Netflix arrancó el pasado 2025 golpeando la mesa con ‘Érase una vez el Oeste’, título con el que la plataforma ha rebautizado (con escaso tino, todo sea dicho) a la mucho más cruda y precisa ‘American Primeval’. Olviden el romanticismo de las caravanas y los atardeceres de postal: estamos ante un western áspero, violento y profundamente desolador. Es una serie que entiende la conquista del territorio no como una gesta, sino como un proceso de demolición humana construido sobre cadáveres, fanatismo y una ambición que no conoce el freno.
Creada por Mark L. Smith —guionista de El renacido— y dirigida con pulso de hierro por Peter Berg, la miniserie nos arroja al Utah de 1857. Es un ecosistema al límite donde el ejército de EE. UU., las milicias mormonas y las naciones nativas colisionan en un vacío legal absoluto. El contexto es real y sucio: la serie orbita sobre la masacre de Mountain Meadows, uno de los episodios más oscuros y menos «hollywoodienses» de la historia americana.
Un Oeste sin héroes ni brújula moral
El gran triunfo de la serie es su renuncia explícita a la figura del héroe. Aquí no hay all-american heroes salvando el día; solo personas empujadas al barro haciendo lo indecible por ver amanecer un día más. La narrativa se despliega como un tapiz asfixiante de historias cruzadas: una madre y su hijo, el guía que intenta ponerles a salvo, la superviviente de una masacre, el marido que la busca entre los despojos… Un puñado de personajes rotos en busca del sueño americano… cuando el continente ni siquiera era conocido como tal.
La violencia como lenguaje (y como advertencia)
En American Primeval, la violencia no es un adorno: es el idioma nativo. Peter Berg no estiliza el horror; lo filma con una crudeza que, por momentos, bordea lo insoportable. Pero no es gratuita. Funciona como un posicionamiento ideológico: la expansión hacia el Oeste fue una carnicería legitimada por el dinero y la fe. El retrato de las milicias mormonas, operando casi como una organización mafiosa bajo el mando de un Brigham Young (Kim Coates) convertido en villano de manual, es tan contundente como polémico.
Técnicamente, la serie es irreprochable. Los paisajes de Nuevo México no son un decorado, sino una fuerza opresora que aplasta a los personajes bajo una cámara nerviosa y un montaje seco que bebe directamente del estilo de Iñárritu.
¿El «home run» definitivo de Netflix?
No del todo. El guion de Smith peca de ambicioso y, en su sprint final, algunas subtramas se quedan a medio gas, resolviéndose con una precipitación que empaña el conjunto. Hay personajes secundarios que prometen una profundidad que nunca llega a cristalizar, y la acumulación de tragedias puede generar, por pura saturación, una cierta fatiga emocional en el espectador.
Aun así, es una serie necesaria. No busca finales felices ni redenciones fáciles. Es un espejo sucio y sangriento que desmonta el mito fundacional de una nación. ‘American Primeval’ no te invita a suscribirte a Netflix, pero justifica que sigas ahí cuando la plataforma se atreve con relatos tan adultos, arriesgados y poco complacientes.




