Tarantino y Stallone preparan su primera serie juntos: gánsteres y ficción pulp

Quentin Tarantino y Sylvester Stallone podrían estar a punto de protagonizar una de las alianzas más improbables —y a la vez más fascinantes— del Hollywood contemporáneo. Según ha adelantado TMZ, ambos están desarrollando una miniserie de seis episodios ambientada en los años 30 que marcaría un punto de inflexión en la carrera televisiva de los dos iconos.

El proyecto, aún en fase temprana y sin plataforma asociada, tendría una ambición estética poco habitual incluso para los estándares actuales: rodaje en blanco y negro utilizando cámaras de la época, con la intención de capturar una textura visual lo más cercana posible al cine de los años 30. No se trata solo de ambientación, sino de una declaración de intenciones. Tarantino no quiere recrear el pasado; quiere filmarlo como si nunca hubiera terminado.

La serie combinaría elementos clásicos del imaginario del director —gánsteres, música, violencia estilizada— con un universo donde también tendrán cabida el boxeo y el espectáculo de variedades, en una mezcla que parece diseñada para conectar tanto con el cine negro clásico como con la narrativa pulp que ha definido su filmografía.

El papel de Stallone en este proyecto es, en sí mismo, revelador. A diferencia de lo que cabría esperar, no participaría como actor, sino exclusivamente como codirector junto a Tarantino. Es un movimiento significativo en una etapa de su carrera en la que el actor ha comenzado a reconfigurar su relación con sus propias creaciones, cediendo protagonismo frente a la cámara mientras amplía su presencia detrás de ella.

No es la primera vez que ambos intentan cruzar caminos. Stallone estuvo a punto de formar parte de Jackie Brown, donde Tarantino lo consideró para el papel de Louis Gara, que finalmente interpretó Robert De Niro. También hubo conversaciones en torno a Death Proof, aunque nunca llegaron a materializarse. Este nuevo proyecto, de confirmarse, sería la primera colaboración real entre dos figuras que, desde posiciones muy distintas, han marcado el cine de las últimas décadas.

Pero más allá del atractivo inmediato de la unión, la noticia cobra una dimensión mayor si se observa el momento profesional en el que se encuentran ambos.

Stallone vive una fase de transición particularmente interesante. Aunque sigue siendo el rostro visible de Tulsa King, cuya continuidad está garantizada con una cuarta temporada ya en marcha en Paramount+ y un futuro spin-off titulado Frisco King con Samuel L. Jackson, su presencia en sus franquicias más icónicas se está diluyendo progresivamente. La saga Rambo continúa expandiéndose con una precuela protagonizada por Noah Centineo, mientras que el universo Rocky sigue creciendo en paralelo con proyectos como Play Rocky, centrado en el origen del personaje. A ello se suma el inminente reinicio de Cliffhanger, previsto para este verano con Lily James y dirigido por Jaume Collet-Serra, en el que Stallone no estará involucrado como protagonista.

En paralelo, mantiene desarrollos propios como la secuela de Samaritan, pero la tendencia es clara: el actor está pasando de ser el eje central de sus historias a convertirse en arquitecto de ellas.

Tarantino, por su parte, también atraviesa una fase de desplazamiento creativo. Fiel a su promesa de limitar su filmografía como director, su implicación en proyectos recientes ha tendido hacia la escritura y la producción. El caso más significativo es The Adventures of Cliff Booth, secuela de Érase una vez en Hollywood, donde firma el guion pero cede la dirección a David Fincher en una producción que será distribuida por Netflix. Es un movimiento que, sin abandonar su universo creativo, evidencia una voluntad de explorar nuevas formas de autoría.

En ese contexto, la posible serie conjunta no es solo una curiosidad industrial. Es el punto de encuentro entre dos trayectorias que, por primera vez, parecen alinearse en la misma dirección: la de la reinvención desde el control creativo más que desde la exposición.