Disparos en el parqué: ‘Jack Ryan: Ghost War’ tropieza al transformarle en un clon de Jason Bourne
El salto de la pequeña a la gran pantalla suele ser el sueño dorado de cualquier producción televisiva de éxito, una suerte de graduación donde un mayor presupuesto y el misticismo del formato largometraje prometen elevar la experiencia a un nuevo nivel. Se tiende a pensar que más dinero y menos minutos equivalen a un espectáculo más de acción estimulante. Por desgracia, Jack Ryan: Ghost War (producida por Paramount y distribuida en salas e IMAX por Amazon MGM Studios) dinamita esta teoría al presentarse como un largometraje de 105 minutos que, lejos de expandir el universo de la aclamada serie de Prime Video, se conforma con operar como un capítulo alargado, plano y dolorosamente deudor de las estructuras televisivas más perezosas. El director Andrew Bernstein y el propio John Krasinski —quien asume aquí por primera vez los galones de co-guionista además de protagonista— han facturado una propuesta que dilapida la agudeza geopolítica de las novelas de Tom Clancy para abrazar los tópicos más genéricos del cine de mamporros.

El regreso del analista y los fantasmas de la post-9/11
La trama nos reencuentra con un Jack Ryan alejado del espionaje activo y refugiado en la ostentosa placidez de un fondo de inversión de Wall Street, una tregua civil que salta por los aires cuando su antiguo mentor y actual director adjunto de la CIA, James Greer (Wendell Pierce), le pide un sutil favor logístico durante un viaje de negocios a Dubái. Lo que debía ser un simple intercambio de un paquete de cigarrillos con un viejo espía británico se tuerce de forma sangrienta, obligando a Ryan y a su carismático socio Mike November (Michael Kelly) a aliarse a la fuerza con Emma Marlow (Sienna Miller), una implacable y fumadora empedernida agente del MI6. Juntos deberán seguir la pista de Liam Crown (Max Beesley), un antiguo militar renegado y resentido que lidera una facción encubierta llamada Project Starling, cuyo confuso y anacrónico objetivo es reactivar células terroristas y replicar atentados frustrados de hace veinte años, arrastrando la narrativa hacia una nostalgia tardía de la Guerra contra el Terror que encaja bastante mal con las realidades políticas de este 2026.

De estratega cerebral a máquina de matar descafeinada
El gran pecado de este filme no radica en la solvencia de sus escenas de acción —que regalan una persecución automovilística bastante digna por el centro de Londres y un tiroteo vertical en un rascacielos en construcción en los Emiratos Árabes—, sino en la alarmante pérdida de identidad de su protagonista. Al condensar la densidad de un libro de ochocientas páginas en una hora y media de metraje, el guion sacrifica por completo la faceta analítica e intelectual que hacía único a Jack Ryan para convertirlo en un superagente indestructible capaz de aniquilar pelotones enteros a ráfagas de fusil automático. Krasinski, que firma aquí unas líneas de diálogo plagadas de chistes fallidos sobre la etiqueta de los pinganillos que rozan el sonrojo, compone a un héroe un tanto engreído y desdibujado. Solo la imponente y dramática presencia de Wendell Pierce, que inyecta una honestidad brutal a las crisis de conciencia de Greer sobre las cloacas del Estado, logra elevar un producto devorado por el product placement descarado y una iluminación plana de plató televisivo.

Veredicto: Un producto plano y de mentalidad chintzy
Jack Ryan: Ghost War es una película que puede llegar a entretener a los fanáticos más acérrimos de la franquicia pero que carece por completo de la valentía y la escala que exigía su salto al cine. Andrew Bernstein ha limado las aristas de la geopolítica moderna para ofrecer una versión de «confort» del thriller de espionaje, quedándose a años luz de la acidez y la profundidad psicológica de clásicos como Clear and Present Danger o la madurez de ficciones como The Americans. Coronada por un tramo final que se ahoga en tiroteos vacíos y un diseño de producción sorprendentemente barato, la producción se saborea como un caramelo de envoltorio brillante pero de sabor efímero. Es un pasatiempo aceptable para los papás aficionados a las novelas de aeropuerto, una aventura deslavazada que se conforma con imitar a Jason Bourne en lugar de clavar el colmillo intelectual de Tom Clancy. Entretenida a ratos, sí, pero perfectamente olvidable.





