Hay directores que necesitan 300 millones de dólares para sentirse vivos y otros que, como Sam Raimi, solo necesitan un jefe imbécil, una empleada al borde del colapso y una isla desierta para recordarnos por qué le entregamos nuestro corazón (y nuestras pesadillas) en los años 80. Send Help no es un grito de socorro; es un «aquí te pillo y aquí te mato» rodado con la mala leche de quien ya no tiene nada que demostrar a Marvel, pero sí mucho que vengar contra el nepotismo corporativo.
La premisa huele a Seis días y siete noches pasada por el filtro de Misery: un accidente de avión deja varados a Bradley Preston (Dylan O’Brien), un CEO que es el equivalente humano a un mensaje de LinkedIn sobre «emprendimiento», y a Linda Liddle (Rachel McAdams), la empleada que lleva una década haciendo su trabajo mientras él juega al golf.

La «Shaky Cam» contra el techo de cristal
Lo mejor de Send Help no es su guion (obra de los responsables de Freddy contra Jason, que aquí cambian el machete por el sarcasmo), sino la alegría con la que Raimi recupera sus juguetes. Tenemos la cámara frenética a ras de suelo, tenemos fluidos corporales de procedencia dudosa y tenemos ese humor negro que te hace sentir culpable por reírte.
- Rachel McAdams está inmensa. Olvidaos de la «chica mona»: su Linda es una mezcla entre MacGyver y Annie Wilkes que se revela como la verdadera depredadora del ecosistema. Su transformación de mosquita muerta a «reina de la isla» es el sueño húmedo de cualquier departamento de Recursos Humanos con ganas de guillotina.
- Dylan O’Brien clava el papel de «niño de papá» que descubre, de la peor forma posible, que sus acciones en bolsa no sirven para cazar jabalíes. Su química con McAdams es un duelo interpretativo donde los roles de víctima y verdugo se difuminan bajo la arena.

¿Un oasis o un espejismo de estudio?
No todo es perfecto en este paraíso bizarro. A ratos, la película se siente como si el Raimi de Posesión infernal estuviera secuestrado por el Raimi que trabaja para 20th Century Studios. Hay momentos de CGI un tanto sonrojante y giros de guion que se ven venir desde el continente, pero la banda sonora de Danny Elfman y el infaltable cameo de Bruce Campbell actúan como el bálsamo necesario.
Send Help es, en esencia, Náufrago si Wilson fuera un misógino y Tom Hanks tuviera ganas de abrirle la cabeza con un coco. No redefine el género, ni falta que le hace. Es una comedia gamberra, viscosa y necesaria que nos recuerda que, a veces, para que un jefe aprenda a ser persona, hace falta estrellar un avión y quitarle el wifi.





