Héroes de marca, vísceras de saldo: ‘The Boys’ y la primera temporada que dinamitó el género
Con la quinta y última temporada recién estrenada en Prime Video, toca volver al primer disparo de Eric Kripke: ocho episodios que convirtieron la fatiga superheroica en sátira corporativa, carnicería moral y uno de los arranques televisivos más influyentes del último lustro. La serie debutó en 2019, pero su temporada final acaba de empezar esta semana, el 8 de abril de 2026, con doble episodio, así que el momento para revisar su origen no puede ser mejor.

Un puñetazo de sangre contra el mito
La primera temporada de The Boys no se anda con metáforas suaves. Su escena fundacional —A-Train atravesando a Robin como si el amor de Hughie fuese poco más que una salpicadura accidental sobre el asfalto— sigue siendo una de las declaraciones de intenciones más eficaces de la televisión reciente. En dos minutos, Kripke deja claro que aquí los superhéroes no son dioses trágicos ni salvadores de opereta: son celebridades gestionadas por una multinacional, armas de relaciones públicas y depredadores con uniforme. El piloto, “The Name of the Game”, destaca por su dirección y su fidelidad retorcida al espíritu del cómic, precisamente porque comprende algo que muchas deconstrucciones del género olvidan: para desmontar un mito primero hay que mostrar lo seductor que era.
Lo brillante del arranque no es solo el golpe gore ni el humor negrísimo, sino la manera en que la serie vincula desde el principio el trauma íntimo de Hughie con una maquinaria corporativa gigantesca. Robin no muere por azar narrativo; muere porque Vought ya ha monetizado la impunidad. Y ahí aparece Billy Butcher, claro, como una mezcla de perro rabioso, mercenario traumatizado y profeta de pub que entiende antes que nadie que el verdadero superpoder en este universo no es el láser ocular, sino el control del relato.

El capitalismo con capa y sonrisa de anuncio
La gran jugada de la temporada es no limitarse a preguntar “¿y si Superman fuera un psicópata?”, sino ampliar el foco hasta “¿y si Marvel fuese Exxon con departamento de crisis?”. Vought International es el auténtico villano sistémico del primer año: una corporación que vende moralina cristiana, feminismo de escaparate, seguridad nacional y branding aspiracional mientras encubre asesinatos, compra políticos y negocia tarifas por presencia de «Supes» como quien subasta licencias de telefonía. En los primeros episodios ya estaba clarísimo que The Boys no quería parodiar solo el cómic mainstream, sino toda la lógica empresarial que convierte la ética en packaging.
Ahí la serie fue especialmente eficaz en 2019 y sigue siéndolo hoy. El Believe Expo, las campañas de imagen de Starlight, los focus groups de Vought… todo construye una sátira que no ha envejecido mal, sino al revés: parece escrita por alguien que entendió antes de tiempo que el superhéroe del siglo XXI ya no era una fantasía de justicia, sino una extensión del aparato de propaganda. Es una mezcla de acción, humor y comentario social que no pierde la mala leche en ningún momento.

Antony Starr: el verdadero accidente nuclear
Si Karl Urban aporta la energía canalla necesaria para que Butcher no se convierta en un simple arquetipo de camiseta sucia, quien realmente sostiene el aura tóxica de la serie es Antony Starr. Su Homelander ya era en esta etapa una de las grandes creaciones televisivas del género, no porque gritara más o matara con más sadismo, sino porque encarnaba la perversión central del personaje: necesita ser amado con la misma intensidad con la que desea aplastar a cualquiera que no lo adore.
En esos ocho episodios, Starr compone a un niño de laboratorio atrapado en el cuerpo del icono perfecto de América. Alguien que puede sonreír como un presentador de campaña y, un segundo después, dejar morir a un avión lleno de civiles si eso le da ventaja política. La secuencia del vuelo, en el cuarto episodio, es el punto exacto donde la serie deja de ser una gamberrada sangrienta y se atreve a mirar de frente la cobardía absoluta del poder. Es el momento en que The Boys demuestra que tiene algo más que vísceras en primer plano.

Starlight, Hughie y la humanidad que evita el cinismo total
Una de las razones por las que la temporada no se hunde en su propio fango es Annie January. Starlight funciona como antídoto moral frente al nihilismo de Butcher y frente al sadismo estructural de Homelander. Su llegada a The Seven, seguida casi inmediatamente por la agresión de The Deep, marca otra de las líneas temáticas más claras del primer año: cómo el poder no solo corrompe, sino que obliga a las víctimas a reinterpretar su propio idealismo como si fuese una ingenuidad vergonzante.
La serie acierta en el vínculo entre Annie y Hughie porque entiende que su romance no debe ser un respiro limpio, sino una trampa emocional construida sobre mentiras y duelo. Jack Quaid sabe interpretar esa mezcla de blandura y rabia que convierte a Hughie en el termómetro moral de la historia. Si la trama funciona es porque todavía hay algo en ellos que parece rescatable.

Cuando la serie confunde profundidad con repetición
Ahora bien, tampoco conviene convertir la primera temporada en vaca sagrada. Al revisarla, se percibe que la serie tarda más de la cuenta en pasar de la premisa al verdadero desarrollo. Los primeros capítulos presentan el mundo con eficacia, pero en ocasiones la escritura se regodea en subrayar la misma idea —los supers son monstruos, Vought lo tapa todo— sin añadir demasiado matiz dramático. Hay diálogos algo sobreescritos y cierta repetición en un mundo que corría el riesgo de volverse demasiado brutal para sostener ocho horas sin una evolución proporcional.
También hay personajes que tardan en encontrar su forma. Frenchie entra con carisma y la incorporación de Kimiko da una dimensión trágica necesaria, pero Mother’s Milk aún no tiene el espesor emocional que ganaría después. Y Butcher, aunque magnético, corre a veces el riesgo de devorar la ambigüedad del conjunto con su condición de bulldozer narrativo.

El cliffhanger que quitó la red de seguridad
La recta final compensa cualquier irregularidad. El séptimo y el octavo episodio aprietan el acelerador y convierten la sátira en una tragedia personal venenosa. La revelación sobre Becca, el descubrimiento del Compuesto V y ese cierre con Homelander presentándose ante su hijo deforman por completo el marco emocional. De repente, Butcher deja de ser solo el tipo que odia a los supers: se convierte en un hombre arrasado por una verdad que ni siquiera había formulado bien.
Por eso el final funciona: porque no cierra, infecta. Le da a la temporada una dimensión más grande que la simple gamberrada antisuperheroica. Lo que empezó como una deconstrucción chulesca termina prometiendo una guerra mucho más sucia y personal.

La mejor virtud: llegar antes que el agotamiento definitivo
Lo que hace especial a esta primera temporada vista desde 2026 es que llegó en el instante exacto. Lo bastante tarde como para detectar el agotamiento del superhéroe industrial, pero lo bastante pronto como para parecer una detonación y no un comentario tardío. Hoy, cuando la franquicia se expande en spin-offs, se ve con más claridad que el primer año fue el mejor equilibrio entre sátira, comentario político y desarrollo emocional.
La primera The Boys sigue siendo una de las mejores patadas a la puerta que ha dado el género. No porque diga que los héroes son corruptos, sino porque entiende que la corrupción es una estructura diseñada para que el espectáculo nunca se detenga. Sigue siendo una disección lúcida de lo que pasa cuando conviertes la salvación en un producto de suscripción.





