La primera trampa de Su Majestad es el póster mental con el que entras: “vale, otra parodia de la corona, brocha gorda, chistes de escándalos, cameos de actualidad y a correr”. Y sí, la serie sabe jugar ese partido —la institución como decorado ridículo, los pasillos como zoológico de privilegios, la España de titulares convertida en chiste—, pero su jugada real es otra: te obliga a mirar a Pilar como persona antes que como símbolo. Y cuando eso pasa, el chiste deja de ser “la monarquía es absurda” para convertirse en algo bastante más incómodo: “¿qué pasa cuando te han criado para ser un producto… y de repente te piden que parezcas humana?”.
La premisa es un caramelo envenenado. El rey Alfonso XIV se esfuma del foco por un escándalo y, de golpe, la heredera se queda sosteniendo el volante sin haber mirado nunca la carretera. Pilar llega con la fama puesta: fiestera, insolente, vaga, inútil. Y lo mejor es que la serie no se apresura a desmentirlo para caerte bien. Pilar no es una “reina en potencia” esperando su momento heroico: es una cría rica con la brújula rota, alguien a quien le han dado privilegios como anestesia y le han escamoteado cualquier aprendizaje real. Cuando la obligan a “ser seria”, su primer impulso no es la épica: es el pánico, la rabia, el berrinche… y, a ratos, una lucidez que asoma precisamente porque está acorralada.
Ahí entra Guillermo, el secretario interpretado por Ernesto Alterio, que es el auténtico mecanismo de relojería de la serie. Ese hombre representa lo que la institución necesita para sobrevivir: orden, relato, control de daños, sonrisa diplomática y una fe casi religiosa en “lo que conviene”. Su relación con Pilar es el motor: él quiere fabricar una reina funcional; ella quiere seguir siendo ella sin que el país la despedace. Y en medio, una España alternativa que se parece sospechosamente a la nuestra: jueces, políticos, militares, prensa, todo orbitando alrededor del poder con esa mezcla de reverencia y oportunismo tan nuestra.
Lo inteligente de Su Majestad es que evita el chiste fácil durante más rato del que parece. Hay escenas que podrían haberse resuelto con un gag de dos líneas y, en cambio, se estiran lo justo para que notes la grieta emocional: Pilar no solo se comporta como una niña caprichosa; es que vive encerrada en una vitrina. De ahí que la serie, sin volverse un drama solemne, tenga un poso amargo constante: la sátira no está solo en lo que hacen los poderosos, sino en lo trágicamente normal que resulta el engranaje que los protege.
¿Se queda corta de mala leche? A veces sí. Se nota que el guion prefiere la identificación al cuchillo. Pilar, conforme avanza la temporada, va ganando empatía y humanidad, y eso tiene un efecto colateral: la sátira se vuelve más templada, como si la serie quisiera que te rías del sistema pero no del todo de ella. Y cuando se acerca al final, el tono pega un giro hacia el thriller político que, siendo coherente con lo que ha ido sembrando, deja un sabor raro: vienes de una comedia satírica que se disfrutaba con sonrisa torcida y de pronto estás en modo “quieto, que aquí hay intriga seria”. Funciona como cierre, pero se echa de menos que el humor no desaparezca tanto, aunque sea en pequeñas punzadas.
Con todo, el gran acierto es Anna Castillo: consigue que Pilar sea caricaturizable sin ser un muñeco. Tiene esa energía de “me estás pidiendo que salve el país y yo no sé ni salvarme a mí”, pero también una fragilidad muy concreta, de niña criada entre protocolos y chantajes emocionales. Y la serie, al final, te gana por un sitio inesperado: no porque “defienda” nada, sino porque entiende que una institución puede ser absurda y peligrosa… y aun así producir personas rotas por dentro.
Su Majestad no es la sátira más corrosiva que podrías imaginar con este concepto, pero sí es una de las más incómodas en lo esencial: te ríes, sí, pero te ríes mientras te das cuenta de que, en esa burbuja, la comedia y la tragedia se parecen demasiado. Y eso, para una serie que podría haber sido solo un “cojín de pedos en el trono”, ya es bastante victoria.




