propuesta real, y al hacerlo deja un vacío en el centro de su propia sátira: si los de arriba son hipócritas y los que quieren cambiar las cosas son fanáticos, el espectador sale de la sala sin que el film haya añadido nada a lo que ya sabía antes de entrar.

La banda sonora de Gener8ion y la integración de Charli XCX como Mother Nature son las dos decisiones que mejor ilustran la ambición del proyecto y la brecha entre esa ambición y su resultado: hay en ambas elecciones la voluntad de conectar la escala apocalíptica del tema climático con la cultura pop del momento, y hay también en ambas una ejecución que no termina de encontrar el punto en el que esa conexión produce algo más que un efecto de contraste estético. Que la película haya llegado a la plataforma con un reparto de esta envergadura, con la fotografía que tiene y con la personalidad visual que Gavras lleva siempre consigo —inconfundible, muscular, con la huella de sus años en el videoclip como método y no como ornamento— dice algo sobre lo que Sacrifice podría haber sido. Lo que es, en sus cien minutos finales, es una película que se extravía en el camino entre la caricatura y el comentario y que, al llegar al volcán, ya no recuerda exactamente por qué fue hasta allí.





