El fontanero de Almodóvar y la gotera del ego: Crítica de ‘Amarga Navidad’

Pedro Almodóvar se envuelve en la bandera de la autoficción para entregarnos un juego de matrioskas que bascula entre la genialidad visual y el onanismo narrativo. ¿Honestidad salvaje o una tirita antes de la herida?

Una madurez que no cala

Parece que Pedro Almodóvar ha decidido que su tramo final de carrera debe ser un inventario de sus propias constantes vitales. Tras el León de Oro por La habitación de al lado, el manchego regresa a España para filmar su «reverso oscuro» de Dolor y gloria. Si en aquella Antonio Banderas ponía cuerpo a los dolores del alma, aquí es Leonardo Sbaraglia quien recoge el testigo del alter ego con flequillo canoso en una pirueta de metacine que, por momentos, resulta tan fascinante como agotadora.

La premisa de ‘Amarga Navidad’ arranca con Elsa (Bárbara Lennie), una directora de publicidad en pleno duelo que huye a Lanzarote. Pero el truco se desvela pronto: Elsa no existe, es la criatura de Raúl (Sbaraglia), un director que —oh, sorpresa— se parece sospechosamente a Pedro. A partir de ahí, la película se convierte en una matrioska narrativa donde las historias se vampirizan unas a otras, preguntándose si el artista es, en esencia, un parásito emocional de quienes le rodean.

Estética insobornable, narrativa en fuga

Nadie le va a negar a Almodóvar su estatus de arquitecto del plano. La puesta en escena sigue siendo magistral: el uso del color, los contrastes volcánicos de Lanzarote, la banda sonora de un Alberto Iglesias siempre infalible y esa composición geométrica de los rostros que busca la verdad «bergmaniana». Sin embargo, el problema surge cuando el cineasta se pone «literario».

Asistimos a una cascada de diálogos explicativos donde los personajes, en lugar de hablar, dan conferencias sobre Chavela Vargas, procesos creativos o la orografía canaria. Es un cine hiperverbalizado que asfixia la oralidad en favor de una profundidad de catálogo de editorial moderna. Todo el mundo llora en pantalla —a veces con motivo, a veces por decreto ley de la partitura musical—, pero esa emoción no siempre termina de cruzar la cuarta pared.

El epílogo del fontanero

Lo más punzante de ‘Amarga Navidad’ es su tramo final. Almodóvar, consciente de que su estructura puede sentirse errática, utiliza los últimos veinte minutos para «explicarse». Es el síndrome del fontanero premiado: ese que se tira dos horas bajo tu fregadero para luego decirte por qué no ha sabido arreglar la avería. La tubería sigue goteando, pero él te ha dado una lección magistral sobre por qué el goteo es, en realidad, una elección artística.

Hay hallazgos, por supuesto. El trío formado por Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón y Quim Gutiérrez sostiene los momentos más vibrantes, y la aparición de Milena Smit aporta una fuerza que la película pedía a gritos. Incluso hay espacio para el humor kitsch con un Patrick Criado que nos devuelve fugazmente al Pedro más gamberro de los ochenta.

‘Amarga Navidad’ es, en definitiva, un ejercicio de honestidad… o quizá de autocomplacencia blindada. Es una película que se pone la venda antes de la herida, que se critica a sí misma antes de que lo hagamos nosotros, y que termina con un plano de unas manos tecleando el futuro. Un futuro que, esperemos, deje de mirar tanto por el retrovisor para volver a pisar el acelerador de la vida sin tanto manual de instrucciones.