Rondallas (2026): cuando el consuelo se confunde con la complacencia

Daniel Sánchez Arévalo vuelve al largometraje con Rondallas, una película que parece concebida como un gran abrazo colectivo. Un relato coral ambientado en un pueblo pesquero gallego que, dos años después de una tragedia que dejó siete muertos, intenta recomponerse recuperando una tradición musical casi extinta. El cineasta regresa a su terreno más reconocible —la comunidad, las heridas emocionales compartidas, la humanidad cotidiana—, pero lo hace desde un lugar mucho más conservador y calculado de lo que su filmografía invitaba a esperar.

No estamos ante un comeback, sino ante una confirmación: Sánchez Arévalo sigue siendo un narrador sensible, eficaz y honesto, pero también un director que parece haber renunciado a tensar el material. Rondallas avanza siempre por terreno seguro, plegándose a una estructura de crowd-pleaser que no se esconde ni se disculpa. El problema no es que quiera gustar, sino que rara vez se atreve a incomodar.

La historia arranca con un conflicto potente —el duelo colectivo tras el naufragio—, pero pronto queda claro que la tragedia funciona más como motor emocional que como herida abierta. El drama está presente, sí, pero diluido, dosificado con cuidado, convertido en un fondo respetuoso que nunca amenaza con desbordar el tono amable de la película. Cada subtrama parece diseñada para sumar, nunca para fracturar. Cada conflicto, para resolverse sin dejar cicatriz.

En ese sentido, Rondallas se sitúa más cerca de una feel good movie clásica que de una auténtica comedia dramática. El modelo no es tanto AzulOscuroCasiNegro como Full Monty, aunque sin la precisión ni la contundencia emocional de aquella. Aquí el drama social aparece y desaparece como un apunte decorativo, a menudo más cercano al relleno que a la verdadera exploración. Se habla de culpa, de pérdida, de soledad, pero casi siempre desde una superficie confortable.

Donde la película sí brilla con claridad es en su dimensión coral y musical. Las secuencias de las rondallas están filmadas con un pulso notable, con una puesta en escena cuidada, ritmo interno y una energía colectiva que eleva el conjunto. Es ahí donde Sánchez Arévalo demuestra que sigue siendo un excelente narrador visual, capaz de convertir lo comunitario en espectáculo emocional sin caer en el exceso.

El reparto es otro de los grandes pilares del film. Javier Gutiérrez sostiene la película con una naturalidad apabullante, haciendo que un personaje complejo parezca sencillo. A su alrededor, María Vázquez aporta contención y calidez, Judith Fernández sorprende por su madurez interpretativa y Tamar Novas se revela como una auténtica fuerza cómica, probablemente el gran descubrimiento del conjunto. Cuando Rondallas funciona, lo hace gracias a sus actores y a la química que se establece entre ellos.

Sin embargo, la suma de buenas intenciones no siempre da como resultado una película con verdadero peso. El guion abre más caminos de los que puede recorrer y abandona tramas que prometían algo más profundo. El melodrama, en lugar de equilibrarse con la comedia, acaba adormeciéndola. Y el inevitable final feliz —tan forzado como previsible— inclina la balanza hacia una sensación de artificio que empaña parte del recorrido previo.

Rondallas es una película profundamente humana, sí, pero también excesivamente prudente. Una obra que apuesta por la reparación colectiva frente al cinismo contemporáneo, algo no solo legítimo sino necesario, pero que lo hace desde una comodidad que roza la autocomplacencia. No es la mejor película de su director, ni tampoco la más arriesgada, pero sí una de las más sinceras en su propósito.

En tiempos de ruido, polarización y pesimismo crónico, Rondallas propone una tercera vía: ni la rabia ni la tristeza, sino el refugio del grupo. Puede que no deje huella duradera, pero durante un rato consigue algo nada desdeñable: hacerte creer que, al menos juntos, todo pesa un poco menos.