La última frontera del clasicismo: ‘War Horse’ es la obra más sincera y fordiana de Steven Spielberg

El reciente estreno de El día de la revelación ha devuelto a Steven Spielberg al epicentro del debate cinematográfico global, forzando a la cinefilia a repasar su filmografía en busca de un interrogante melancólico: ¿cuál fue realmente su último gran largometraje concebido «a la antigua»? No se trata de rastrear su título más taquillero, el más vanguardista ni el más laureado por las academias, sino aquella producción donde el director de Ohio filmó con la pureza reverencial de los viejos maestros del Hollywood dorado como John Ford, David Lean o William Wyler. La respuesta idónea apunta a War Horse (2011), una pieza que durante años ha cargado con el sambenito de ser una obra incómoda dentro de su catálogo: tildada de excesivamente sentimental por algunos sectores y de anacrónica por otros, en mitad de una industria que parece haber desarrollado una alergia crónica a la emoción desprovista de cinismo.

Un lienzo coral sobre el lomo de un héroe silencioso

Revisitada hoy con la perspectiva que otorgan los años, la cinta se destapa como un manifiesto estético e ideológico de una potencia descomunal. No estamos ante un simple melodrama ecuestre ambientado en la Primera Guerra Mundial, sino ante el empeño militante de un creador decidido a demostrar que era plenamente viable levantar una superproducción dramática sin capitular ante la ironía posmoderna o el desmontaje sistemático de los propios engranajes narrativos. La premisa utiliza a Joey, un caballo caído en la campiña inglesa y vendido al ejército británico tras el estallido del conflicto, como un observador silencioso y un hilo conductor transnacional. El animal opera como un testigo que engarza capítulos independientes de una misma tragedia continental —oficiales británicos, jinetes alemanes, desertores adolescentes o granjeros franceses—, obligando al espectador a lidiar con una estructura fragmentada que premia la amplitud del fresco histórico sobre el habitual arco de personaje único.

La resistencia estética contra la posmodernidad y la tregua del alambre de espino

La verdadera genialidad de War Horse reside en su audaz puesta en escena. Mientras el Hollywood de 2011 claudicaba ante el montaje espasmódico, el realismo sucio y el chiste autoconsciente, Spielberg facturó un lienzo de un clasicismo incontestable. Los encuadres gozan de una elegancia pictórica matemática, la fotografía texturizada de Janusz Kamiński transforma los campos de batalla en óleos del romanticismo decimonónico y la partitura de John Williams brama con una grandilocuencia sin complejos. La película cree ciegamente en lo que narra, asumiendo el riesgo de rozar la manipulación sentimental en sus tramos más endulzados, pero alcanzando la genialidad pura en pasajes memorables como la célebre secuencia del alambre de espino. El instante en que el caballo queda atrapado en tierra de nadie y soldados de ambos bandos deponen las armas provisionalmente para liberarlo concentra el núcleo de la tesis spielbergiana: la convicción inquebrantable de que el horror de la guerra no debe anular los destellos de piedad humana.

Veredicto: la elegía de un modelo de superproducción extinto

Juzgar War Horse bajo los rígidos parámetros del realismo histórico supone un error de lectura monumental; Spielberg no pretendía filmar un documental bélico, sino edificar una leyenda clásica transmitida oralmente al calor de una hoguera. Vista desde el escenario de 2026, la película se revela menos como un experimento fallido y más como una conmovida carta de despedida a un modelo de blockbuster humanista prácticamente extinto en las carteleras contemporáneas. Una obra imperfecta, excesiva y orgullosamente sentimental, donde un cineasta en la cúspide de su carrera empleó un presupuesto mastodóntico para defender una idea de una sencillez conmovedora: que la sensibilidad y la belleza clásica aún merecen un espacio sagrado en la pantalla grande.