Steve Carell y el arte de la incomodidad necesaria: Crítica de ‘Rooster’
Es difícil no ver en ‘Rooster’ el cierre de una trilogía espiritual sobre la redención del hombre blanco de mediana edad que Bill Lawrence inició con la bondad de ‘Ted Lasso’ y continuó con el duelo de ‘Shrinking’. Sin embargo, esta nueva apuesta de HBO se siente más ácida, más pegada a la realidad y, sobre todo, más dependiente de la inmensa capacidad de Steve Carell para navegar por las aguas pantanosas de la vergüenza ajena. Carell no solo interpreta a Greg Russo; habita a ese autor de best-sellers de aeropuerto que, en su intento por reconectar con su hija Katie, acaba convirtiendo un campus universitario en su propio campo de batalla personal contra la irrelevancia. Es un papel que le permite jugar con su pasado en ‘The Office’, pero dotándolo de una pátina de cansancio y vulnerabilidad que solo un actor en su madurez puede proyectar con tal maestría.

El conflicto generacional como espejo roto
El corazón de la serie no reside en sus chistes sobre la cultura de la cancelación o en los inevitables tropiezos de un «boomer» en un entorno académico moderno, sino en la relación eléctrica y a menudo dolorosa entre Greg y su hija. Charly Clive es el descubrimiento necesario para que la serie no se convierta en un monólogo de Carell; su interpretación de una profesora de historia del arte que intenta sanar su propio divorcio mientras lidia con el huracán emocional de su padre es el ancla que mantiene la serie pegada al suelo. El dinamismo entre ambos, que oscila entre el apoyo incondicional y el deseo de desaparición mutua, se siente orgánico y evita los tropos más manidos del género familiar para explorar algo más crudo: cómo proteger a alguien que ya es adulto y que, por encima de todo, no quiere ser protegido.

Una sinfonía de secundarios en clave de humor seco
Lo que eleva a ‘Rooster’ por encima de la media de las comedias de situación actuales es su reparto secundario, donde Danielle Deadwyler brilla con una sofisticación cómica que no habíamos visto hasta ahora. Su papel como la profesora de poesía Dylan es el contrapunto perfecto a la energía errática de Greg, ofreciendo momentos de una incomodidad tan genuina que resultan casi físicos para el espectador. Por otro lado, John C. McGinley recupera su faceta más histriónica para regalarnos a un rector universitario obsesionado con su físico y propenso al exhibicionismo institucional. Es un personaje que roza la caricatura, pero que bajo la batuta de Lawrence funciona como el alivio cómico perfecto para rebajar la tensión de los momentos más dramáticos del guion.

Veredicto de una primera temporada agridulce
‘Rooster’ ha cerrado su primera temporada confirmando que hay hambre de historias que respeten la inteligencia del espectador sin renunciar al humor físico o al corazón. Aunque a veces la serie parece luchar por encontrar su centro de gravedad entre el satírico campus de Ludlow y el drama íntimo de los Russo, la dirección de Lawrence y Tarses logra que el conjunto sea fluido y, sobre todo, adictivo. No es solo una serie sobre un tipo que no sabe deletrear «irascible» en una pizarra frente a sus alumnos; es una reflexión sobre el tiempo perdido, las segundas oportunidades y la necesidad de soltar el mando para dejar que los demás vivan su propia vida, por muy caótica que esta le parezca a un padre que solo sabe escribir finales felices en sus novelas.





