Después de décadas orbitando el poder, el deseo, la culpa y la fe, Paul Thomas Anderson ha hecho algo inesperado: una superproducción política que funciona como una película de persecuciones, pero piensa como una novela de Thomas Pynchon.
Una batalla tras otra es, en apariencia, el PTA más accesible de su carrera: acción, humor negro, villanos grotescos, estrellas en primer plano y una narrativa que avanza sin pedir perdón. Pero bajo ese envoltorio musculoso hay una película profundamente melancólica, obsesionada con una pregunta muy concreta:
👉 ¿qué pasa cuando las revoluciones envejecen, pero el mundo sigue siendo igual de violento?
De Vineland al siglo XXI
Anderson no adapta Vineland. La contamina. Toma su espíritu —la paranoia, la contracultura derrotada, la represión institucional— y lo reubica en un Estados Unidos donde el enemigo ya no está fuera, sino en casa, con placa, uniforme y club privado.
El personaje de Bob Ferguson, interpretado por Leonardo DiCaprio, es clave: un exrevolucionario convertido en un desecho humano funcional, adicto, paranoico, pero aún capaz de amar. No es un héroe. Es un superviviente. Y Anderson lo filma como tal: torpe, cansado, pero peligrosamente lúcido cuando hace falta.
Si esto fuera una película de los Coen, Bob sería El Nota. Pero aquí tiene una hija. Y eso lo cambia todo.
Padres, hijas y violencia heredada
El corazón real de la película no está en la política, sino en la relación paterno-filial. La conexión entre Bob y Willa (formidable Chase Infiniti) sostiene todo el edificio narrativo. Anderson vuelve a su gran tema: la herencia emocional, solo que ahora pasa por la violencia política y la radicalización.
El gran acierto es que la película no romantiza la revolución, pero tampoco la ridiculiza. La muestra como algo que fue necesario… y que dejó cadáveres emocionales por el camino.
Sean Penn y el fascismo como caricatura peligrosa
Sean Penn compone uno de los villanos más incómodos del cine reciente: grotesco, cruel, patético y aterrador precisamente porque cree en lo que hace. Anderson entiende algo esencial: el fascismo no necesita ser inteligente para ser letal. Solo necesita poder.
Frente a él, el personaje de Teyana Taylor es una bomba política en sí misma. La polémica alrededor de Perfidia no es un error del film: es parte del punto. Anderson no la filma para tranquilizar a nadie, sino para incomodar, para obligar a mirar cómo operan el deseo, el racismo y la violencia incluso dentro de los discursos revolucionarios.
VistaVision y cine como experiencia física
Rodada en VistaVision, Una batalla tras otra no es solo para verse: es para sentirse en el cuerpo. Persecuciones, planos abiertos, grano, movimiento… Anderson hace algo rarísimo hoy: una película política que confía en el espectáculo cinematográfico, no en el subrayado discursivo.
El clímax sobre ruedas ya es historia del cine moderno. No por su pirotecnia, sino por cómo está montado alrededor de miradas, retrovisores y decisiones morales, no de explosiones.
¿Obra maestra o exceso?
Ambas cosas. Es larga, caótica, a ratos desbordada. Pero también furiosa, viva y extrañamente tierna. Anderson parece decirnos que el mundo es un desastre… pero que aún merece la pena proteger a quien viene detrás.
No es una película “de izquierdas”. No es un panfleto. Es algo más incómodo: una película sobre lo que pasa cuando ya no crees en nada, pero aun así decides no rendirte.
Veredicto
Una batalla tras otra es la película más grande de Paul Thomas Anderson y, al mismo tiempo, una de las más personales. Un thriller político disfrazado de comedia negra que acaba siendo una historia sobre padres, hijas y cicatrices que no se cierran.
Un clásico inmediato de este tiempo extraño.
Y sí: una de las grandes favoritas a los Oscar con motivos de sobra.




