El horror familiar se viste de vendajes y vísceras: ‘La momia de Lee Cronin’

Tras el éxito visceral de Posesión infernal: El despertar, el director irlandés Lee Cronin regresa con una propuesta que Warner Bros. ha insistido en bautizar con el grandilocuente título de ‘Lee Cronin’s The Mummy’. Esta no es la aventura ligera de Brendan Fraser ni el fallido intento de acción de Tom Cruise; es una reinterpretación de terror sobrenatural pura y dura, producida por los titanes del género James Wan y Jason Blum. Ambientada en el presente, la historia sigue a Charlie y Larissa (Jack Reynor y Laia Costa), una pareja que recupera a su hija Katie ocho años después de su desaparición en El Cairo, solo para descubrir que lo que ha vuelto dentro de un sarcófago no es exactamente la niña que perdieron.

Una pesadilla doméstica a fuego lento

A diferencia de la intensidad directa de sus trabajos anteriores, Cronin opta aquí por un in crescendo atmosférico que transforma el reencuentro familiar en una infección de maldad pura. La película se aleja de los clichés del género para abrazar una narrativa más cercana a El Exorcista o La Profecía, donde el verdadero horror no reside en una tumba antigua, sino en la destrucción de la familia a través del amor y la culpa.

Sin embargo, esta ambición se traduce en una duración de 134 minutos que resulta excesiva para una trama tan delgada. El ritmo se resiente especialmente en una subtrama de investigación policial en Egipto, liderada por May Calamawy, que aunque está bien interpretada, termina sintiéndose como una distracción que lastra la tensión en lugar de alimentarla.

Gore creativo y el sello de autor

Donde Cronin no decepciona es en su compromiso con el body horror y la violencia gráfica. La transformación de la joven Katie (Natalie Grace) es un despliegue de efectos escabrosos: piel que se desprende, dientes que crujen de forma insoportable y una fisicidad que recuerda inevitablemente a los «Deadites» de Evil Dead. Destaca especialmente el uso creativo de elementos mundanos —como un escorpión o unas cuerdas vocales desgarradas— para generar una incomodidad genuina que hará palidecer al público más sensible.

Es en estas secuencias donde la película brilla con luz propia, especialmente en el tramo del funeral, un festín de splatter y caos que homenajea sin tapujos al cine de Lucio Fulci y Dario Argento. Es aquí donde Cronin parece disfrutar más, rompiendo los márgenes de lo comercialmente admisible para ofrecer pánico en estado puro.

Luces y sombras bajo el vendaje

A pesar de su potencia visual y de las interpretaciones solventes de Laia Costa y Jack Reynor (quien, pese a cumplir, ofrece un carisma algo limitado para el peso dramático que requiere su rol), la cinta no logra una cohesión total. El guion peca de una falta de definición en las reglas de su propia mitología, dejando preguntas lógicas sin respuesta y confiando demasiado en que el impacto de sus imágenes cubra los huecos narrativos.

‘La momia de Lee Cronin’ es una propuesta divisiva: un placer doloroso para los amantes del gore que busquen una atmósfera malrollera e intensa, pero una experiencia potencialmente frustrante para quienes esperen una historia sólida y equilibrada. Es, en definitiva, una película que prefiere hacerte retorcer de asco que de miedo, consolidando a su director como un artesano del horror físico que todavía tiene pendiente pulir su pulso con el ritmo narrativo.