‘Vicios ocultos’ (Apple TV): es triste pedir… pero más triste es robar

Vicios ocultos empieza exactamente donde más duele: cuando el dinero deja de ser una promesa y se convierte en una obligación. Andrew “Coop” Cooper ha construido su identidad alrededor de un éxito tan pulcro como frágil y, cuando ese decorado se viene abajo, la serie no busca el estallido espectacular, sino la lenta humillación de seguir fingiendo que nada ha cambiado. No hay épica en la caída, solo una ansiedad elegante y persistente.

El punto de partida es casi obscenamente reconocible. Un gestor financiero neoyorquino, recién divorciado y expulsado del sistema que lo legitimaba, decide delinquir para sostener un estilo de vida que ya no puede permitirse. Pero Vicios ocultos no se interesa tanto por el delito como por su justificación moral. Coop no roba por hambre ni por necesidad real; roba porque no sabe quién es sin los símbolos que lo definían. El crimen funciona como sustituto emocional, como una manera de seguir perteneciendo a un mundo que ya lo ha expulsado.

El gran acierto de la serie está en su protagonista. Jon Hamm compone un personaje que vive permanentemente entre la ironía y la autocompasión, consciente de su privilegio pero incapaz de renunciar a él. Hamm explota su carisma clásico —traje impecable, voz grave, presencia dominante— para vaciarlo de heroicidad. Coop no es un antihéroe fascinante ni un genio del mal: es un hombre en crisis que confunde ingenio con derecho adquirido.

La voz en off, omnipresente, no busca explicar la trama sino exponer la trampa mental del personaje. Cada reflexión suena razonable hasta que se acumulan las consecuencias. Es ahí donde la serie afina su mirada: no juzga a Coop con solemnidad, pero tampoco lo absuelve. Le permite hablar, justificarse, ironizar… y luego lo deja solo con el resultado de sus decisiones.

El universo que rodea al protagonista refuerza esa idea de vacío compartido. El barrio residencial, las fiestas privadas, las casas abiertas con alarmas simbólicas más que reales, funcionan como metáfora de una élite que se vigila poco porque está convencida de que nadie de su clase puede ser una amenaza. Cuando Coop empieza a robar, no solo se apropia de objetos de lujo; invade intimidades y descubre que el derrumbe moral es colectivo. Nadie es tan sólido como aparenta.

En el apartado creativo, Jonathan Tropper se mueve en un territorio reconocible dentro de su carrera, pero con menos violencia explícita y más cinismo estructural. Aquí no hay el nervio físico de Banshee ni el pulso épico de Warrior, sino una comedia negra contenida, sostenida en diálogos afilados y una progresión narrativa que prefiere la erosión al golpe. La serie avanza despacio, a veces demasiado, confiando en que el magnetismo de su protagonista mantenga el interés.

Ese planteamiento tiene un coste. Los personajes secundarios orbitan alrededor de Coop sin llegar a romper su gravedad. Amanda Peet y Olivia Munn cumplen con solvencia, pero sus arcos quedan a medio camino entre el contrapunto y el adorno, como si la serie dudara entre expandir el foco o proteger el lucimiento de Hamm. Es una decisión coherente con el discurso —todo gira alrededor del ego herido del protagonista—, aunque limita la profundidad coral que el material parecía prometer.

Visualmente, Vicios ocultos apuesta por una sobriedad elegante, casi aséptica. Nada desentona, nada deslumbra. La puesta en escena refuerza la sensación de comodidad tóxica: espacios amplios, luz controlada, lujo sin ostentación. Todo está diseñado para que la caída resulte aún más incómoda, porque ocurre en un entorno que se resiste a reconocerla.

No es una serie revolucionaria ni pretende serlo. Juega con códigos conocidos —el hombre privilegiado en crisis, el delito como catarsis, la sátira de clase— y los ejecuta con profesionalidad y mordacidad. Su mayor virtud no está en lo que cuenta, sino en cómo incomoda al espectador al hacerlo partícipe de la empatía hacia alguien que, en el fondo, no la merece.

Vicios ocultos funciona porque entiende que el verdadero veneno no está en el crimen, sino en la necesidad de seguir aparentando éxito cuando ya no queda nada que sostenerlo. No ofrece respuestas ni redenciones claras. Solo deja una pregunta flotando, incómoda y persistente: ¿qué queda de una persona cuando le quitas todo aquello con lo que se identificaba? Y, más inquietante aún, ¿cuánto estaríamos dispuestos a justificar si ese derrumbe fuera el nuestro?