La luz áspera de los volcanes: el fenómeno de Lana Corujo y la redención de la isla

En el panorama editorial actual, donde el éxito suele fabricarse en despachos de marketing, la irrupción de Han cantado bingo (Reservoir Books) representa una anomalía necesaria. La novela debut de la lanzaroteña Lana Corujo ha alcanzado su undécima edición apelando a una honestidad que bascula entre la aspereza y la ternura, pero sobre todo, rescatando una identidad canaria que se aleja del folleto turístico para adentrarse en el terreno de los fantasmas y el paisaje emocional.

Una geografía de miedos y muertos

La historia nos presenta a dos hermanas, con Aleja como motor emocional de la protagonista, navegando una infancia que dista mucho de ser un paraíso inocente. Bajo la sombra de unos padres «un pelín perdidos» y el refugio de una abuela amorosa, las niñas habitan una Lanzarote donde lo sobrenatural es cotidiano: casi todos los personajes poseen el don de ver y hablar con los muertos con una naturalidad pasmosa. No es una novela de terror al uso, sino un ejercicio de realismo mágico donde los difuntos forman parte del ruido mental de una isla que parece estar viva.

El paisaje volcánico funciona como un personaje más; esas montañas «panza arriba» que, bajo la luna llena, generaban en la autora una mezcla adictiva de miedo y fascinación durante su infancia. Corujo narra esa fiera silenciosa del volcán que no explota, pero que impone una presencia constante, marcando la psique de una juventud que a menudo siente la isla como un espacio de reclusión y, al mismo tiempo, como el único lugar al que pertenece.

El libro como objeto gráfico: tachados y corchetes

Lo que convierte a Han cantado bingo en una pieza de lectura obligatoria para cualquier amante de la cultura es su audacia formal. Corujo, que también es ilustradora, rompe la barrera entre el dibujo y la escritura. La novela está salpicada de alteraciones tipográficas: palabras subrayadas para enfatizar la importancia de un vínculo —como el amor profundo hacia su hermana pequeña—, corchetes, cursivas y tachados que sirven para señalar la compleja relación de la protagonista con aquellos con los que se comunica, ya sean vivos o sombras.

Esta narrativa fragmentada no es un capricho estético; es la representación fiel de una mente que piensa en imágenes y que necesita retorcer el lenguaje para poner orden al caos. Como bien explica la autora, escribir y dibujar volvieron a hermanarse tras su paso por Buenos Aires, dando lugar a una obra que primero fue dibujada en un folio Din A3 antes de ser volcada a la palabra.

El retorno y el fin del «fracaso»

Más allá de los fantasmas y la experimentación visual, la novela es el retrato de una generación de jóvenes canarios obligados a emigrar para «ser alguien» y el posterior choque de realidad que supuso la pandemia. Para Lana Corujo, el regreso a Lanzarote tras sus años en Madrid fue inicialmente percibido como un fracaso personal, un sentimiento compartido por tantos otros que sienten que volver es claudicar. Sin embargo, Han cantado bingo es la prueba de que ese retorno fue, en realidad, un reencuentro creativo.

Al final, la novela es un acto de resistencia. Frente a una Lanzarote dulce y complaciente diseñada para el visitante, Corujo abre la puerta a una isla más fiera y auténtica. Es el triunfo de una voz que ha sabido transformar el miedo a la oscuridad del volcán en una de las propuestas literarias más sólidas y sorprendentes de la última década. Once ediciones después, parece que Lana Corujo no solo ha cantado bingo; ha reclamado un lugar propio en el mapa de la nueva literatura española.