The Book of Mormon – Hola, ¿qué tal?

Hay musicales que envejecen con dignidad y otros que, directamente, se vuelven más peligrosos cuanto más tiempo llevan en cartel. The Book of Mormon pertenece sin duda al segundo grupo. En su tercera temporada en Madrid —ya instalado en un teatro más grande tras el éxito sostenido— el fenómeno creado por Trey Parker, Matt Stone y Robert Lopez no solo aguanta el tipo: afila el colmillo.

La premisa sigue siendo la misma bomba de relojería estrenada en Broadway en 2011: dos jóvenes misioneros mormones, Elder Price y Elder Cunningham, enviados a una aldea de Uganda para predicar su fe… solo para descubrir que el mundo real tiene prioridades bastante más urgentes que la salvación espiritual. A partir de ahí, humor obsceno, sátira religiosa, referencias pop y un desfile de canciones imposiblemente pegadizas que funcionan como una trampa perfecta: entras riendo y sales pensando.

La clave de que The Book of Mormon siga funcionando en 2026 no está solo en su incorrección —que la tiene, y a raudales— sino en algo más incómodo: su capacidad para señalar las costuras de la fe, la cooperación internacional y el relato occidental sin colocarse en ningún púlpito moral. Se ríe de la religión organizada, sí, pero también de la necesidad humana de creer en algo, aunque sea una mentira reconfortante. Como dijo Matt Stone, es “una carta de amor de un ateo a la religión”. Y eso se nota.

El montaje español, adaptado y dirigido por David Serrano, demuestra una vez más que no estamos ante una franquicia importada sin alma. Serrano entiende el material y lo traduce —en todos los sentidos— con una inteligencia poco habitual: las letras mantienen la mala leche original, pero suenan naturales en castellano, actuales, y con un olfato finísimo para el ritmo cómico. El resultado es una función que vuela durante más de dos horas sin que el motor pierda potencia.

El dúo protagonista vuelve a ser el gran imán. Alejandro Mesa, como Elder Cunningham, ya no interpreta el personaje: lo habita. Su Cunningham es un artefacto cómico de precisión, un torrente verbal y físico que convierte cada mentira en un acto de supervivencia emocional. Frente a él, Alexandre Ars construye un Elder Price más contenido pero eficaz, menos caricatura y más grieta interior, lo que equilibra la balanza y da profundidad al relato.

Mención aparte merece Aisha Fay como Nabulungi, el corazón emocional del espectáculo. Su personaje, lejos de ser un mero contrapunto romántico, encarna la mirada más lúcida de la función: la de quien entiende que las historias —religiosas o no— importan menos por su literalidad que por lo que permiten imaginar. En un musical acusado históricamente de caricaturizar África, esta versión hace un esfuerzo visible por otorgar agencia y voz propia a los personajes ugandeses, fruto de las revisiones emprendidas tras 2020. No es una solución perfecta, pero sí un paso consciente y necesario.

En lo técnico, el montaje mantiene un nivel altísimo. Las coreografías de Iker Karrera son una máquina perfectamente engrasada; la dirección musical de Joan Miquel Pérez sostiene una partitura endiabladamente compleja; y el trabajo de escenografía, iluminación y sonido convierte cada número en un golpe de efecto sin caer en el exceso. Todo está al servicio del ritmo, que es —al final— el verdadero dios de esta función.

The Book of Mormon sigue siendo bruto, ofensivo y deliciosamente incorrecto, pero también más maduro de lo que aparenta. Se ríe de todo, sí, pero no desde el desprecio, sino desde una lucidez incómoda: la de asumir que, a veces, las mentiras bien contadas salvan más vidas que las verdades mal digeridas. Que nadie se equivoque: esto no es un musical para todos los públicos. Pero para quien esté dispuesto a reírse —y a verse reflejado en el espejo deformante— sigue siendo una de las experiencias más estimulantes del teatro musical actual.

Y sí: cuando suena ese primer “Hola, ¿qué tal?”, ya es demasiado tarde. Estás dentro.