El derecho a no estar bien: ‘Se tiene que morir mucha gente’ es una bofetada generacional

En los últimos años, la ficción española ha saturado sus catálogos con producciones empeñadas en radiografiar a treintañeros desorientados desde la nostalgia acomodada, el costumbrismo blanco o la comedia romántica de manual. Lo que desmarca radicalmente a Se tiene que morir mucha gente de ese pelotón complaciente es que parece parida por alguien que ha perdido por completo la paciencia a la hora de fingir que la adultez funciona. La primera serie creada por Victoria Martín para Movistar Plus+ parte de un conflicto aparentemente trillado: tres amigas de la infancia —Bárbara, Maca y Elena— arrastran distintas crisis personales mientras intentan autoconvencerse de que el tiempo no las ha cambiado. La genialidad de sus seis episodios radica en que la propuesta jamás compra esa mentira; desde el minuto uno abraza la honestidad brutal de que nadie está bien, articulando una de las autopsias más lúcidas, ácidas e incómodas de la ansiedad contemporánea actual.

Misantropía, adicciones y el trío actoral que dinamita la pantalla

Lejos de idealizar la sororidad televisiva, la serie dinamita cualquier filtro romántico: estas mujeres se quieren, pero también se juzgan, se parasitan, se cansan y se decepcionan con una crueldad pasmosa. El engranaje dramático encuentra su combustible en un reparto en estado de gracia absoluto. Anna Castillo devora la pantalla encarnando a Bárbara, un torbellino autodestructivo atrapado en la precariedad laboral y una adicción a los ansiolíticos que la vuelve egoísta, manipuladora y profundamente tridimensional. A su lado, Macarena García clava el contrapunto melancólico y contenido como Maca, cuya aparente vida perfecta esconde un vacío existencial asfixiante, mientras que Laura Weissmahr aporta los matices más punzantes a Elena, una rica heredera cuya crisis de identidad subvierte el cliché de la pija consentida. Juntas sostienen un ecosistema donde la amistad no es un idilio, sino una acumulación infinita de pequeños perdones y reproches históricos.

El reverso amargo de la comedia de la evasión

Heredera directa de la estirpe de creadoras como Phoebe Waller-Bridge, Sharon Horgan o Lena Dunham, Victoria Martín utiliza el humor negro no como un desahogo para rebajar la tensión, sino como el último chaleco salvavidas antes del colapso mental. La guionista y podcaster despliega una mirada salvaje sobre las taras de su propia era: el culto a la salud mental transformado en un producto de consumo, la tiranía de la productividad y la necesidad patológica de ficcionar la miseria cotidiana para hacerla compartible en redes. Muchas de las secuencias más hilarantes de la trama terminan revelándose, apenas un segundo después, como puñaladas de una profunda tristeza existencial. La serie se ríe de la vacuidad de nuestro presente porque se asume parte de él, logrando que los chistes duelan tanto como divierten al desnudar el absurdo de fingir éxito en un entorno que te empuja al aislamiento.

Anatomía de una insatisfacción crónica sin moralejas

Bajo su pátina de comedia corrosiva late la crónica de una generación estafada que creció bajo la promesa del éxito y hoy se ve obligada a negociar a diario con la frustración. Los personajes tienen parejas, proyectos, trabajos y techos bajo los que guarecerse; sobre el papel, sus vidas deberían computar como un triunfo, pero la ficción entiende a la perfección que la verdadera infelicidad contemporánea no siempre nace de la escasez absoluta, sino de la sospecha constante de que deberíamos ser mucho más felices con lo que tenemos. Pese a una estructura narrativa por momentos dispersa, episódica y caótica que prioriza los fogonazos de autenticidad por encima del rigor dramático clásico, la serie triunfa al negarse a dar discursos morales o soluciones baratas. Crecer, nos recuerda Martín, no consiste en arreglar el desastre o encontrar un final feliz, sino en aprender a convivir con tus propias contradicciones antes de que el mundo te pase por encima.