La crisis de mediana edad más sangrienta de Hollywood: Nadie (2021)

Este viernes se estrena Normal, la nueva película de Ben Wheatley con guion de Derek Kolstad y Bob Odenkirk como protagonista. Dos nombres que ya coincidieron en 2021 cuando Kolstad —el mismo cerebro detrás de John Wick— escribió el guion de Nadie, y Odenkirk protagonizó lo que en papel parecía una apuesta arriesgada y en pantalla resultó ser una de las sorpresas de acción más sólidas de la última década. Cuando Kolstad y Odenkirk vuelven a juntarse, es el momento perfecto para repasar la primera vez que lo hicieron.

Nadie arranca con una imagen perfectamente calibrada: Hutch Mansell llega siempre tarde al contenedor de basura. Su mujer apenas le mira. Sus hijos lo observan con esa mezcla de piedad e indiferencia que reservamos a los muebles viejos. Su suegro es su jefe. Todo en la vida de Hutch habla del mismo idioma: el de un hombre que ha perfeccionado el arte de no importarle a nadie. Lo que el vecindario no sabe —y lo que la película tarda exactamente lo justo en revelar— es que esa invisibilidad no es un accidente. Es una decisión. Hutch Mansell es un antiguo auditor —eufemismo de manual para alguien a quien mandaban cuando ya no quedaban otras opciones y cuya ficha debía desaparecer sin dejar rastro— que un día guardó las herramientas y se construyó una vida corriente. Nadie cuenta qué pasa cuando ese hombre decide, o más bien se ve obligado, a recordar lo que sabe.

El hombre que nadie esperaba en el ring

Que Bob Odenkirk protagonizara una película de acción parecía, en 2021, una apuesta que requería red de seguridad. El actor, conocido hasta entonces por su registro cómico y por darle voz a uno de los abogados más memorables de la televisión reciente, no respondía al perfil del héroe de acción estándar. Y es precisamente ahí donde Nadie gana su primera partida: Odenkirk no interpreta a un superhéroe accidental, sino a un hombre de mediana edad cuya competencia letal descansa bajo años de rutina doméstica. El tipo se entrenó durante dos años para que el cuerpo le acompañara, y se nota. No hay invulnerabilidad aquí: cuando Hutch pelea, duele. Cuando le golpean, acusa el golpe. El casting es un gesto de inteligencia narrativa —ponemos en escena a alguien que parece un perdedor para que la revelación de lo que realmente es tenga peso dramático—. Sin ese desfase entre expectativa y realidad, la película no funciona. Con él, funciona a las mil maravillas.

El John Wick que fue al supermercado

La comparación con John Wick es inevitable —mismo guionista, mismo género, misma lógica de competencia extrema desencadenada por un agravio aparentemente menor— y también, en parte, una trampa. Donde John Wick apostaba por la mitología y la estetización de la violencia, Nadie se ancla en lo mundano. El detonante no es un cachorro: son unos ladrones de poca monta, y sobre todo la pulsera de la pequeña que uno de ellos se lleva. Y lo que echa a rodar la historia no es el dolor —es el ridículo. El hecho de que Hutch dejara entrar a los ladrones sin oponer resistencia. El hecho de que su hijo lo viera. El hecho de que en el vecindario circule el chiste de que el tipo ni lo intentó. Nadie entiende algo que pocas películas de acción se molestan en articular: la violencia como respuesta al bochorno social, como recuperación de una identidad enterrada. Hay más psicoanálisis barato que acción descerebrada en este guion, y eso es un cumplido.

El puente entre lo doméstico y lo explosivo es la escena del autobús, la secuencia que define la película y que, vista hoy, sigue siendo un modelo de cómo construir tensión en un espacio cerrado. Hutch sube a ese autobús sin plan, con la noche encima y la rabia de años acumulada, y cuando unos matones empiezan a molestar a una chica, algo se activa. Lo que viene después está coreografiado con una precisión que hace que los golpes tengan peso, que el espacio se lea con claridad y que el dolor coexista con una comicidad negra que convierte la secuencia en algo igual de graciosa que brutal. Es el tipo de escena que uno recuerda cuando alguien le pregunta de qué iba esa película.

Noventa y dos minutos de economía letal

Nadie no es una película que llegue a las salas a resolver problemas filosóficos. Es una máquina de entretenimiento bien engrasada que sabe exactamente qué es y no intenta ser otra cosa. El director Ilya Naishuller —que ya demostró con Hardcore Henry que dominaba los códigos de la acción llevada al límite— aplica aquí una sobriedad estilística que sirve bien al material: no hay artificios de cámara gratuitos, los escenarios se leen con claridad, y el montaje respeta la acción en lugar de mutilarla. El resultado es una película de noventa y dos minutos que no desperdicia ninguno, con un tercer acto que convierte la fábrica familiar de Hutch en un campo de batalla de proporciones grotescas y reserva a Christopher Lloyd —el padre del protagonista, un anciano de residencia con un pasado igualmente opaco— para el tipo de aparición estelar que provoca aplausos espontáneos en la sala. La banda sonora, construida sobre clásicos del pop y el soul, hace el trabajo sucio de instalar al espectador en el humor correcto: esto no va de tragedia, va de catarsis con canciones bonitas.

¿Cambia Nadie el cine de acción? No. ¿Hace que salgas de la sala con exactamente la energía que necesitabas? Con creces. La distinción importa. Hay películas que aspiran a la trascendencia y se quedan a medias, y hay películas que saben cuál es su techo y lo explotan hasta la última baldosa. Nadie pertenece con toda la honestidad del mundo a la segunda categoría, y en ese terreno es difícil ponerle una objeción seria. Este viernes, cuando Normal confirme o refute si Kolstad y Odenkirk siguen siendo tan buena combinación, ya tendremos el punto de comparación. Y si la respuesta es que sí, va a ser una buena semana.