Tres mujeres llevan veinte años guardando el mismo secreto: Cómo llegar al cielo desde Belfast

El 12 de febrero de 2026 Netflix estrenó la serie más urgente del año. Lo que en la sinopsis podría leerse como una comedia de misterio —tres mujeres de Belfast viajan al condado de Donegal al enterarse de la muerte de una cuarta amiga de su adolescencia, descubren que hay algo turbio en esa muerte y deciden investigarla por cuenta propia— no tarda en revelar sus verdaderas intenciones: el crimen es el gancho, pero lo que Lisa McGee, creadora de Derry Girls, tenía ganas de escribir era otra cosa. Una historia sobre lo que tres personas deciden enterrar cuando son jóvenes y sobre el precio que pagan, dos décadas después, cuando el suelo en el que lo enterraron empieza a moverse. La serie tiene ocho episodios, dura entre 47 y 56 minutos cada uno, fue rodada en Belfast, Donegal y varios otros escenarios que el argumento va justificando con una lógica que es simultáneamente absurda y perfectamente coherente, y ha sido aclamada con la unanimidad reservada a las series que no solo cumplen lo que prometen sino que lo exceden por el lado que nadie esperaba.

El misterio es la excusa. El pasado, el tema

Cómo llegar al cielo desde Belfast opera en el mismo espacio emocional en que lo hacía Derry Girls: el humor como lengua materna del duelo, la risa como la única respuesta posible ante situaciones que de otro modo serían insostenibles. Pero donde Derry Girls ambientaba ese mecanismo en la adolescencia y en los años finales del conflicto norirlandés, aquí McGee aplica la misma lógica a tres mujeres adultas que regresan a un pasado que nunca cerraron del todo. El velatorio en Donegal es el catalizador, pero lo que la serie desentierra no es solo quién mató a quién: es el secreto que las tres protagonistas compartieron durante sus años de escuela y que las ha definido —o deformado— de maneras que ninguna de ellas ha terminado de procesar. El trasfondo del norte de Irlanda no es decorado en Cómo llegar al cielo desde Belfast sino contexto activo: hay una forma de cargar con el peso colectivo que es específicamente norirlandesa, una manera de enterrar las cosas que tiene que ver con haber crecido en un lugar donde la historia no deja de sangrar por debajo. McGee lo sabe sin necesidad de subrayarlo, y la serie lo trabaja con la inteligencia de quien entiende que las mejores ficciones sobre un lugar son las que no necesitan explicarlo para que el lector que no viene de ahí lo sienta igual.

Tres registros, un idioma

El reparto tiene la virtud de los ensembles que parecen haber sido concebidos como sistema, no como suma de piezas. Sinéad Keenan, como Robyn, es el centro gravitacional de la comedia: una mujer que dispara réplicas obscenas y blasfemas con la cadencia de alguien que ha decidido que el lenguaje es su principal arma defensiva, y que Keenan juega con la energía de quien sabe exactamente cuándo apretar y cuándo soltar. Caoilfhionn Dunne, como Dara, funciona en el polo opuesto: la comicidad silenciosa, la deadpan de quien observa el caos desde un ángulo ligeramente desplazado de la realidad, con una tristeza central que el personaje lleva como algo que hace mucho dejó de parecer un peso y se convirtió en postura. Roisin Gallagher, como Saoirse, trabaja en el espacio que hay entre los dos extremos anteriores: una fachada de competencia profesional que empieza a cuartearse desde el primer episodio y que Gallagher gestiona con la precisión de quien sabe que el personaje más interesante no es el que explota sino el que intenta no explotar. Michelle Fairley como Margo, Ardal O’Hanlon como Seamus y varios actores que los espectadores de Derry Girls reconocerán con afecto —Emmett J. Scanlan, Bronagh Gallagher, Saoirse-Monica Jackson— completan una función de apoyo que no tiene personajes superfluos. Lo que une a todos es el idioma: el diálogo de Lisa McGee, rápido, colorido y apasionado, funciona como el verdadero protagonista de la serie.

Lo que la serie domina y lo que le cuesta dominar

La crítica unánime tiene un matiz que vale la pena nombrar: la sección central de la temporada, cuando la investigación abandona temporalmente Irlanda para trasladarse a Portugal, pierde algo del impulso que los primeros episodios establecen con tanta solidez. No es un fallo grave —el argumento justifica el movimiento y los actores llevan la energía consigo— pero la serie encuentra su mejor versión cuando está en territorio conocido, cuando el paisaje y el acento y los silencios entre las frases tienen el peso específico de un lugar que McGee conoce desde dentro. Lo que la serie no pierde nunca, ni en los episodios más irregulares, es su cualidad más difícil de conseguir: la anarquía productiva. Cómo llegar al cielo desde Belfast es una serie que parece a punto de desmadrarse constantemente y que nunca termina de hacerlo, que acumula giros y tonos y referencias con la confianza de quien sabe que el caos también puede ser una forma de control. La banda sonora de éxitos británicos de los noventa y los dos mil acompaña el viaje con una coherencia sentimental que el argumento no siempre articula pero que la música sí. El mural de Derry Girls que aparece en el episodio final es, en ese contexto, algo más que un guiño a los fans: es Lisa McGee cerrando un paréntesis y abriendo otro.

Cómo llegar al cielo desde Belfast es lo mejor que Netflix ha producido en lo que va de 2026 no porque sea impecable sino porque tiene algo que la perfección técnica no garantiza: la convicción de que tiene algo que decir y la habilidad para decirlo con gracia, con oscuridad y con el humor específico de un lugar que ha aprendido a reírse de sus propias heridas sin dejar de tomarlas en serio. Lisa McGee sabía cómo llegar al cielo desde Belfast antes de empezar a escribir el primer episodio. La serie es el mapa.