‘Bridgerton’ (T1, 2020): la Regencia como excusa para hacer lo que el costumbrismo jamás haría
Julia Quinn publicó The Duke and I en el año 2000 como el primero de ocho volúmenes que vendieron más de quince millones de copias y vivieron en el nicho de la romance novel con la comodidad del producto que nunca necesitó legitimación crítica para encontrar a su audiencia. Cuando Netflix cerró el acuerdo con Shonda Rhimes en 2017 y Rhimes firmó a Chris Van Dusen para adaptar la saga, la decisión de lo que se iba a hacer con el material ya estaba implícita en la combinación: no la serie de época canónica que la televisión pública anglosajona lleva décadas produciendo como gramática del pasado bien vestido, sino la Regencia como escenario para una ficción de entretenimiento de alto voltaje que no pide disculpas por lo que es y tiene la honradez de saberlo con exactitud. Bridgerton llegó a Netflix el 25 de diciembre de 2020 y en veintiocho días se vio en más de ochenta millones de hogares, lo que convirtió la discusión sobre la serie en algo distinto de lo que habría sido si se hubiera quedado en un hit moderado.

La primera temporada adapta el primer volumen de la saga y cuenta la historia de Daphne Bridgerton —Phoebe Dynevor— y Simon Basset, duque de Hastings —Regé-Jean Page—, que llegan a un acuerdo de conveniencia: él la escolta en la temporada para elevar su cotización matrimonial, ella le proporciona una pantalla de compromiso que lo protege de las madres con hijas casaderas. El acuerdo funciona hasta que deja de funcionar, que es el argumento de la romance novel desde que existe el género. Van Dusen añade a esa mecánica un mundo visual diseñado por Will Hughes-Jones y una paleta musical construida por Kris Bowers sobre versiones orquestales de canciones de pop contemporáneo, lo que produce la sensación de estar viendo un baile de 1813 en el que la música que suena en el salón es una reducción para cuarteto de cuerda de algo que en su vida original sonó en otra parte. Julie Andrews da voz a Lady Whistledown, la columnista anónima que controla la narrativa social de la temporada desde sus panfletos semanales, y la identidad de ese personaje es el hilo que conecta la estructura de episodio en episodio.

Van Dusen, Shondaland y la Regencia como espacio que se niega a hacer lo que el costumbrismo esperaría
Las decisiones formales más deliberadas de la primera temporada son también las más visibles: el reparto de personas negras y de color en posiciones de poder dentro de la nobleza georgiana —Adjoa Andoh como Lady Danbury, Golda Rosheuvel como la Reina Charlotte, el propio Regé-Jean Page como el duque más codiciado de la temporada— no se presenta como la ficción ucrónica que necesita justificarse mediante una nota explicativa, sino como la lógica de un mundo que el guion construye con la autoridad del que ha decidido que la plausibilidad emocional importa más que la exactitud histórica. Es la misma apuesta que Chris Van Dusen hereda de la filosofía de Rhimes en Scandal o en How to Get Away with Murder, que es la de una televisión que usa el género como vehículo para el tipo de narración que el molde original del género nunca habría permitido. Las versiones orquestales de canciones de Ariana Grande o Taylor Swift que suenan en los salones de baile no son un truco decorativo sino un posicionamiento: esta es una serie que no quiere que el espectador se olvide en ningún momento de que está viendo una construcción deliberada, y que la distancia entre el escenario de 1813 y la audiencia de 2020 es parte del placer.

La producción de los ocho episodios —filmados en Wilton House, la ciudad de Bath, Hampton Court y varias localizaciones del campo inglés— tiene el tipo de densidad visual que en otra serie se usaría para reivindicar una autenticidad que Bridgerton no está buscando: los vestidos, los salones, las escalinatas y los jardines funcionan como la promesa de un espacio donde la fantasía puede ocurrir a plena luz del día y con presupuesto suficiente para que los detalles estén donde tienen que estar. La suma de esas decisiones produce algo que la serie de época convencional raramente consigue: una sensación de urgencia emocional que no depende de que el espectador crea que está viendo el pasado, sino de que quiera quedarse a ver qué le ocurre a los personajes ahora mismo.

Regé-Jean Page, Phoebe Dynevor y el problema que el contrato matrimonial no resolvió
Los primeros cuatro episodios de la temporada son lo que el género de la romance novel destila a su estado más eficiente: dos personas que se necesitan mutuamente por razones distintas y que descubren que lo que empezó como cálculo tiene consecuencias que el cálculo no contemplaba. La química entre Regé-Jean Page y Phoebe Dynevor funciona porque los dos actores trabajan desde ángulos opuestos del mismo problema —ella desde la ingenuidad que la educación de la época le impone, él desde la autoprotección que la historia con su padre le exige—, y la fricción entre esas dos posiciones genera la tensión que mantiene la primera mitad sin que la narración necesite recurrir a la aceleración artificial. Page maneja el registro del galán que oculta algo con la economía del actor que sabe que la contención es más interesante que la exposición, y hay momentos en los primeros episodios en los que la cámara solo necesita su cara para que el espectador entienda lo que el personaje no está diciendo.

El problema llega cuando el contrato matrimonial sustituye al cortejo y el guion tiene que gestionar lo que la novela de Julia Quinn planteaba en torno al conflicto central entre Daphne y Simon: él ha jurado no tener herederos para negarle a su padre lo que este le exigió en vida; ella descubre la mentira y lo que hace con esa información es el punto donde la temporada genera su mayor incomodidad narrativa. Van Dusen intenta resolver la escena y el arco con la lógica del drama de consecuencias, pero el material resiste ese tratamiento porque la fricción moral que produce no desaparece cuando la estructura dramática decide que ya es hora de que los personajes se reconcilien. Dynevor sostiene el arco con más materia emocional de la que el guion le da, y el último bloque de episodios pierde parte de la tensión que había construido porque el conflicto se resuelve antes de que se haya agotado lo que tenía que decir.

Lady Whistledown, el elenco de reparto y lo que la estructura de la temporada esconde hasta el final
El descubrimiento de la identidad de Lady Whistledown es el dispositivo narrativo que la primera temporada construye como su gran revelación final, y funciona con la precisión de un guion que ha sembrado pistas suficientes como para que la respuesta sea tanto inevitable como sorprendente: Nicola Coughlan como Penelope Featherington ha estado todo el tiempo en la misma habitación, y la economía con la que el guion gestiona su doble función —la observadora marginal, la narradora oculta— convierte la escena final en una relectura retroactiva de todo lo que ha ocurrido antes. Coughlan es el activo más subestimado del reparto principal: construye a Penelope con la inteligencia de quien sabe que el personaje tiene que ser invisible para dos audiencias al mismo tiempo —los personajes que la rodean y el espectador que la mira—, y cuando la temporada decide revelar lo que esconde, lo hace con una imagen estática que vale más que cualquier monólogo explicativo.

El elenco de reparto construye el mundo que sostiene a los dos protagonistas con una densidad que la temporada no siempre tiene tiempo de desarrollar pero que está siempre presente: Adjoa Andoh como Lady Danbury es la figura que maneja los hilos con más autoridad que ninguna otra en la ficción, y cada escena en la que aparece recuerda que el universo de Bridgerton tiene más capas de las que la historia central puede atender. Jonathan Bailey como Anthony Bridgerton lleva ocho episodios cargando un arco secundario —la opera singer, el sentido del deber, el peso de ser el hermano mayor— que existe principalmente como preparación para la temporada siguiente, y lo hace con la dignidad del actor que sabe que su momento no es este. Claudia Jessie como Eloise es la conciencia crítica de la serie, la voz que señala lo que nadie más nombra, y que el guion la use como detective amateur en la búsqueda de Whistledown es la forma en que la temporada admite que tiene más inteligencia de la que su trama principal siempre se permite mostrar.





