Jeff Davis regresa a Beacon Hills no con una historia que contar, sino con un inventario de piezas de repuesto. ¿Es una película o un episodio de 140 minutos que olvidó pasar por la sala de montaje?
Una manada en busca de sentido
Parece que Paramount+ ha decidido que el catálogo no se llena con ideas, sino con exhumaciones. Tras seis años de silencio, el universo de Teen Wolf emerge de su tumba no como un alfa renovado, sino como un beta que ha perdido el ritmo de la carrera. Si en la serie original la angustia adolescente y el látex funcionaban como un motor de serie B con encanto, aquí la madurez de los personajes —con un Tyler Posey que ya no puede disimular los treinta y tantos— choca frontalmente con un guion que se empeña en tratarlos como si aún estuvieran en el vestuario del instituto.
La premisa arranca con un Scott McCall convertido en el «buen samaritano» de los animales en Los Ángeles, pero el truco se desvela pronto: la película es una excusa para resucitar a Allison Argent (Crystal Reed). El problema es que esta resurrección no nace de una necesidad narrativa, sino de un servicio al fan tan evidente que roza lo impúdico. Es el síndrome del reencuentro de promoción: mucha cara conocida, pero muy poca conversación nueva.

Mitología estreñida y el vacío de Stiles
Nadie le va a negar a Russell Mulcahy su veteranía tras la cámara, pero ni siquiera el director de Highlander puede dar ritmo a un guion que parece un artículo de la Wikipedia cobrando vida. Asistimos a una cascada de conceptos —el Nogitsune, los Oni, el Nemeton, el bardo— que se acumulan como placa en los colmillos de Scott. Es una trama saturada, una mitología que en lugar de fluir, se siente estreñida por su propio pasado.
Y luego está el elefante en la habitación: la ausencia de Dylan O’Brien. Sin Stiles Stilinski, Teen Wolf pierde su brújula moral y, sobre todo, su humor. Intentar llenar ese vacío con Vince Mattis (el hijo de Derek) es un movimiento valiente, pero insuficiente. La película intenta convencernos de que la manada sigue unida, pero el espectador siente que falta el pegamento que hacía que todo este caos sobrenatural tuviera un corazón humano.

El veredicto del fan-service
Lo más punzante de Teen Wolf: The Movie es su duración. Con casi dos horas y media, la cinta se convierte en un ejercicio de resistencia. Es el síndrome del invitado que no sabe cuándo irse de la fiesta: te cuenta las mismas anécdotas de hace diez años, pero con menos gracia y una iluminación más sombría para ocultar que el presupuesto no da para más que un enfrentamiento de artes marciales en un campo de lacrosse.
Hay hallazgos, por supuesto. Tyler Hoechlin demuestra que el traje de padre protector le queda mejor que el de Superman, y su química con su hijo ficticio es de lo poco orgánico que sobrevive al naufragio. Incluso hay espacio para que Holland Roden nos recuerde por qué las Banshees eran lo más fascinante de este bestiario.
Teen Wolf: La película es, en definitiva, una carta de amor escrita con mala caligrafía. Una película que se explica demasiado y se siente poco, que confunde el regreso de los actores con el regreso de la magia. Es un cierre que abre puertas, un epílogo que se muerde la cola y que nos deja con una certeza: a veces, lo mejor que puedes hacer con los monstruos del pasado es dejarlos descansar en paz.





