Carla Simón siempre ha filmado la familia como si fuese un paisaje: algo que se hereda, que se trabaja, que a veces se pierde y, sobre todo, algo que deja marcas aunque nadie las nombre. Romería da un paso más: ya no mira la infancia desde fuera ni se reparte en coro como Alcarràs, sino que se pega a una chica de 18 años y convierte la película en una investigación emocional sobre un agujero negro muy español: el silencio, la vergüenza y la “normalidad” como coartada.
La premisa es potentísima: una joven viaja a Vigo para conocer a la familia de su padre biológico y poner orden a un origen que le llega por retales. Y lo mejor de la película, cuando está fina, es precisamente eso: cómo entiende que la verdad familiar no está en lo que se cuenta, sino en lo que se evita. En las sobremesas con frases que se cortan, en los cambios de tema “porque sí”, en la amabilidad que muerde, en los pasillos donde la casa parece más sincera que sus dueños. Simón filma esas tensiones con una precisión casi doméstica: no hace falta levantar la voz para que el aire se vuelva irrespirable.
El gran acierto es la protagonista (Llúcia García): su Marina no llega como heroína ni como víctima ejemplar, sino como alguien que intenta no molestar mientras está pidiendo, en realidad, lo más incómodo del mundo: un lugar en el relato. Hay una dignidad rara en su manera de insistir sin insistir, de observar antes de juzgar, de sostener la incomodidad como si llevara años entrenándola. Y alrededor, la familia funciona como un mecanismo de defensa colectivo: cada uno guarda su versión, su culpa, su pacto con la omisión.
Ahora bien: Romería también se arriesga a enamorarse demasiado de su propia memoria inventada. Cuando la película rompe hacia lo onírico/evocador, la apuesta tiene sentido en teoría (la necesidad de imaginar lo que nadie te deja saber), pero no siempre cuaja en práctica. En algunos tramos, ese desvío se siente menos como una grieta poética y más como un subrayado: como si lo que antes dolía por insinuado necesitara, de pronto, una flecha luminosa. Y ahí pierde parte de su fuerza, porque Simón es más demoledora cuando confía en lo pequeño que cuando busca el “gran momento” lírico.
También hay un equilibrio delicado entre lo íntimo y lo social: la película quiere hablar del estigma (heroína, sida, clase, reputación) sin convertirse en tesis, pero a veces se nota el armazón, como si ciertas escenas estuvieran colocadas para que la idea quede cerrada. Cuando lo consigue, es brillante: no predica, deja que el espectador complete el puzzle. Cuando no, se vuelve un poco rígida, menos viva que Verano 1993 o Alcarràs, que respiraban con una naturalidad casi milagrosa.
Con todo, Romería es una película valiente por donde decide morder: en esa mezcla de ternura y crueldad que solo tienen las familias que “no han hecho nada malo” pero han decidido esconderlo todo. No es la obra más redonda de Simón, pero sí quizá la más incómoda: la que te recuerda que a veces crecer no es descubrir quiénes fueron tus padres, sino aceptar que nadie te va a dar una versión limpia de ellos.




