Un thriller de humor negro que se ahoga en su propia ambición burguesa: ‘Jugada maestra’
Hollywood lleva unos años obsesionado con una premisa tan jugosa como reiterativa: empuñar el cuchillo de la comedia negra para, literalmente, «comerse a los ricos». Sin embargo, el director y guionista John Patton Ford —que sorprendió con el pulso seco y obrero de Emily la criminal— se ha propuesto un reto mayúsculo en su segundo largometraje, ‘Jugada maestra’ (How to Make a Killing): actualizar el cinismo aristocrático del clásico británico de 1949 Ocho sentencias de muerte (Kind Hearts and Coronets) y trasladarlo al Nueva York corporativo y despiadado de nuestros días. La propuesta prometía ser un cóctel explosivo de sátira social y brutalidad elegante, apoyado en el innegable magnetismo de la estrella del momento, Glen Powell. Tristemente, el plato se queda a medio cocinar. Lo que sobre el papel era una deslumbrante caza de millonarios muta en un ejercicio de estilo tan vistoso como inofensivo, un juego del gato y el ratón donde la comedia huye del riesgo para conformarse con ser un pasatiempo liviano que no se atreve a dar el salto al vacío.

Un psicópata de peluche en trajes de marca
La trama utiliza un recurso clásico para estructurar su relato: Becket Redfellow (un Powell cómodo pero superficial) nos confiesa sus pecados desde el corredor de la muerte a escasas horas de su ejecución. Bastardo desterrado de una de las dinastías más obscenamente ricas de la costa este por culpa de un abuelo implacable y tiránico (Ed Harris), Becket malvive en un empleo sin futuro hasta que un reencuentro con su amor de la infancia, la magnética y amoral Julia (Margaret Qualley), enciende la mecha de la codicia. Al descubrir que es el octavo en la línea de sucesión para heredar la fortuna familiar, decide reclamar lo que considera suyo por derecho de sangre: liquidar uno a uno a sus insoportables primos.

El desfile de las víctimas caricaturescas
La película abraza entonces una estructura marcadamente episódica, donde cada asesinato se convierte en un microcapítulo de humor negro. Los familiares desfilan por la pantalla como meras caricaturas de la peor fauna de la alta sociedad: desde un insoportable bróker de Wall Street hasta un pedante fotógrafo que firma sus obras como «el Basquiat blanco» (Zach Woods), pasando por un telepredicador hiperbronceado amigo de El Chapo (Topher Grace). Aunque verlos caer resulta moderadamente divertido gracias a un montaje espídico que quema neumático sin mirar atrás, las muertes carecen por completo de impacto real o crueldad genuina. Son ciphers diseñados para el chiste rápido, despojando al espectador del placer catártico que sí ofrecían propuestas recientes como El menú o Puñales por la espalda.

El viaje visual desde Sudáfrica y el magnetismo de las piernas largas
En su apartado formal, la producción despliega una factura impecable, aunque tramposa: ese Nueva York saturado y chiclero se filmó en realidad en Ciudad del Cabo, dotando a los encuadres de un aire extrañamente artificial que encaja, casi sin querer, con el tono de fábula yuppie. Dentro de un reparto coral desaprovechado, donde el gran Bill Camp aporta la única nota de trágica humanidad como el único tío bondadoso al que Becket no quiere matar, es Margaret Qualley la que se adueña de la función. Cada vez que su personaje entra en escena, estirando sus piernas como armas de destrucción masiva y derrochando un aura de femme fatale clásica, la película se revoluciona, evidenciando que pertenecía a un noir mucho más perverso y maduro que este.
La cinta acierta en mantener al espectador pegado a la butaca gracias a su ritmo de montaña rusa y a un divertidísimo running gag visual alrededor de los entierros familiares. Sin embargo, el guion comete el error de ablandar a su protagonista para que no perdamos la empatía con el actor de moda. Becket asesina sin pestañear pero la narrativa nos exige quererlo porque «los otros son peores», convirtiendo al personaje en una suerte de Patrick Bateman descafeinado, un muñeco de peluche que teme mancharse el traje Brioni con verdadera sangre.

Veredicto: Un pasatiempo encantador pero cobarde
‘Jugada maestra’ es una película que divierte de una sola sentada pero que carece por completo de la valentía de sus convicciones. John Patton Ford ha limado las aristas de su cine para ofrecer una versión de «confort» de la comedia criminal, quedándose a años luz de la acidez implacable de la coreana No hay otra opción de Park Chan-wook. Coronada por un tramo final que desafía cualquier tipo de lógica forense o interna, la producción se saborea como un caramelo de envoltorio brillante pero de sabor efímero. Es un buen entretenimiento para el fin de semana, una sátira deslavazada que se conforma con arañar la superficie del poder en lugar de clavar el colmillo. Encantadora, sí, pero perfectamente olvidable.





