SIRÂT — el viaje a ninguna parte

SIRÂT es una de esas películas que no te piden atención: te la exigen. Óliver Laxe coloca a un padre (Sergi López) y a su hijo (Bruno Núñez) en mitad de una rave y, con ese gesto aparentemente simple, abre una grieta entre dos mundos que rara vez se miran: el del duelo burgués (ordenado, verbal, “razonable”) y el de una tribu nómada que convierte el sonido en hogar y el desierto en catedral.

Lo primero que impresiona es el dispositivo sensorial: luz, polvo, láseres, torres de altavoces como tótems. La película entiende que la rave no es “un sitio donde pasa algo”, sino un estado. Y ahí Laxe juega fuerte: durante un buen tramo, parece que estuviera filmando una religión sin dios, con el bajo como liturgia. La música (minimal techno con vocación de arquitectura emocional) no acompaña: manda.

El motor dramático, en cambio, es clásico: buscar a una hija desaparecida. Y esa tensión —lo clásico empujando dentro de lo radical— es lo que sostiene el viaje. Hay algo casi fordiano en la idea (un hombre cruzando territorio hostil por un fantasma familiar), pero el film se permite mutar sin pedir permiso: lo que empieza como búsqueda se va contaminando de otra cosa, más abstracta, más incómoda. En ese punto, Sirât hace una apuesta que divide: no quiere que “entiendas” tanto como que cruces.

Ese cruce es, a la vez, su mayor virtud y su trampa. Porque cuando Laxe acierta, la película es hipnótica: te mete en un trance raro donde el desierto parece pensar y el grupo de raveros funciona como comunidad fracturada pero real, un clan que se sostiene por puro instinto de supervivencia emocional. Pero cuando se pasa de rosca, aparece la sensación de que el film se enamora de su propia mística y te suelta la mano: no por misterioso, sino por caprichoso.

Sergi López sostiene el centro con una cosa muy poco celebrada hoy: una transformación que no se subraya. No “actúa el dolor”; lo arrastra. Y el niño, lejos de ser accesorio, es el termómetro: cada vez que la película amenaza con convertirse en postal experimental, su presencia devuelve el peso humano a la pantalla.

Lo que nadie debería discutir es que Sirât tiene algo que escasea: personalidad. Es cine que arriesga a caer mal con tal de ser reconocible. No me parece perfecta (de hecho, su relación con el sentido puede ser exasperante), pero sí me parece importante: una obra que quiere sacarte de la butaca cómoda y meterte en un lugar donde no sabes si estás ante un viaje espiritual, una pesadilla política o una fábula sobre la necesidad de pertenecer. Quizá sea todo a la vez. Quizá esa sea la gracia.

No sorprende que Cannes la premiara: es una película que se siente hecha para el peligro de la pantalla grande y para el debate posterior, no para el consumo rápido.
Y que acabara representando a España en la carrera de los Oscar (con nominación incluida) encaja con esa idea de “cine-evento” que te obliga a posicionarte.