Las 26 mejores películas de 2026 (Parte I): lo mejor del primer semestre

Estamos a mitad de año y el cine ya ha dado suficiente como para justificar una lista. La misma lógica que aplicamos con las series la aplicamos aquí: las listas de final de año llegan cuando ya nadie tiene energía para ver nada, y cuando llegan lo hacen cargadas de películas que se estrenaron en enero y que el ochenta por ciento del público ya ha olvidado. Así que probamos a dividir el trabajo. Esta es la primera parte, la que recoge lo mejor de enero a junio de 2026, tanto lo que pasó por las salas como lo que llegó directamente a las plataformas. La segunda parte llegará antes de que acabe el año.

Antes de empezar, una aclaración necesaria sobre las reglas de esta lista. Solo entran películas cuya producción es de 2026. No películas de 2025 estrenadas en España en los primeros meses del año para aprovechar el hype de la temporada de premios. Esa norma ha dejado fuera a títulos notables —Sirat, de Óliver Laxe, candidata al Óscar por España; No hay otra opción, de Park Chan-wook, estrenada en MUBI en febrero pero filmada el año anterior; La gracia, de Sorrentino; El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho— que en otras condiciones habrían entrado en la conversación sin problemas. Son películas de 2025, y tienen su sitio en las listas de 2025. Dicho esto: empezamos. De menos a más.

  1. Toy Story 5

Cuando Pixar anunció una quinta entrega de la franquicia más querida de su historia, la reacción razonable fue desconfianza. La cuarta ya había dejado a Woody en una resolución tan limpia que cualquier continuación parecía un ejercicio innecesario. Toy Story 5 tiene el mérito de ignorar esa sensación y proponer algo que las entregas anteriores nunca se habían permitido: una historia en la que los juguetes no son los protagonistas emocionales, sino el espejo en el que se refleja la generación de adultos que creció con ellos. No es la mejor película de la saga. Pero tampoco es lo que temías que fuera.

  1. Hoppers

La Pixar de streaming encuentra en Hoppers un equilibrio que le cuesta más de lo que debería a sus producciones para plataforma: el de contar una historia con consecuencias reales dentro de un envoltorio diseñado para el consumo familiar. Un grupo de criaturas que habitan los espacios entre paredes de una ciudad modern descubren que su entorno está siendo destruido sistemáticamente, y tienen que decidir entre esconderse o actuar. La animación es excepcional. La historia no traiciona a los más pequeños ni aburre a quien los acompaña. Eso, a estas alturas del partido, no es poco.

  1. Twinless (Mi mitad perdida)

James Sweeney hace en Twinless algo que las comedias negras del circuito indie llevan años prometiendo sin cumplir del todo: construir una historia emocionalmente devastadora sin sacrificar ni un gramo de humor en el proceso. Dylan O’Brien, en doble papel —los gemelos Roman y Rocky—, entrega la mejor actuación de su carrera en una película sobre el duelo, la culpa y el tipo de vínculos que se forman cuando dos personas comparten una pérdida que nadie más puede entender del todo. Ganadora en Sundance, y una de esas películas que no terminan cuando se apagan los créditos.

  1. Lapönia

David Serrano —el director de Días de fútbol— lleva la comedia familiar española a Finlandia y consigue lo que suelen conseguir las mejores comedias de situación: que el conflicto sea absurdo en apariencia y completamente real en el fondo. Una familia española viaja a Laponia para la Navidad con los parientes finlandeses del marido, y la verdad sobre Papá Noel se convierte en el detonante de una guerra doméstica que tiene mucho más que ver con la sinceridad y el miedo al dolor que con ningún personaje de ficción. Natalia Verbeke y Julián López forman una pareja protagonista que sabe exactamente lo que tiene entre manos. Ligera, precisa y más lista de lo que el tráiler prometía.

  1. Altas capacidades

Víctor García León y Borja Cobeaga cogen una premisa que en manos menos hábiles habría sido una sátira de clase condescendiente —una pareja de clase media que miente sobre las capacidades de su hijo para conseguirle plaza en un colegio de élite— y la convierten en una comedia sobre la brecha entre quién crees que eres y lo que estás dispuesto a hacer para mantener esa imagen. Marian Álvarez e Israel Elejalde son dos actores que llevan años sin recibir el reconocimiento que merecen, y aquí están los dos en estado de gracia. La comedia española puede ser esto: inteligente, incómoda y completamente divertida al mismo tiempo.

  1. Buena suerte, pásalo bien, no mueras

El regreso de Gore Verbinski al cine de género viene envuelto en una premisa que suena a comedia de sketches y acaba siendo mucho más de lo que esperas: Sam Rockwell interpreta a un hombre del futuro atrapado en un bucle temporal que lleva el intento número 117 de evitar el colapso de la civilización, y lo tiene que hacer con los clientes de un restaurante de comida rápida como único ejército disponible. La película no esconde que su premisa es absurda, y esa honestidad es exactamente lo que la salva. Haley Lu Richardson, Michael Peña y Zazie Beetz completan un reparto que está evidentemente pasándoselo bien, y ese entusiasmo contagia. Una rareza de temporada que merece más atención de la que va a recibir.

  1. Send Help

Sam Raimi lleva desde 2009 sin hacer una película que no sea parte de un universo compartido, y Send Help es su primera obra completamente original desde Arrástrame al infierno. La premisa es brutal en su sencillez: Rachel McAdams y Dylan O’Brien son dos desconocidos atrapados en una balsa a la deriva en el Pacífico después de que su barco se hunda, y algo en el agua no quiere que lleguen a tierra. Raimi no ha perdido ninguno de sus instintos como cineasta de terror: la película funciona como un reloj, escalando la tensión con la precisión de quien sabe exactamente cuándo apretar y cuándo soltar. No es su obra maestra. Es, sin embargo, exactamente lo que necesitaba hacer.

  1. Leviticus: Ritual de sangre

La gran revelación de Sundance 2026 viene de Australia y llega con un material que las películas de terror rara vez se atreven a tocar sin convertirlo en metáfora fácil: la experiencia de un adolescente gay sometido a terapia de conversión en una comunidad religiosa rural. Adrian Chiarella tiene el buen criterio de no hacer un docudrama de denuncia sino una película de terror genuino, con Mia Wasikowska en un papel secundario que parece diseñado para quitarle el sueño al espectador. El horror, aquí, no viene de lo sobrenatural sino de lo que la institución religiosa lleva décadas normalizando. Que eso sea aterrador no lo hace menos real.

  1. Backrooms

Kane Parsons tiene veinte años y ha dirigido el fenómeno de horror del año. Partiendo de su propia serie viral de YouTube —aquella en la que los espacios liminales y los pasillos de moqueta amarilla se convirtieron en internet en un nuevo tipo de miedo cultural— Parsons y A24 han construido una película que recauda más de trescientos millones de dólares en taquilla sin parecer en ningún momento un producto diseñado para hacerlo. Chiwetel Ejiofor y Renata Reinsve interpretan a un padre y su terapeuta que caen, literalmente, en los Backrooms, y la película tiene la valentía de no explicar nunca del todo lo que está pasando. El horror más eficaz de la temporada, y posiblemente el debut de director más llamativo del año.

  1. Normal

Ben Wheatley —el director de Kill List y High-Rise— no es un cineasta que se asocie naturalmente con las películas de acción mainstream, y esa inadecuación aparente es exactamente lo que hace interesante a Normal. Bob Odenkirk interpreta a un hombre completamente corriente que descubre que su vecino de toda la vida es el jefe de una red criminal internacional, y que él es el único testigo que queda vivo. Lo que en otras manos sería un thriller genérico se convierte, con la mirada de Wheatley, en una película sobre la violencia banal y el coste real que tiene en las personas que no están entrenadas para ejercerla. Más oscura de lo que el marketing sugería.

  1. Two Prosecutors (Dos fiscales)

Sergei Loznitsa lleva años siendo el cineasta más necesario de Europa del Este, y en Two Prosecutors adapta una novela del escritor georgiano Fazil Iskander para construir un relato sobre las purgas estalinistas de los años treinta que tiene la precisión de un bisturí y el peso de una tonelada de acero. Dos fiscales que se conocen de toda la vida se encuentran en lados opuestos de una acusación fabricada, y la película convierte ese encuentro en una meditación sobre la cobardía institucional y el tipo de daño que el poder hace en silencio. Imprescindible para quien crea que la Historia ya no tiene nada nuevo que enseñar sobre cómo los estados destruyen a sus propios ciudadanos.

  1. Kokuhu

Once premios de la Academia Japonesa —el equivalente nipón de los Óscar— para una película que, en Europa, ha tenido el estreno limitado y silencioso de siempre. Lee Sang-il dirige la historia de un joven aspirante a maestro de kabuki que hereda el nombre artístico más importante de la tradición y descubre que ese legado no es un regalo sino una carga que aplasta todo lo que él era antes de recibirlo. El cine japonés de género dramático tiene una forma de tratar la identidad y la herencia cultural que el cine occidental ha dejado de saber hacer, y Kokuhu es un ejemplo impecable de ello. No hace falta saber nada de kabuki para entender lo que esta película quiere decir.

  1. Las corrientes

Milagros Mumenthaler —la directora argentina que ganó el Oso de Plata en Berlín con Abrir puertas y ventanas— vuelve con una película sobre una mujer en su cuarentena que regresa a Buenos Aires después de años fuera y descubre que todo lo que dejó —el apartamento, las amistades, la relación con su madre— ha seguido moviéndose sin ella. La corriente del título no es una metáfora; es una forma de entender cómo el tiempo funciona para las mujeres en el cine de Mumenthaler: no como algo que se detiene mientras decides, sino como algo que te arrastra aunque no te muevas. Lenta, precisa y extraordinariamente bien actuada.

  1. Yo no moriré de amor

Marta Matute lleva Biznaga de Oro del Festival de Málaga a su ópera prima, y lo hace con una película que tiene la valentía de no poner a su protagonista del lado al que el espectador quiere que esté. Claudia es una estudiante de arte dramático cuya madre tiene Alzheimer, y la película se niega sistemáticamente a convertirla en heroína sacrificada ni en víctima comprensible: es una chica de veinte años que quiere vivir su vida y que lleva el peso de una situación que nadie debería cargar a esa edad. Júlia Mascort entrega en su debut cinematográfico una actuación de una madurez que deja sin argumentos a cualquiera que todavía piense que el cine español no sabe hacer retratos de mujer complejos.

  1. El pasajero nocturno

André Øvredal —el noruego que se hizo un nombre internacional con Trollhunter y Autopsia de Jane Doe— regresa al terror de carretera con una premisa que forma parte del inconsciente colectivo de cualquier cultura que tenga autopistas: la chica que aparece en la cuneta y pide que la lleves. Lo que distingue a El pasajero nocturno de las decenas de películas que han usado esa imagen es la velocidad con la que la película decide abandonar cualquier explicación y entregarse a la lógica del cuento de terror puro. No hay backstory. No hay twist que lo explique todo. Solo miedo, y la convicción de que hay cosas que no se pueden entender. Una de las mejores películas de terror del año y la más eficaz en su uso de lo que no se ve.

  1. Crime 101 (Ruta de escape)

Los años setenta como estado mental, no como estética: eso es Crime 101, el thriller noir de Chris Hemsworth, Barry Keoghan y Halle Berry que lleva el verano instalándose en la memoria de quien lo ha visto. Hemsworth y Keoghan son un dúo de ladrones que llevan décadas robando juntos y que cometen el error de robar a la persona equivocada; Halle Berry es la investigadora que los persigue con la convicción de quien sabe que la diferencia entre el bien y el mal es, en la mayoría de los casos, una cuestión de perspectiva. La película no moraliza. No necesita hacerlo. El género noir lleva décadas demostrando que las mejores historias no son las que te dicen cómo debes sentirte.

  1. Is God Is

La directora Aleshea Harris adapta su propia obra de teatro para construir una de las películas más extrañas y más fascinantes del año: dos hermanas gemelas reciben un mensaje de su madre, a quien creían muerta, que les encarga que asesinen al hombre que las abandonó. Lo que podría haber sido un thriller de venganza convencional se convierte en algo más cercano al mito griego que al género: una historia sobre la herencia del dolor, la lealtad imposible y lo que significa recibir una misión de alguien a quien no tienes ninguna obligación de obedecer. Las dos actrices protagonistas llevan la película a un terreno en el que pocas películas de debut se atreven a entrar. Una de esas películas que cuesta sacudirse.

  1. Si tuviese piernas te patearía

Mary Bronstein, en su primer largometraje, hace algo que pocas directoras se permiten sin disculparse: colocar a una madre en el centro del relato y no hacerla simpática. Rose Byrne interpreta a una mujer con una hija enferma crónica, una vida doméstica que se sostiene con alambre y una rabia completamente justificada que no encuentra a nadie dispuesto a recibirla. La película no ofrece catarsis ni resolución, y esa negativa es exactamente su argumento. El cine de maternidad lleva demasiado tiempo eligiendo entre la santificación y la demonización; Si tuviese piernas te patearía no elige ninguna de las dos y es mejor película por eso.

  1. I Love Boosters

Boots Riley —el director de Sorry to Bother You— vuelve con la comedia más descaradamente política del año, y lo hace con una historia sobre ladrones de tienda que se enfrentan a un magnate de la moda rápida que está destruyendo literalmente el planeta para maximizar sus márgenes. LaKeith Stanfield y Demi Moore forman una pareja protagonista que nadie había previsto y que funciona como un mecanismo de relojería, y la película tiene la misma energía de caos controlado que hacía de Sorry to Bother You una experiencia tan difícil de sacudir. El anticapitalismo cinematográfico puede ser aburrido cuando se predica. Riley lleva tiempo demostrando que también puede ser lo más divertido de la cartelera.

  1. Dead Man’s Wire

Gus Van Sant lleva años haciendo películas que el sistema sabe que no va a necesitar y que hace igualmente, y Dead Man’s Wire puede ser su obra más seca y más precisa en mucho tiempo. Basada en el caso real del secuestro en Indianápolis de 1976, la película sigue a un negociador que tiene cuarenta y ocho horas para convencer a un hombre armado de que suelte a sus rehenes antes de que alguien tome la decisión de entrar. Bill Skarsgård, en el papel del secuestrador, y un Al Pacino que aparece en apenas tres escenas y se roba las tres, construyen juntos una película sobre el fracaso del diálogo en un mundo que habla más de lo que escucha. Nada explota. Nada se resuelve como esperas. Eso, en el cine de géneros de 2026, es casi un acto radical.

  1. 28 años después: El templo de los huesos

El universo de los infectados ya no es lo que era cuando Danny Boyle los sacó a correr por las calles de Londres en 2002. Nia DaCosta lo sabe, y por eso El templo de los huesos no intenta ser 28 días después ni 28 semanas después: es su propia película, ambientada en una Gran Bretaña que lleva casi tres décadas conviviendo con la infección y que ha desarrollado alrededor de ella una mitología religiosa y una estructura social tan disfuncional como fascinante. Jack O’Connell y Ralph Fiennes comparten protagonismo en una historia en la que el apocalipsis zombi es, por primera vez en la franquicia, el contexto y no el punto. La mejor película de la saga y posiblemente la que nadie esperaba.

  1. The Christophers

Steven Soderbergh no descansa. Mientras el resto del cine de autor busca su próxima gran película, él lleva años filmando en los márgenes del sistema con una productividad y una consistencia que parecen diseñadas para avergonzar a la competencia. The Christophers —un thriller sobre un artista contratado para completar una serie de cuadros inacabados de un maestro muerto y que descubre que la autenticidad en el arte es un negocio como cualquier otro— tiene el ritmo y la frialdad intelectual de sus mejores trabajos, y la honestidad de no pretender que tiene respuestas sobre lo que hace valioso a un objeto cultural. Una película sobre el dinero, el talento y la distancia entre los dos. Lo que significa que es, en realidad, sobre casi todo.

  1. Disclosure Day (El día de la revelación)

Spielberg vuelve a la ciencia ficción treinta años después de Encuentros en la tercera fase —no en espíritu, sino en argumento, aunque la tonalidad sea radicalmente distinta— con una historia sobre el día en que un gobierno decide, por primera vez, decirle a la humanidad la verdad sobre lo que sabe. Emily Blunt interpreta a la funcionaria encargada de gestionar la divulgación, y la película tiene la inteligencia de no tratar ese momento como un triunfo sino como el principio de algo mucho más complicado. Spielberg no ha perdido ninguno de sus instintos para el espectáculo, pero aquí los pone al servicio de una pregunta que le interesa más que la respuesta: ¿qué le hace a la gente saber lo que no podía saber? Una película grande, en todos los sentidos posibles de esa palabra.

  1. Amarga Navidad

Pedro Almodóvar lleva décadas siendo el cineasta español más internacional, y también el más incomprendido cuando se permite hacer algo distinto a lo que se espera de él. Amarga Navidad no es la película que sus fans más fieles esperaban: no tiene la exuberancia colorista de sus grandes trabajos, ni sus heroínas de vuelo alto, ni su melodrama operístico. Es una película de cámara sobre un hombre que intenta, en las últimas semanas de su vida, decirles la verdad a las personas que ha amado, con los juegos metalingüísticos y la autorreferencia que caracterizan su trabajo más reciente. En Cannes 2026 dividió. Esa división, en el caso de Almodóvar, suele ser la señal de que ha hecho algo que le importa de verdad. Las películas que dejan indiferentes son las que no arriesgan.

  1. El drama

Kristoffer Borgli —el director noruego que firmó Sick of Myself y Dream Scenario— consolida con El drama su posición como el cineasta más interesante del momento para retratar la pequeña gran hipocresía de las relaciones de la gente normal. Robert Pattinson y Zendaya son una pareja comprometida que asiste a la obra de teatro de un amigo y descubre, en el escenario, algo sobre el pasado de uno de ellos que ninguno de los dos sabe cómo procesar. A24 ha producido una película que es, simultáneamente, una comedia de situación, un thriller moral y una historia de amor que no sabe si quiere serlo. El humor nace de la incomodidad y la incomodidad nace de reconocerse en personajes a los que prefieres no parecerte. Borgli lleva tres películas siendo el mejor termómetro del malestar contemporáneo. Que alguien le dé un premio de una vez.

  1. Proyecto Salvación

Phil Lord y Christopher Miller adaptaban el libro de Andy Weir con Ryan Gosling en el papel de un profesor de instituto que se despierta a bordo de una nave espacial sin recordar cómo llegó allí ni por qué está solo, y consiguen hacer algo que el cine de ciencia ficción de los últimos años ha ido perdiendo poco a poco: una película sobre el pensamiento. No sobre la supervivencia, no sobre la acción, no sobre el sacrificio épico —aunque hay algo de todo eso—, sino sobre el placer genuino de resolver problemas con lo que tienes a mano. Gosling, en una actuación de una riqueza física y emocional poco habitual en el género, sostiene durante casi tres horas una película que no necesita nada más que su presencia y una serie de preguntas científicas cuyas respuestas importan de verdad. El cine de género puede seguir siendo esto: emocionante, inteligente y completamente humano.

La segunda parte de esta lista —con lo mejor de julio a diciembre— llegará antes de que acabe el año.