Del altruismo a la misantropía: Pepe Viyuela lidera el Shakespeare más oscuro en el Festival de Mérida

El Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida se prepara para albergar una de las páginas más sombrías, cínicas e incómodas de la literatura universal. Del 15 al 19 de julio, el icónico Teatro Romano acogerá la puesta en escena de Timón de Atenas, la amarga tragedia irónica escrita por William Shakespeare en torno a 1608. Bajo la dirección del reputado Hernán Gené y con una versión firmada por Joaquín Hinojosa, este montaje de Bombonera Producciones sitúa al actor Pepe Viyuela al frente de un sólido reparto coral —que incluye nombres como Esther Acevedo, Tomás Pozzi, Pepa Zaragoza o su propio hijo, Samuel Viyuela—. Las cinco funciones programadas a las 22:45 horas ofrecerán al público una propuesta de casi dos horas de duración con entradas cuyos precios oscilan entre los 17,90 y los 37,90 euros, convirtiéndose en una de las grandes bazas de una 72ª edición del certamen que busca agitar las conciencias de la platea mediante la revisión contemporánea de los mitos clásicos.

La pieza se distancia del tono habitual del Bardo para abrazar una sátira descarnada que bascula de forma constante entre el drama existencial, la farsa grotesca y los códigos de la Comedia del Arte. La trama sigue los pasos de un aristócrata sumamente generoso y adinerado que se desvive por agasajar a sus allegados, para luego caer en la más absoluta ruina económica y descubrir la hipocresía, el egoísmo y la ingratitud de una sociedad que le da la espalda de la noche a la mañana. La genialidad de esta propuesta radica en el pulso escénico de Gené, quien aprovecha la monumentalidad del recinto emeritense para ilustrar de forma tangible el descenso a los infiernos del héroe, un viaje psicológico radical que transita desde la filantropía absoluta hasta una misantropía rabiosa y un aislamiento definitivo en las costas griegas. Al destapar las costuras de la codicia, el poder corruptor del dinero y la fragilidad de las instituciones, este montaje demuestra que el texto de Shakespeare conserva intacta su capacidad para apelar a las neurosis éticas del espectador contemporáneo.