Sin billete de vuelta: ‘The Mandalorian and Grogu’ se ahoga en su propia intrascendencia galáctica
El idilio de Lucasfilm con la pequeña pantalla a través de Disney+ funcionó durante un tiempo como el bálsamo perfecto para lamerse las heridas tras el caótico cierre de la saga Skywalker en 2019. Al empequeñecer la escala, abrazar el espíritu del westerm nómada y presentar al mundo a un adorable lacayo de la Fuerza, Jon Favreau encontró la cuadratura del círculo. Sin embargo, el salto de la televisión al cine suele exigir un peaje dorado: una escala visual deslumbrante y unos desafíos temáticos que justifiquen el precio de la entrada en salas comerciales e IMAX. Tristemente, The Mandalorian and Grogu —el largometraje que rompe siete años de sequía cinematográfica para la franquicia— naufraga en su intento de camuflar lo que, a todas luces, no es más que una amalgama de dos o tres episodios de televisión inflados a golpe de talonario, conformándose con ser un pasatiempo liviano que se niega por completo a avanzar hacia terrenos inexplorados.

Un recadero intergaláctico en el laberinto de los Hutt
La trama se sitúa inmediatamente después de los acontecimientos de la tercera temporada de la serie de televisión y la primera entrega de Ahsoka, aunque el guion se encarga de que nada de eso importe demasiado mediante una perezosa tarjeta de texto estática que sustituye al clásico texto de apertura inclinado. Nos encontramos con un Din Djarin (cuya voz de neutralidad ominosa es cortesía de un descuidado Pedro Pascal, mientras que el portentoso trabajo físico recae de nuevo en los especialistas Brendan Wayne y Lateef Crowder) operando como contratista encubierto para la incipiente Nueva República. Su nueva misión, asignada por la estricta coronel Ward (Sigourney Weaver), lo obligará a viajar al peligroso submundo criminal para rescatar a Rotta el Hutt, el hijo del mismísimo Jabba. A cambio de devolver al pequeño heredero a su estirpe, Mando recibirá información vital sobre un escurridizo criminal imperial: el Comandante Coyne.

Un cruce entre ‘Blade Runner’ y un poema visual mudo
La estructura del filme se divide de forma muy evidente en bloques tonales que delatan sus costuras televisivas:
- El bloque urbano de Shakari: El primer tramo traslada a la pareja protagonista a un entorno nocturno y de estética cyberpunk fuertemente deudora de Blade Runner 2049. Es en este submundo de capitalismo de neón donde Mando localiza a Rotta (con la voz de un desaprovechado Jeremy Allen White), quien inexplicablemente ha sido reconvertido de la masa gelatinosa de las series animadas a un musculoso y rudo gladiador atrapado en los fosos de combate urbanos.
- El oasis mudo en el pantano: Tras huir de las facciones criminales, la película se repliega en un frondoso planeta pantanoso deudor de Dagobah. Es aquí donde Favreau se atreve con el experimento más interesante y divisivo del metraje: transformar la cinta durante casi veinte minutos en una suerte de poema visual mudo donde un Grogu animatrónico debe interactuar en solitario con la naturaleza y la tecnología de droids separatistas abandonados. Una decisión valiente que regala la fotografía más orgánica de David Klein, pero que detiene el ritmo de la película en seco.

El «contenido» digital frente al alma de la vieja escuela
En el apartado formal, la producción despliega un diseño técnico impecable pero tramposo. Aunque se agradece la inclusión de efectos tradicionales —como las criaturas de stop-motion coordinadas por el legendario Phil Tippett o un animatrónico gigante para el monstruo Dragonsnake—, las grandes secuencias de acción espacial acaban devoradas por una saturación digital plana. Cuando la narrativa exige un clímax bélico de altura, el director Jon Favreau abusa del CGI hasta convertir la pantalla en un pastiche digital borroso que recuerda a los peores compases de la Batalla de Geonosis de Attack of the Clones.
A nivel musical, es Ludwig Göransson quien vuelve a alzarse como el verdadero héroe de la función; su partitura se desmarca de los metales tradicionales de John Williams para insuflar a los bajos fondos de la galaxia un hipnótico y oscuro ritmo tecno que dota a las escenas de una vibración modernísima y estimulante.

Una cabalgada comercial nostálgica e inofensiva
The Mandalorian and Grogu es una película que funcionará a la perfección para los espectadores más jóvenes y los entusiastas de las atracciones de parques temáticos, pero que carece por completo de la valentía y el calado mitológico que exige el cine de Star Wars. El libreto se muestra incapaz de resistir la tentación de conectar cada rincón de la galaxia con las dinastías del pasado, sacrificando la frescura de los «perdedores que salvan la galaxia» en favor de guiños vacíos de fan service corporativo. Coronada por un tramo final que desafía cualquier lógica de evolución de personajes, la producción se saborea como un plato recalentado de la pequeña pantalla con un recargo de entrada de cine. Entretenida de ver por sus dosis de acción ligera y la innegable ternura de su marioneta estrella, sí, pero perfectamente intrascendente para el destino de la galaxia.





