Thor sangra, paga el alquiler y rompe costillas: Crítica de The Mortal Thor Vol. 1 (1 al 5 USA)

Si pensabas que tras Immortal Thor Al Ewing se iba a quedar sin trucos, prepárate para el aterrizaje forzoso. The Mortal Thor no es solo un relanzamiento; es una bofetada de realismo sucio que despoja al Dios del Trueno de su capa de oro y lo tira en un callejón de Nueva York sin memoria, sin divinidad y con un inglés de guardería.

¿De qué va el arco, en limpio? Olvida Asgard; aquí los dioses son cuentos de hadas que nadie recuerda. Thor es ahora «Sigurd», un inmigrante que busca curro en la construcción para no acabar en la calle. Pero cuando Roxxon intenta reventar una huelga con matones, Sigurd agarra un martillo atado a una cuerda y empieza a repartir justicia callejera. Lo que empieza como un thriller de supervivencia urbana escala cuando descubrimos quién maneja los hilos desde el despacho: Donald Blake, el antiguo alter ego humano del dios, que ha pasado de ser el «buen doctor» de Lee y Kirby a convertirse en una némesis obsesionada con dar lecciones de mortalidad. (Recopila Thor (2025) #1–5 como The Mortal Thor Vol. 1: No Gods, No Masters).

Lo que funciona: El regreso del Dr. Blake y el martillo analógico

El gran acierto de Ewing es recuperar a Donald Blake no como un apoyo, sino como el villano en la sombra. Es un movimiento de «primero de manual» ejecutado con maestría: el hombre que una vez fue el disfraz de Thor ahora es quien lo mantiene encadenado a la fragilidad humana. Ver a Odín y Loki discutiendo en una cafetería sobre cómo Blake está jugando con el destino de Sigurd le da a la serie una capa de metanarrativa brutal sobre la identidad.

El apartado visual de Pasqual Ferry es gloria bendita. Su decisión de dibujar el martillo atado a una cuerda —nada de magia de retorno automático— ancla la serie en un realismo táctil. La coreografía de las peleas, con el martillo girando de forma física, es de lo mejor que ha parido Marvel en años. Es sucio, es vibrante y se siente peligrosamente real, especialmente cuando Sigurd tiene que curarse sus propias heridas sin ayuda divina.

El gran “pero”: El desvío asgardiano que corta el rollo

Cuando la serie está en su punto álgido de tensión urbana, el #4 se va de viaje a Asgard para hablarnos del hijo de Thor y la Hechicera. El dibujo de Juan Cabal es detalladísimo, pero rompe el ritmo de «thriller de supervivencia» que llevaba la serie en la Tierra. Se siente como un paréntesis de lujo en medio de una pelea de bar; disfrutable, pero te saca de la atmósfera de asfalto y sangre que Ewing construye tan bien en los números impares.

El final (#5): El jaque mate de la identidad

El cierre del volumen es una lección de tensión psicológica. Sin una sola escena de acción, Ferry y Ewing logran que una sala de interrogatorios sea más peligrosa que un campo de batalla. La revelación final sobre la verdadera naturaleza del abogado de Sigurd y su conexión directa con el legado de Donald Blake pone en entredicho todo lo que creíamos saber sobre este nuevo mundo. Ewing no solo está escribiendo un cómic de Thor; está deconstruyendo la misma idea de la «doble identidad» que fundó Marvel.

VEREDICTO: 🟢 IMPRESCINDIBLE The Mortal Thor: No Gods, No Masters es la reinvención que el personaje necesitaba. Es un juego de espejos donde el villano es la propia humanidad que Thor una vez habitó. Si Ewing mantiene este pulso entre el barro de Nueva York y el rencor de Donald Blake, estamos ante una etapa que va a redefinir al Dios del Trueno para siempre.