Precios de avión, pantalla de cine: Cinesa ensaya el cobro por ubicación de butaca en sus complejos
Cinesa ha puesto en marcha una prueba piloto en tres de sus complejos —Nassica en Getafe, Salera en Castellón y Parque Principado en Paredes, Asturias— consistente en aplicar tarifas variables según el asiento elegido. El sistema funciona como el de cualquier aerolínea de bajo coste: al comprar la entrada por web o app, el espectador accede a un mapa de la sala donde cada butaca tiene un precio asignado según su ubicación. En Nassica, el abanico va desde los 8,90 euros de la opción Classic hasta los 13,10 euros de la butaca VIP en primera línea de privilegio. La cadena lo presenta como una medida de flexibilidad y personalización. Lo que en realidad es, dicho sin eufemismos, la última señal de que el sector cinematográfico español lleva años buscando sin demasiado éxito la fórmula para que volver al cine siga teniendo sentido económico.
Los números son elocuentes y nada halagüeños. En 2019, año de referencia pre-pandemia, las salas españolas rozaban los 100 millones de espectadores. En 2024, la cifra cayó hasta los 72,9 millones, con un descenso adicional del 8% en 2025 que confirma que la recuperación post-covid no ha llegado, o al menos no en los términos que la industria necesitaba. Ante ese panorama, cada cadena ha ideado su propia terapia de choque. Yelmo Cines optó por la más polémica: prohibir la entrada de comida y bebida del exterior para forzar el consumo en su propia cafetería. La medida terminó en multa —30.000 euros— y en un escándalo de redes que le costó más en imagen de lo que ganó en palomitas. El detalle más revelador del caso Yelmo es que la cadena calculó que le compensaba asumir la sanción antes que permitir que alguien entrara con un bocadillo de casa. Cuando un negocio llega a ese punto de cálculo, la situación es más grave de lo que cualquier nota de prensa quiere admitir.
Lo de Cinesa no es una mala idea en sí misma —el cine lleva décadas siendo uno de los pocos espectáculos donde la ubicación no tenía precio diferenciado, algo que siempre fue una anomalía más que una virtud— pero aplicarla como parche en un momento en que el espectador ya está sopesando si merece la pena pagar entrada, aparcamiento, palomitas y canguro para ver algo que en ocho semanas estará en plataformas es, como mínimo, un movimiento arriesgado. El problema del cine español no es que las butacas del fondo sean igual de caras que las del centro. El problema es convencer a alguien de que salir de casa sigue siendo mejor opción que el sofá. Eso no lo resuelve ningún mapa de asientos.





