Las 7 mejores producciones de Nicole Kidman: cuarenta años sin miedo

Hay actrices que construyen una carrera y hay actrices que construyen un mapa. Nicole Kidman lleva cuarenta años trazando rutas que ningún agente sensato le habría recomendado: la co-producción de terror en español de un director que venía de hacer thriller de suspense, la película de Kubrick en la que apenas hay diálogos, la serie de televisión cuando hacerla era admitir que el cine de estudio ya no era lo que había sido, el thriller erótico que estrenó en Venecia con sesenta años y se marchó con el Volpi Cup en la maleta. El estreno de Practical Magic 2 la devuelve como Gillian Owens por primera vez en veintiocho años, que es la clase de regreso que solo tiene sentido cuando el original fue suficientemente bueno como para merecer una segunda visita. Lo que esta lista intenta demostrar es que la pregunta sobre cuál es el mejor trabajo de Kidman no tiene respuesta sencilla no porque todos sean iguales, sino porque hay demasiados candidatos improbables. Siete de ellos, en orden descendente.

7. Todo por un sueño (Gus Van Sant, 1995)

La película que demostró que Nicole Kidman podía ser la cosa más peligrosa que existe en el cine de comedia: alguien que no sabe que está siendo gracioso. Su Suzanne Stone Maretto, una presentadora del tiempo en un canal local que decide contratar a un adolescente para matar a su marido porque el marido interfiere con su plan de llegar a ser famosa, es un monumento a la vacuidad como ideología. Kidman la construye desde dentro, sin subrayados ni guiños al espectador: Suzanne cree en todo lo que dice, entiende el asesinato como un paso lógico en su carrera, y esa convicción es exactamente lo que hace que la comedia tenga filo de verdad. La película de Gus Van Sant, basada en la novela de Joyce Maynard, es una sátira de los medios de comunicación y de la cultura de la celebridad que en 1995 parecía exagerada y que treinta años después parece un documental. El Globo de Oro que Kidman ganó por ella lo recogió como lo que era: el premio a una actuación que la industria había tardado más de lo razonable en tomar en serio.

6. Birth (Jonathan Glazer, 2004)

La película más divisiva de su filmografía es también la que mejor define su disposición a ir a sitios incómodos sin red de seguridad. Kidman interpreta a Anna, una viuda neoyorquina que lleva diez años intentando reponerse de la muerte de su marido y que un día conoce a un niño de diez años que jura ser la reencarnación del difunto. El guion de Jonathan Glazer no resuelve la pregunta que plantea —¿qué pasa si el niño tiene razón?— sino que la sostiene en tensión durante noventa minutos, y Kidman tiene que habitar esa tensión con una vulnerabilidad que en otra actriz habría resultado ridícula. La escena más famosa de la película es un plano cerrado de su cara durante varios minutos mientras escucha una sinfonía en la ópera: la cámara no hace nada, y Kidman lo dice todo. Alexandre Desplat compuso la partitura, Lauren Bacall acompañó en el reparto, y la película fue recibida con incomodidad en el Festival de Venecia. Esa incomodidad, vista con la distancia de dos décadas, es el mejor argumento a su favor.

5. Los Otros (Alejandro Amenábar, 2001)

La única película de esta lista producida en España es también la mayor sorpresa comercial de su carrera: un thriller gótico de bajo presupuesto —diecisiete millones de dólares— que recaudó doscientos nueve millones en todo el mundo y que Alejandro Amenábar rodó en inglés desde Cantabria con Kidman como única concesión al mercado americano. Grace, la madre que protege a sus hijos fotosensibles en una mansión de Jersey mientras espera que su marido regrese de la guerra, es un personaje que funciona porque Kidman lo juega como si la amenaza sobrenatural fuera una amenaza doméstica: la misma rigidez en los hombros, la misma paciencia agotada, el mismo convencimiento de que si se relaja un momento el mundo se vendrá abajo. La película de Amenábar le exige un registro muy distinto al de Moulin Rouge!, que estrenó el mismo año, y el hecho de que sea igualmente convincente en los dos dice todo lo que hay que decir sobre la amplitud de su instrumento. El giro final de Los Otros es uno de los mejores de la historia reciente del cine de género, y Kidman es parte fundamental de la razón por la que funciona.

4. Big Little Lies (Jean-Marc Vallée, 2017)

La serie que confirmó que el mejor drama americano de la segunda mitad de los años diez no estaba en el cine sino en HBO, y que Kidman podía liderar un reparto que incluía a Reese Witherspoon, Shailene Woodley y un Alexander Skarsgård haciendo el trabajo más inquietante de su carrera. Su Celeste Wright, una exabogada casada con un hombre que la maltrata y que el entorno de Monterey confunde con el matrimonio perfecto, es una actuación diseñada para incomodar: Kidman no convierte a Celeste en víctima comprensible sino en algo más difícil de gestionar, que es una persona que entiende exactamente lo que le pasa y que, por razones que el guion se toma en serio, no puede o no quiere salir de ello. Los siete episodios que Jean-Marc Vallée dirigió en la primera temporada son la medida de lo que la televisión puede hacer cuando trata a sus personajes como adultos. El Emmy que Kidman ganó por el papel fue el reconocimiento más tardío de su categoría entre las que esta lista recoge, y el más merecido de todos.

3. Moulin Rouge! (Baz Luhrmann, 2001)

Hay películas que construyen una imagen y hay imágenes que construyen una carrera. La Satine de Baz Luhrmann —la cortesana del Moulin Rouge que canta canciones de los ochenta en el París de 1900 y que muere de tuberculosis en el tercer acto, que es la estructura del melodrama operístico más clásico revestida de plástico fluorescente— es la imagen de Kidman que el público general reconoce antes que ninguna otra, y el hecho de que esa imagen sea tan precisa y tan difícil de sacudir es exactamente el problema que define el resto de su carrera. Moulin Rouge! le exigió cantar, bailar, hacer comedia física, sostener el melodrama más descarado sin que resultara ridículo, y compartir pantalla con un Ewan McGregor que llegaba con toda la energía de quien acaba de hacer Trainspotting. Kidman hizo todo eso y además construyó a Satine como alguien con una lógica propia, una mujer que sabe exactamente lo que cuesta cada cosa que hace y que lo hace de todas formas. La nominación al Oscar que recibió por el papel fue la más visible de su carrera antes de Las Horas. El hecho de que no ganara sigue siendo una de las decisiones más discutibles de la Academia en este siglo.

2. Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999)

La última película de Stanley Kubrick es también la que más ha tardado en ser entendida, y parte del problema es que durante años se la describió como un thriller erótico cuando es exactamente lo contrario: una película sobre la brecha entre lo que los matrimonios se dicen y lo que se piensan, sobre el deseo como territorio de extrañeza irreconciliable con la vida ordinaria. Kidman tiene menos tiempo en pantalla que Tom Cruise, pero es ella quien activa toda la maquinaria narrativa: su Alice Harford, que en una escena de cinco minutos confiesa a su marido fantasías que él nunca había imaginado y cuya honestidad destruye la certeza sobre la que él había construido su identidad, es la actuación más contenida y más devastadora de su carrera hasta ese momento. Kubrick la rodó en varios planos cercanos de una intimidad que la cámara de la época no solía buscar, y Kidman los sostiene sin parpadear. El director murió cuatro días después de que la película fuera aprobada para su distribución y nunca vio cómo el tiempo le daba la razón.

1. Las Horas (Stephen Daldry, 2002)

La mejor actuación de Nicole Kidman es también la que más discusión levantó por las razones equivocadas: la nariz postiza que el departamento de caracterización le añadió para convertirla en Virginia Woolf se convirtió en el centro del debate cuando lo que merecía el centro del debate era lo que Kidman hizo debajo de esa nariz. Su Virginia Woolf no es un retrato biográfico ni un ejercicio académico: es la encarnación de la inteligencia como carga, de la claridad mental como forma de sufrimiento, de la escritora que entiende antes que nadie —antes que su marido, antes que su médico, antes que el espectador— lo que le está pasando y que esa comprensión no cambia nada. Stephen Daldry la rodea de Julianne Moore y Meryl Streep en una estructura en tres tiempos que conecta a las tres mujeres a través de la novela que Woolf está escribiendo, y la música de Philip Glass sostiene el mecanismo con una regularidad que acaba teniendo la misma cualidad hipnótica que la escritura que describe. El Oscar que Kidman ganó por el papel fue una de las pocas veces en que la Academia acertó sin dudarlo demasiado. Es su definición: la actriz que entiende el personaje desde dentro y que luego tiene la habilidad técnica para mostrarlo desde fuera.