Cuando el secundario se queda sin red: Minions (2015)

Hay algo en el equilibrio del universo cinematográfico que advierte, desde siempre, que los mejores secundarios lo son precisamente porque saben cuándo callarse. Los minions —esas criaturas amarillas, capsulares, gobernadas por un vocabulario que es parte italiano macarrónico y parte ruido de fontanería— funcionaban como un chiste de ritmo perfecto dentro de las dos primeras películas de Gru, mi villano favorito: aparecían, hacían el ridículo, desaparecían. El encanto era ese. El problema llegó en 2015, cuando Universal e Illumination decidieron que ese chiste podía aguantar noventa minutos seguido. Spoiler: casi.

La filosofía de la criatura que sólo existe para obedecer

Minions arranca con una premisa que, sobre el papel, tiene su gracia: estos seres han existido desde el amanecer de los tiempos, siempre a la sombra de algún maestro malvado, eternamente leales, eternamente incompetentes. El prólogo prehistórico es la mejor secuencia del film —un desfile de catástrofes encadenadas con una economía narrativa y un ritmo visual que prometen más de lo que luego la película cumple— y cuando la historia se instala en 1968 y presenta a Kevin, Stuart y Bob como los elegidos para salvar a su especie de la depresión existencial, el film roza por un instante algo genuinamente interesante: la filosofía de la criatura que sólo existe para servir. Que sólo es si obedece. Hay algo patético, en el buen sentido, en ese planteamiento.

Algo que Minions decide no explorar en cuanto llega al Londres de postal y elige el camino de la distracción constante. La ambientación sixties es, visualmente, un acierto —la paleta de color, los escenarios, los guiños a una época que el cine de animación rara vez transita— y la banda sonora, repleta de clásicos del rock, hace buena parte del trabajo emocional. Pero los sesenta son aquí, sobre todo, un disfraz. Un catálogo de iconografía sin compromiso real: una postal, no una ventana.

La villana que se merecía otra película

Si hay algo que salva a Minions de la mediocridad absoluta es Scarlett Overkill, la supervillana a quien los tres minions deciden servir. Diseñada con una elegancia retrofuturista y dotada de la voz de Sandra Bullock, Scarlett es el personaje más interesante de la función: ambiciosa, calculadora, con un historial de autosuperación que la película insinúa pero nunca desarrolla. Junto a su marido Herb —Jon Hamm en modo absurdo total, lo cual es un halago—, forma un dúo que tiene más química que el trío protagonista.

El problema es que los minions, al convertirse en centro de la trama, la parasitan. No pueden crecer, no pueden fallar de manera que importe, no pueden cambiar, porque son iconos vaciados de psicología. Y así Scarlett Overkill, que podría haber sido una villana memorable, acaba siendo decorado. Una gran actuación de voz al servicio de un guión que no sabe qué hacer con ella.

La guarnición convertida en plato principal

El humor de los minions es slapstick puro: caídas, confusiones lingüísticas, incompetencia llevada al límite. En dosis de diez minutos, dentro de un relato que tiene otro centro dramático, funciona a las mil maravillas. En noventa minutos de protagonismo absoluto, empieza a revelar sus costuras. El chiste es siempre el mismo, y la tercera o cuarta variación ya no sorprende. Hay además una narración en off que se encarga de explicar al espectador lo que ya está viendo, como si la película desconfiara de su propio público —el síntoma más claro de una producción que no sabe muy bien a quién le está hablando.

Minions es la película que inevitablemente tenía que existir y que recaudó más de mil millones de dólares demostrando que el público es más fiel que exigente. Cumple exactamente con lo que promete y nada más. Sin Gru, sin la dinámica que construyó las entregas anteriores, los minions son divertidos pero están incompletos. Si llevas a un niño de seis años, pasará un rato estupendo. Si eres adulto y esperabas algo más que el greatest hits de unos personajes que siempre fueron mejor como bonus track, saldrás con una sonrisa puesta y la ligera sensación de que te han cobrado entrada por ver los extras de otro DVD.