Hay películas que nacen con vocación de “terror elevado” y otras que, directamente, vienen a devolverte el placer primario de ver cómo el género se mancha las manos. Primate pertenece a la segunda especie: una cinta de 89 minutos que coge una premisa de videoclub (“un animal contra un grupo de jóvenes en un espacio limitado”), la ejecuta con ritmo y mala leche, y se va antes de que te dé tiempo a pedirle profundidad. Y, ojo: a veces eso es una virtud.
Dirige Johannes Roberts (A 47 metros), un tipo que cuando se pone práctico con lo básico —amenaza clara, localización cerrada, set pieces diseñadas para el goce cruel— sabe tocar la tecla exacta del entretenimiento nervioso. Aquí la tecla es un chimpancé adoptado, Ben, que tras ser mordido por un animal rabioso pasa de mascota listísima a pesadilla con brazos de excavadora. No hay alegorías sofisticadas ni subrayados filosóficos: hay un mono con rabia y un grupo de personajes destinados a convertirse en estadística.
La película abre fuerte (muy fuerte) con un ataque que ya te dice el tono: no estamos en PG-13, y Roberts no va a cortar justo cuando empieza “lo bueno”. Luego retrocede 36 horas y construye el tablero: Lucy vuelve a Hawái tras años fuera y se reencuentra con su familia, su casa-espectáculo incrustada en un acantilado y, sobre todo, con Ben, que se comunica con frases preprogramadas en una tablet y conserva algo infantil y enternecedor (ese osito de peluche es una idea magnífica para convertir el cariño en presagio).
El primer acto es, sí, de manual: amigos, tensiones pequeñas, alguna fricción familiar, un padre sordo (Troy Kotsur) que da humanidad y calma… y el inevitable “algo va mal” que no tarda en activarse. Pero Roberts no se recrea demasiado en el drama decorativo: sabe que hemos venido a lo que hemos venido y acelera hacia el punto diferencial de Primate: su gran set piece en la piscina infinita al borde del barranco.
Ahí es donde la película se vuelve un mecanismo de suspense muy bien engrasado. Ben no sabe nadar (hidrofobia incluida), así que el agua se convierte en refugio y trampa a la vez: un círculo azul donde los humanos flotan como carnaza, mientras el depredador pasea alrededor buscando el ángulo exacto. Es una idea simple y brillante, exprimida con imaginación y un sentido del timing que hace que cada intento de escapar sea una invitación a la desgracia.
Y luego está el gore. Primate no se conforma con “morder y ya”: hay mandíbulas arrancadas, cabezas aplastadas, violencia súbita y desagradable. Lo mejor es que, en gran parte, se siente tangible, con una apuesta notable por efectos prácticos, animatronics y truquitos de toda la vida, usando el CGI como pegamento en vez de como sustituto. Eso le da un sabor muy concreto: el de esas películas noventeras que hoy serían meme y, precisamente por eso, se vuelven celebrables.
¿Es original? No especialmente. Cujo está en el ADN, y también Link y toda esa tradición de “animal asesino” que vive entre el exploitation y el slasher. ¿Importa? Tampoco demasiado, porque la gracia no está en sorprenderte con el qué, sino en ejecutarte el cómo con mala leche, ritmo y un puñado de muertes que se te quedan pegadas al recuerdo como chicle en suela de zapatilla.
Donde flojea es donde suelen flojear estas propuestas: los personajes son peones, los conflictos emocionales están esbozados, y algunas decisiones narrativas son exactamente tan convenientes como necesitas que sean para que el carrusel no se pare. Pero Primate tiene algo que muchas películas “más serias” han perdido: no se avergüenza de ser lo que es. No pide perdón. No intenta “dignificarse”. Te ofrece una experiencia compacta, cruel, directa, y se marcha cuando aún estás con el cuello rígido.
En el fondo, Primate funciona como recordatorio de una evidencia: el terror también puede ser jolgorio. Sangre, tensión, un escenario diseñado para el sufrimiento y un monstruo con presencia. A veces, con eso basta.




